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ESCALERA INTERIOR COLUMNA i

Mercedes la de los Grifos

Un grupo de turistas, parados en la acera, miran la placa de cerámica que da nombre al callejón. Mercedes la de los Grifos, ¡qué raro! ¿Quién será esta mujer mayor, de pelo recogido y expresión apacible, que sonríe también con los ojos en el retrato que acompaña a su enigmática identidad? Parece una señora corriente, de las de toda la vida, con gafas de leer y una vida larga, tranquila, cuajada de hijos, de nietos. Pero entonces, ¿por qué tiene una calle? ¿A qué se dedicaba? ¿Era cantaora? ¿Bailaora? Con ese apodo, tercia uno de los hombres, marquesa seguro que no era...

Cada invierno, después de Reyes, empezaba a ahorrar para la multa. Su marido, granadino, ajeno a la tradición que su mujer se empeñaba en sostener en solitario, la dejaba hacer, aparentando hacia fuera resignación, admirándola en secreto por su lealtad, por su tesón, aquel alarde de coraje que la impulsaba a desafiar al Cielo y a la Tierra una vez al año. Él no lo entendía muy bien, pero sabía que para ella disfrazarse era lo de menos. Durante siglos, en la frontera de la Cuaresma, las murgas, las máscaras, las chirigotas, habían puesto Rota boca abajo todos los febreros, sin faltar uno, hasta que Franco dijo que no. ¿Y quién es Franco para prohibirme a mí nada, si mis padres, y mis abuelos, y mis bisabuelos han salido con una máscara a la calle el Martes de Carnaval?, se preguntaba Mercedes en voz alta. Pues, mira, yo te lo voy a decir, nadie. Ese tío no es nadie.

"Pretendía que la viera todo el mundo y del pueblo solo salía esposada y entre dos tricornios"

Él era funcionario municipal, fontanero de plantilla en el Ayuntamiento, y al principio lo pasaba fatal mientras febrero se le echaba encima. Si a mí todo me parece muy bien, Mercedes, pero es que me van a despedir, un año de éstos me despiden, ¿no te das cuenta?, entra en razón, mujer... Ella le miraba, sonreía y le soltaba la retahíla que tuviera preparada aquel año, el discurso largo, tan rítmico que parecía rimado, que daba variedad y soporte argumental al disfraz de la murga de su familia, siempre el mismo y siempre distinto. ¡Ay, mire usté!, que vengo fatá, que estoy sofocá, porque mi marío se ha cogío una trompa fenomená, y yo con los chiquillos, de arriba pa abajo, con la caló que hacía, ¿que no hacía caló?, le voy a decí... Cada año se aprendía un texto larguísimo sin haberlo escrito antes en ningún papel, y cada año preparaba rellenos diferentes, de trapo o de gomaespuma, para deformarse el cuerpo bajo el vestido negro que paseaba encorvada como una anciana a la que le dolieran todos los huesos, con tanta gracia, tanto descaro, que había roteños de todas las edades esperando en la puerta de su casa para verla salir con la cara cubierta por una máscara, la misma que se habían puesto su madre, su abuela, su bisabuela, antes de que las leyes franquistas que abolieron el Carnaval las prohibieran expresamente.

La Guardia Civil también la esperaba. ¡Mercedes, no cojas por Calvario, que los civiles están arriba! Los policías municipales, compañeros de trabajo de su marido, el de los Grifos, la orientaban en secreto; los niños, sus admiradores más constantes, a grito pelado. ¡Mercedes, no te acerques a la calle Charco, que van a estar allí! Ella asentía con la cabeza y se volvía hacia el que estuviera más cerca. ¡Ay, mire usté!, que vengo fatá, que estoy sofocá... Luego seguía andando sola, hablando sola y desoyendo todas las advertencias, porque lo que ella pretendía no era evitar a los guardias, sino que la viera bien todo el mundo. Por eso, antes o después, llegaba al centro del pueblo y de allí sólo salía esposada, sin máscara y entre dos tricornios. Pero, Mercedes, ¿otra vez? ¿Pero no ves que te vamos a detener, mujer, qué ganas con esto? Ella sonreía, y no les contestaba mientras buscaba caras conocidas entre las que se arremolinaban a su alrededor. Vete a mi casa y diles que estoy en el calabozo, hazme el favor, que venga alguno con el dinero de la multa... Los Martes de Carnaval, Mercedes la de los Grifos pasaba un buen rato en el calabozo del cuartelillo. Después, cuando su marido acudía a rescatarla, había gente en la puerta esperando para verla salir, y algunos hasta la escoltaban por la calle hasta su puerta. Y al día siguiente, si los ahorros de aquel año llegaban para pagar otra multa, se disfrazaba otra vez. ¡Corre, corre, que ha vuelto a salir Mercedes!

Los turistas siguen haciendo conjeturas en voz alta, sin sospechar que el misterio tiene una explicación mucho más sencilla, más complicada de lo que imaginan. Mercedes la de los Grifos no era cantaora, ni bailaora, ni mucho menos marquesa. Fue una heroína, y además, la mujer de un fontanero.

(Este artículo es para mi amigo Emilio Morejón, que este verano, en una noche perfecta de bajamar y luna llena, me contó la historia de su abuela Mercedes en su chiringuito -Las Dunas, en la playa de Piedras Gordas-, entre unas ortiguillas memorables y un atún mechado tan delicioso como sólo él sabe hacerlo).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2011