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59ª edición del festival de cine de San Sebastián

La creíble y magnética negrura de Urbizu

Incluso en los encargos alimenticios, en proyectos y guiones ajenos con los que Enrique Urbizu se compromete a estampar su firma y lograr que el barco llegue a tierra en aceptables condiciones, este hombre siempre hace transparente que sabe narrar historias con la cámara, que el cine es su natural medio de expresión. Pero cuando puede hablar de las cosas que le interesan, cuando dispone de libertad y control creativo, ese cine lleva un sello muy poderoso, transmite la sensación de que puede narrar exclusivamente con imágenes las intrigas más complejas, describir con verismo y matices personajes y conductas desasosegantes, convencerte de que pueden convivir en la misma persona el villano y el héroe, expresar o sugerir con estilo y sobriedad infinidad de cosas sobre gente peligrosa, desgarrada, solitaria, en el límite, que se mueve permanentemente en zonas de sombra aunque en algún momento lejano conocieran la luz. Urbizu es el autor de La vida mancha, una de las películas que más me han golpeado y conmovido en un muchos años, un retrato profundo, desesperado, lírico, bronco y emotivo sobre el fracaso de la segunda oportunidad, la obligada y lacerante renuncia a la felicidad, la fraternidad, los dilemas morales. Esa fuerza expresiva también era evidente en la retorcida y violenta trama de La caja 507. Y le permitía retomar a un personaje (el apunte inicial fue en la inclasificable y atractiva Todo por la pasta) que le fascina, el fulano en posesión de placa que desprecia las barreras entre el bien y el mal, que solo es fiel a sus propios códigos, pragmático y salvaje, corrupto y marginal, capaz de sacrificar su vida en nombre de sus obsesiones.

El director retorna en su película a la geografía emocional que ama

La presencia y la economía gestual de Coronado impresionan

El director retorna en su película a la geografía emocional que ama

La presencia y la economía gestual de Coronado impresionan

En No habrá paz para los malvados, Urbizu y su habitual y excelente coguionista Michel Gaztambide retornan a la geografía emocional que aman, a la negrura sin concesiones, a la sórdida y paroxística batalla entre un profesional de la caza humana y un grupo de asesinos fanatizados, a la persecución de un cruzado contra los infieles, aunque tanto él como sus enemigos sean y actúen como modélicos hijoputas. Santos Trinidad (el nombre está elaborado), ese macarra hierático y nihilista con pelambrera alborotada y botas de punta que trasiega compulsivamente ron acompañado de un dedo de Coca-Cola, que proclama sin el menor dramatismo que a él no le quiere nadie, dueño de un pasado tan legendario como tortuoso, sin presente ni futuro, cuyo único sentido vital descansa en la misión de impedir que otras disciplinadas fieras cumplan su depredador objetivo, es un personaje que el mejor cine negro incluiría sin la menor duda en su gloriosa familia. También a un montón de sabrosos personajes secundarios a los que Urbizu despoja de cualquier tentación embellecedora, convenientemente realistas en su pinta y en su voz, en lo que parecen, lo que son, lo que hacen y dicen. Su creador está implicado hasta el alma en que todo suene a verdad, a prohibir la menor concesión sentimental, a negarse a subrayar nada y a los juicios morales. Y posee un arte apabullante para contarte una intriga complicada sin necesidad de excesivos diálogos, con los gestos y las palabras justas, manteniendo el suspense, haciendo imposible que mires alguna vez el reloj, manteniendo una violencia aterradora, creando esa cosa tan difícil llamada atmósfera. Y ocurre algo mágico en la sociedad artística que forman Urbizu y el actor José Coronado. Ambos tienen muy claro lo que necesita el otro. Y Coronado, al igual que en La vida mancha y en La caja 507, se revela como un actor admirable, con una presencia, una economía gestual y una profundidad expresiva que impresionan y acojonan. Lo más siniestro que le ha ocurrido a este país en lo que llevamos de siglo, aquel maldito 11-M, ha encontrado en Urbizu a un cronista impagable manejando una ficción basada en tantos datos pavorosamente reales.

¿De qué hablamos cuando hablamos de cine? A mi maniqueísmo simplista le resulta transparente la respuesta. De películas como No habrá paz para los malvados. Por ello, tengo clarísimo que Amen, dirigida por ese director coreano tan torturado, surrealista y prestigioso que se llama Kim Ki-duk, puede ser muchas cosas, pero nada que guarde relación con mi idea del cine. Puede ser el pretexto para darse una subvencionada vuelta con una presunta actriz por lugares tan apetecibles como París, Venecia y Aviñón. La excusa es una cámara que va siguiendo durante 70 minutos muy largos a una señora que busca infructuosamente a su novio pintor y que a su vez es perseguida por un fulano ataviado con una máscara antigás. ¿Por qué? El autor lo sabrá, y si no es así, que traten de imaginárselo los espectadores. Cine libre, radical y abierto a todas las interpretaciones, que dirían los críticos rigurosos y didácticos. Si han tenido la desgracia de sufrir En la ciudad de Sylvia, del artista experimental José Luis Guerín, ya saben de qué va la movida. Qué bien se lo montan los farsantes en posesión de caché intelectual.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de septiembre de 2011