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El dedo de Colón

Gaietà Buïgas diseñó el monumento de Barcelona al navegante de forma diferente a como lo conocemos

Ni señalando a Génova o a Mallorca, ni a las Indias Orientales ni, mucho menos, a América. La estatua del monumento barcelonés a Colón no indicaba ninguna ruta por la sencilla razón de que quien lo diseñó, el arquitecto Gaietà Buïgas, nunca concibió la figura con la postura del brazo derecho extendido marcando nada con el dedo índice, tal como hoy luce la estatua. En la mente de su creador, el descubridor estaba erguido, mirando al cielo y agarraba una bandera con la mano izquierda, mientras mantenía la derecha sobre su pecho. La imagen, chocante con la actual de uno de los iconos mundiales de Barcelona, es lo más llamativo de la somera exposición que sobre Buïgas (1851-1919), comisariada por Concepció Isern, Montserrat Abelló y Rosa Ventura, muestra hasta octubre la Biblioteca de Cataluña.

La mutación de la escultura tiene un punto de misterio y más sabiendo de la mentalidad de Buïgas, hombre sanguíneo, de fácil excitación en las discusiones, nerviosismo que le provocaba constantes taquicardias e insomnio, lo que facilitaba que se quedara trabajando hasta las cinco de la mañana y luego se levantara tarde. Tantas horas de silenciosa labor explicarían, en parte, el detallismo de sus realizaciones, como muestra el proyecto para erigir un monumento a Colón con miras a la Exposición Universal de 1888, un concurso al que se presentaron 47 arquitectos españoles y extranjeros y que ganó, en segunda convocatoria, el 25 de agosto de 1882.A pesar de ello, el jurado calificador comentó el "excesivo cúmulo de detalles en la parte ornamental, algunos de ellos demasiado aislados del conjunto, lo que perjudica la idea de perpetuidad". También ve claro el tribunal que el coste se disparará: "...observándose diferencias notables entre lo que comportará la realización del proyecto y la cantidad consignada". Así sería: de las 300.000 pesetas iniciales se acabaría rondando el millón, a pesar de una miríada de donaciones tanto públicas como privadas, entre las que destacan las 500 pesetas del consulado de EE UU.

Buïgas era consciente de que, si triunfaba, nada le daría más reconocimiento que el de ser el padre del monumento a Colón. "Es de los que más pueden halagar al artista ganoso de lauro", admitía en su proyecto. Y de ahí también tanta meticulosidad, que le llevó a detallar incluso la forma de la escultura que debía rematar.

Y es que Buïgas lo justifica todo. De entrada, la orientación de la pieza a suroeste con relación al emplazamiento, en la intersección entre el entonces paseo en construcción de Isabel II con La Rambla. "Para su mayor y más directa significación en la decoración, la hemos situado paralela y normal al andén del puerto frente al desembarcadero". También expone la imposibilidad de que la fachada principal de la pieza esté de cara a La Rambla, el paseo más significado de la ciudad. La culpa es que el eje de esa calle no coincide con ninguno de los de la futura plaza de Colón. En esa línea, Buïgas no se reprime y pide ya en el informe la necesidad de rectificar la alineación de la izquierda de La Rambla "desde el teatro de la Santa Creu hasta la plaza de Colón". En su opinión, "es una mejora que Barcelona vería con gusto".

También se muestra un poco quejoso por las, piensa, reducidas dimensiones del espacio asignado para una pieza que él acabaría concibiendo de 58 metros de altura y recuerda, en un alarde de conocimientos, los espacios de los que gozan las de Napoleón en París, Nelson en Londres y Federico el Grande en Berlín. Y puestos a defender, también lo hace de la columna en sí, opción que parece no gozaba por entonces en Barcelona de muchos entusiastas, partidaria más de arcos de triunfo. "La verticalidad en el arte es la expresión más pura de lo inmaterial", arguye para señalar inmediatamente una razón de skyline: se trataba de "embarazar u obstruir lo menos posible uno de los mejores puntos de vista, quizá el más panorámico de nuestra ciudad, como es el de La Rambla sobre la bella perspectiva del puerto". Buïgas parece tener una mirada global de la ciudad y su fachada marítima, un horizonte que hoy cuenta desde ese mirador con el voluminoso hotel Vela.

Quizá en aras a esa verticalidad, el arquitecto concibió una escultura de bronce muy rectilínea, que el asta de la bandera resalta aún más. En cualquier caso, escribe, busca "sencillez de representación y de idea. Por eso, entre las muchísimas que podrían dársele preferimos figurar a Colón, ese hábil navegante, el sabio ilustre y sobre todo el fervoroso cristiano, en la sublime situación de pisar por vez primera el suelo de América y, fijada su vista en lo alto, dirigir a Dios ferviente y agradecida plegaria desde lo más hondo de su corazón". El aire místico-religioso que destila la imagen de la escultura que tiene en la cabeza Buïgas no es gratuito: responde a las creencias del arquitecto, católico ferviente, que llegó a parar sus estudios de arquitectura para combatir en las filas del carlismo durante dos años y alcanzar el grado de coronel de ingenieros.

¿Por qué Buïgas acabó aceptando una representación de Colón de 7,20 metros (tenía que haber sido de 6,50 metros) tan distinta? "Cambió de idea, quizá a sugerencia del autor de la pieza, Rafael Atché, y es que escultóricamente la solución es mejor, el equilibrio está más logrado", asegura el estudioso Joan Bassegoda, citando como fuente al hijo del arquitecto, Carlos Buïgas, el artífice de las fuentes de Montjuïc. Constancia o argumentación por escrito del cambio parece no haber quedado mucha. Entre los ocho gruesos legajos de documentación que sobre el monumento conserva el Archivo Municipal Contemporáneo de Barcelona queda constancia de que la primera convocatoria quedó desierta y que en la segunda, del 14 de junio de 1883, si bien la propuesta de Atché no gustó, se le pidió que presentara un proyecto modificado. Buïgas estuvo encima y la predisposición a pactar la escultura fue total, hasta el extremo de que el 22 de diciembre de 1883 comunicó al Consistorio haber terminado el boceto en barro. Evidentemente, no hay por qué pensar que Buïgas y Atché no pactaran la forma final de la pieza, que el arquitecto presupuestó en 12.500 pesetas que el Consistorio abonó al artista en tres plazos.

El monumento empezó a construirse en 1883 con tal expectación que se hizo famoso incluso el andamiaje de hierro que lo fue sujetando, obra de Joan Torras. El agobio por cubrir los enormes gastos era total, hasta el extremo de que Buïgas pidió en 1885 ser relevado de su cargo ejecutivo. El 1 de junio de 1888, abierta ya la Exposición Universal, se inauguró. Y ya con la polémica de adónde señalaba Colón, almirante que, en realidad, al principio no tenía dedo que señalase a lugar alguno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 14 de agosto de 2011