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Observatorio para la 'galaxia Delibes'

Arranca la fundación del escritor, año y medio después de su muerte, para digitalizar su legado y difundir su obra

Año y medio largo después de su muerte, la mesa de trabajo de Miguel Delibes en su casa de Valladolid sigue como él la dejó. Allí están todavía el arranque tembloroso de una carta interrumpida y las abundantes notas tomadas con letra de hormiga en una libreta bautizada escuetamente: La artritis. Por un tiempo el escritor vallisoletano se entretuvo redactando lo que nunca llegó a ser del todo el Diario de un enfermo de artritis reumatoide. Más allá de esos apuntes, ¿dejó Delibes algún inédito? "De fundamento, no", responde Elisa, la hija del novelista, mientras recorre la casa de su padre. "Encontramos un artículo que estaba escribiendo sobre Antonio López y se lo mandamos. Era para él".

El despacho y la sala de lectura de su casa se trasladarán tal cual a la sede

Decenas de carpetas clasificadas por año atesoran las cartas que recibió

Dice su hija que Miguel Delibes "sabía mirar la pintura", y el octavo piso en el que vivía es un buen testimonio de esa sabiduría. Si la cama monacal en la que murió el 12 de marzo de 2010 está vigilada por un dibujo dedicado por Gregorio Prieto que representa a un viejo con aires de Walt Whitman -la barba frondosa poblada de mariposas-, a la espalda de la mesa que heredó de sus padres -rotunda, tosca, ensamblada sin un solo clavo- destaca el famosísimo cuadro en el que García Benito retrató a Ángeles, la esposa del escritor, fallecida en 1974, y al que todo el mundo en la casa se refiere como "la señora de rojo" en referencia a la novela que Delibes publicó en 1991, Señora de rojo sobre fondo gris.

Nadie ha tocado nada en año y medio y la intención de los hijos del escritor es que tanto el despacho de su padre como la sala adjunta, en la que leía y escuchaba música, se trasladen tal cual a la futura sede de la recién nacida Fundación Miguel Delibes. El patronato se reunió por primera vez la semana pasada y el próximo lunes, día en el que el escritor habría cumplido 91 años, recibirá su bautizo simbólico en Valladolid, durante un acto presidido por los Príncipes de Asturias. Sentado en la sala de lectura, Alfonso León, director gerente de la fundación, explica que el legado Delibes, cedido gratuitamente por la familia, se irá trasladando a la Casa Revilla a medida que se vaya inventariando. Allí tendrá como vecinos de barrio el museo de José Zorrilla, el Museo Nacional de Escultura y la plaza de San Pablo, que alberga la iglesia del mismo nombre, y el antiguo palacio real, uno de los escenarios de El hereje, la novela con la que Delibes se despidió de la ficción en 1998. El espacho y la sala, sin embargo, se trasladarán a la futura gran biblioteca de Castilla y León, que llevará el nombre del escritor y que se instalará cerca de la estación de ferrocarril de Campo Grande. Pendientes del soterramiento de las vías, la crisis económica ha retrasado hasta 2018 la apertura de esas instalaciones.

Una casa de hombre solo

Allí podrán verse entonces las estancias en las que pasó sus últimos 30 años de vida un hombre que, muerta su esposa, quiso que su nueva vivienda fuera "una casa de hombre solo", como recuerda su hija. "Anota mi nueva dirección. Con el cambio de casa entierro 25 años de mi vida", escribió Delibes a Josep Vergés, su editor de toda la vida en Destino, en octubre de 1980. "Mi padre vio en Barcelona la casa de Alfonso Milá, el arquitecto, le gustó y le pidió ayuda. Él le mandó hasta las cortinas". De los libros se ocupó él, eso sí. Elisa Delibes rememora a su padre llevando cajas a diario desde su antigua casa a la nueva. "Salía de paseo y traía unos pocos libros. Quería ordenarlos personalmente. Al final de su vida apenas se movió de aquí".

Mientras llega el traslado de lo "más museable" de la fundación Delibes, esta trabaja ya. Como huyendo de las turbulencias hereditarias que han aquejado a otros legados, León subraya el carácter "plural y equilibrado" de un patronato formado por los siete hijos del escritor junto a amigos suyos como Emilio de Palacios o Fernando Tejerina, instituciones como la Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento, la Diputación y la Universidad de Valladolid, o empresas como la constructora Collosa, la Fundación Iberdrola, la editorial Destino y el diario El norte de Castilla, del que Delibes fue director. Los 305.000 euros de presupuesto aprobados para 2012 en su primera reunión están ya destinados a la creación de un portal de Internet dedicado monográficamente al autor de La hoja roja y a la adaptación de sus contenidos a dispositivos móviles, pero también, y sobre todo, a la difusión de su obra y a la conservación y digitalización de su legado. Sin olvidarse de actividades relacionadas con rasgos de su personalidad que van más allá de la literatura: "Su humanismo cristiano y su interés por la ecología y la cultura popular", resume León.

Aunque la difusión de la obra de uno de los novelistas españoles a la vez más prestigiosos y populares del siglo XX no parecería necesitar mucho esfuerzo, León recuerda la espina que para el escritor fue siempre la deficiente difusión que los editores habían dado a sus libros en América Latina. De ahí la jornada que el próximo 23 de noviembre la Academia Brasileña de las Letras dedicará al escritor castellano, cuya "biografía intelectual" publicará la editorial Destino el año próximo. Obra de Ramón Buckley, el estudioso insiste en que "si no hay autor más arraigado a un paisaje y una lengua tampoco hay ningún otro que haya sabido trascenderlas tan bien; por eso es un autor para el siglo XXI".

