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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE COLUMNA i

Enterarse o no

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Dos noticias aparecidas en la sección Tentaciones de EL PAÍS de Verano me impresionaron porque las leí juntas; es más, fueron publicadas el mismo día, la una debajo de la otra (me refiero a la versión digital, que es la primera que pillo de buena mañana; luego vienen las otras, PDF y papel), con un sentido de la oportunidad prácticamente histórico. Me parece que cada una de ellas refleja, con una exactitud alucinante, el mundo que termina y que nos resistimos a abandonar, y el mundo que ya está aquí, en el que hemos hundido los pies, y del que sólo un puñado de personas conscientes -y millones de seres humanos empobrecidos- son capaces de asimilar.

Daba cuenta, la primera información, de un modernísimo evento, al que hay que llamar happening. Ya saben, una cosa que sucede, se desarrolla, se ofrece y desaparece. En mis tiempos jóvenes asistíamos a happenings cada dos por tres. Por ejemplo, se improvisaba un concierto de Raimon en la Universidad con una multitud escuchando, y entonces -it's happening!- llegaban los grises a caballo y nos demostraban que semejante acto podía resultar más efímero que Sevilla engalanada para la boda de una infanta.

"Los jardines impre-sionistas siembran llamaradas de vida en el recuerdo"

Se celebraban muchos de estos actos por entonces, y aún otros más artísticos, redadas, llamadas a la puerta de madrugada -ahora estoy, ahora ya no estoy- y, además, otros menos dolorosos que se anunciaban y se producían por doquier. Mi lugar preferido era L'ovella negra, un local del Raval en el que bebíamos tinto barato y escuchábamos poesía y canciones que estaban sucediendo. O se pintaba y se despintaba. Era muy divertido, aunque todo cansa.

Al parecer los happenings son como los papas, que cada época tiene el suyo. Aquel de actualidad al que me refiero es un acontecimiento gastronómico de altura que tuvo lugar en una galería de arte de Santander, y que consistía en el encuentro de dos artistas -uno culinario y el otro conceptual- en un mismo espacio cultural. ¡Había alimentos fluorescentes que la gente podía degustar, manjares elaborados con fluoresceína! ¡Y te pulverizaban en la bocaza -el chef, personalmente- un combinado de ginebra, mediante un spray! Leyendo con deleite esta demostración de que el vacío en colorines no sólo es probable sino que es factible, me vino a la mente una visión del banquete del Satiricón -cuando la decadencia del Imperio Romano-, y a los invitados soltando ventosidades luminosas. Mucho mejor que el simple pedo, al que hay que prenderle fuego para que dé luz, y si ya no fumas estás perdido porque no tienes el mechero a mano.

Mira tú por dónde, meditaba yo, cuando caí de bruces sobre la segunda nueva, que era buena o que, al menos, estaba acorde con los tiempos. Resulta que, en Paraguay -país que adoro, y que tuve el placer de recorrer cuando era reportera para este diario, varias veces-, existe una Orquesta de Instrumentos Reciclados. Decía la noticia: "Es la agrupación de una treintena de jóvenes de comunidades pobres del país que, con violines hechos de viejas cacerolas, madera y tenedores de metal; guitarras fabricadas con latas de aceite desechables; contrabajos confeccionados con madera vieja; y violonchelos con espátulas o cucharas de cocina interpretan melodías de los grandes clásicos". Música folcklórica, Sinatra y los Beatles también están en su repertorio, añadía.

Algunos de esos músicos trabajaban recogiendo basuras en el principal vertedero de Asunción, la capital paraguaya. Ahora recorren el mundo, bajo la dirección de Fabio Chávez. La nota se titulaba "Las melodías de todos los tiempos toman vida en la basura" (15 de agosto), por si se les pasó y quieren leer algo que no les ponga de mala baba. El texto es muy interesante. Habla de una ONG paraguaya, Sonidos de la Tierra, dedicada a la creación de escuelas y talleres de música en comunidades marginales. Pero lo mejor es el par de fotos incluídas: una directora alemana tocando un violoncelo hecho con una lata mientras un alumno la contempla, y un par de chavales sonrientes, encantados de la vida, cada uno con su instrumento de cuerda reciclado.

Ya lo ven, unos todavía tocan el violón y otros ya van por la orquesta completa. Cuestión de enterarse o no, de formas de vida periclitadas o de pasitos hacia adelante, pese a quien pese.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de agosto de 2011

Fe de errores
Este artículo corresponde al domingo 28 de agosto. Por error, durante unas horas, apareció publicado un artículo anterior