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Crítica:DANZA | LA BELLE LES BALLETS DE MONTE-CARLO

Una mágica revisión del clásico

Vuelve el Teatro Real a una de las recientes tradiciones de su nueva etapa desde que se reabrió como coliseo de ópera y ballet: dar al ballet la preeminencia de la apertura de temporada. Y esta vez lo hace con un título señero, pero en versión renovada: La bella durmiente del bosque, vista por los ojos y la estética particular del director de la compañía monegasca, Jean-Christophe Maillot (Tours, 1960), a la que da el sintético título de La Belle, que es como se conoce en el argot profesional esta obra, acaso el más grande, sinfónico y complejo de los grandes clásicos del ballet académico y pieza cumbre de la trilogía que compusiera Chaikovski.

Maillot huye del tópico y de la tradición pero, en su sensibilidad estaba conservar ciertos factores estructurales que permiten al espectador sentirse dentro de una gran producción, si no clásica, dependiente medularmente de aquellos genes coréuticos, como si se extendiera una línea continua aunque sinuosa desde fines del siglo XIX a principios del siglo XXI. Es así que el argumento que desarrolla el prolífico creador francés se basa más en la narración de Perrault y en los factores psicológicos que pueblan el cuento infantil, y concilia dos papeles clave: la Reina Madre y la malvada Hada Carabosse (responsable del hechizo en el huso y del letargo de los 100 años) en un solo artista, un hombre. Aquí tampoco es todo nuevo. Tradicionalmente en muchos teatros del mundo Carabosse es interpretada en travestido. Anoche hizo este doble papel Jerôme Marchand, dándole una impronta de seguridad siniestra, de sombra aciaga y alternando poderes mágicos con influencias de dominación.

LA BELLE LES BALLETS DE MONTE-CARLO

Coreografía: Jean-Christophe Maillot. Música: Chaikovski.

Escenografía: Ernest Pignon-Ernest. Dirección musical: Nicolas Brochet. Orquesta Titular. Teatro Real.

Hasta el 11 de septiembre.

Son importantes hasta lo decisorio en esta versión el vestuario y la escenografía, donde las fantasías de Philippe Guillotel cosidas en los talleres de Mónaco han dado frutos magistrales y los escenarios típicos del estilo de Pignon-Ernest arman un marco, un complemento muy estudiado y efectivo. Hay un perfume neogótico evidente que se adereza de los recursos de la transparencia, de la tecnología visual electrónica en todo su esplendor, desde los tejidos hasta los volúmenes espaciales.

Se reconoce este ballet como una de las mejores grandes producciones de Maillot, donde mezcla las partituras de Chaikovski para "La Bella Durmiente" y "Romeo y Julieta", siempre en un intento de progresión dramática que tiene su efecto positivo sobre la acción feérica. También funciona adecuadamente la conversión del Adagio de la rosa en un proceso progresivo desde el cortejo a un inquietante asedio.

En Madrid se ha estrenado también en el papel estelar Anja Beehend, que no defraudó ni estaba prevista en ese rol, pero una lesión de Bernice Coppieters (para quien Maillot creó el papel) ha forzado esta delegación de última hora con resultado feliz.

Para sorpresa del público, no había el programa habitual, sino un escuálido y casi bochornoso tríptico a dos tintas donde la cuatricromía se reserva impúdicamente a unos anunciantes. Se trata del primer recorte por la crisis, y naturalmente, había que empezar por la danza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 7 de septiembre de 2011