Una biblioteca de 10.000 volúmenes

Si América tiene "un potencial de trabajo enorme", el legado Delibes que desde ahora custodia la fundación es otro continente por explorar. De él forman parte los aproximadamente 10.000 volúmenes de la biblioteca personal del escritor, repartida entre Valladolid, Sedano (Burgos) y Tordesillas. "Yo creo que tenía casas para tener libros", dice irónica Elisa Delibes. "Salvo alguno que consultó cuando estaba escribiendo El hereje, no los subrayaba. Le gustaba que no se deterioraran. Prefería comentarlos que anotarlo". En la biblioteca hay de todo, empezando por decenas de libros dedicados por sus autores y siguiendo por aquellos que "más apreciaba", los que había comprado él: "Al final leía sobre todo biografías. Uno de los últimos veranos lo pasó leyendo los diarios de Julien Green".

La casa del escritor está llena de lo que su hija llama "habitaciones troteras". En ellas el diploma del premio nacional de literatura convive con el ciervo de oro de una sociedad de cazadores y la medalla al mérito del trabajo con la de una sociedad pediátrica. Una vez catalogado, todo ello pasará al archivo junto a sus dos piedras angulares: los manuscritos y la correspondencia. Decenas de carpetas rubricadas con títulos ya clásicos -El camino, Las ratas- contienen miles de cuartillas de papel prensa escritas a mano por una sola cara y llenas de correcciones. Un festín para filólogos que nunca podrá ser completo. Delibes solo conservó 30 manuscritos del medio centenar de libros que escribió. "El resto, posiblemente, lo regaló. A veces lo cuenta en alguno de sus diarios", explica Elisa Delibes, que no recuerda haber comido ningún bocadillo envuelto en las páginas de un original paterno, como se ha llegado a decir. "Guardó algunos pero no daba mucha importancia a lo material. De hecho, aseguró los libros de Áncora y Delfín, pero no sus manuscritos". Y, en efecto, ahí está, en la sala, impoluta, la mítica colección de la editorial Destino.

El original de 'El hereje', deteriorado

Esa mezcla de orden y desprendimiento es la que lleva a su hija a pensar que el escritor no habría dado demasiada importancia a la inundación que esta primavera afectó a 60 páginas del original de El hereje. La casa de Elisa Delibes está encima de la de su padre, y conectada con esta por una escalera. Un grifo abierto produjo el accidente. "Hay hojas con la tinta corrida. Las van a reconstruir digitalmente, pero el original queda así. ¿Qué hubiera dicho él? Lo que dijo uno de mis hermanos: 'Ni que fuera el Códice Calixtino'. Mi padre nunca dio importancia a esas cosas. Una vez llamaron: habían robado en Sedano. Como nos íbamos a la Seminci, dijo: 'Ahora no podemos hacer nada, vámonos al cine'. Alguien llamó luego muy afectado: 'Maestro, ¿había algún manuscrito?' Y él: 'Pues a lo mejor".

Pero si las novelas están ahí, editadas, la correspondencia es capítulo aparte y, si cabe, el más ignoto. En vías de inventario, nadie sabe aún el número de documentos de que consta el archivo. Varios armarios guardan carpetas clasificadas por año que atesoran las cartas de un hombre ordenado, longevo, alejado de los centros habituales de la cultura -Madrid y Barcelona- y que nunca tardó más de tres días en contestar una carta. "El correo era su obsesión, ni la caza ni la pesca", dice, hiperbólica su hija, que piensa en la ilusión que le habría hecho al escritor ver el sello de correos de 80 céntimos que acaba de editarse con su imagen: "Tenía clasificados los sellos y los impresos y sabía el horario de recogida a la perfección. A Cela no le envidiaba el Nobel sino que lo hubieran hecho cartero honorario".

Delibes conservaba la mayoría de las misivas que recibía -incluidas las que ocupan la carpeta 'cartas curiosas': "Cosas de locos, amenazas de muerte...", dice su hija-, pero no guardaba copia de las que enviaba: "Escribía siempre a mano. Tal vez se conservan algunas de las últimas décadas porque las copiaba su secretaria". De entre las primeras que guardó su padre, Elisa Delibes recuerda algunas especialmente importantes para él. Como la que le escribió Ignacio Agustí diciendo que "pasara lo que pasara" su obra favorita en el Nadal de 1947 era La sombra del ciprés es alargada: "Se ha dicho que sin el premio no hubiera seguido escribiendo, pero él me dijo que esa carta ya había sido ánimo suficiente". Entre las que ella misma recuerda con predilección están las que recogen el pésame de Dámaso Alonso y Gabriel Celaya por la muerte de su madre o la que Lázaro Carreter le escribió, exaltado y emocionado, tras leer la última novela: "Soy tres años más joven que tú. ¿Me puede quedar todavía por escribir un hereje?"

Miguel Delibes aceptó a regañadientes la publicación en 2002 de su correspondencia con Vergés, su editor, por considerarla el tira y afloja entre dos rácanos -el adjetivo es suyo- que se pasan el tiempo hablando de dinero, pero era mucho más: una historia particular de cuatro décadas de literatura y edición españolas, incluida la intrahistoria, libro a libro, de uno de sus figuras mayores. Basta pensar en aquellas 500 páginas para calcular el valor de las que podrían llevar los nombres de Ana María Matute, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Francisco Umbral o Manuel Leguineche, con los que el autor de Cinco horas con Mario mantuvo un largo intercambio epistolar. Pasear por su casa es comprobar que la galaxia Delibes está llena de planetas que, por ahora, apenas si hemos alcanzado a ver con el telescopio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de octubre de 2011