ESCALERA INTERIOR
Columna
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Una historia de terror

Los niños estaban dentro.

-¿Qué dices? No puede ser.

-Sí. Por lo visto, él los mandó a jugar a su cuarto, bloqueó la puerta con una cómoda y allí se quedaron. Los policías les oyeron llorar y los sacaron del piso sin que vieran nada. Ahora están en casa de sus abuelos.

Él, cuyo nombre nadie se atreve a pronunciar, era el vecino del segundo izquierda. Los niños son sus hijos. Ella, el pronombre ausente en las conversaciones de la escalera, ausente del todo, para siempre, era su mujer, la madre de sus hijos, hasta que su marido la acorraló en un rincón de la cocina, la dejó inconsciente de una paliza y la cosió a puñaladas con el cuchillo más afilado que encontró en un cajón. Luego llamó a la policía. Los agentes derribaron la puerta para encontrarle sentado en una butaca del salón, con la ropa llena de sangre y la mirada perdida. Fue entonces cuando oyeron llorar a los niños.

Sus vecinos pensaban que ese tío era un canalla, pero no habían hecho nada por ayudarla

La noticia ha sacudido el edificio entero, planta por planta, congelando rostros, expresiones, como la lengua de hielo de un glaciar. Mientras su ánimo se reparte entre la incredulidad y la culpa, todos, hombres y mujeres, examinan su memoria, su conciencia. Él era brusco, hipócrita, y capaz de hablar con violencia, pero no de llegar hasta este punto. De hecho, nadie había llegado a oír gritos, súplicas, el eco sordo de un cuerpo chocando contra los muebles, con las paredes. Sin embargo, todos habían escuchado alguna vez palabras agrias, afiladas, expresiones de un desprecio aparentemente trivial, doméstico, no vales para nada, no sé cómo te aguanto, no haces nada bien, eres imbécil, pareces tonta, cómo puedes ser tan inútil... Esas frases resuenan ahora en sus cabezas como la banda sonora de unas imágenes aún más elocuentes. La pareja volviendo del supermercado, ella cargada de bolsas, él con las manos en los bolsillos. La pareja parada en la escalera, él haciendo algún reproche, ella callada, los niños agarrados a las piernas de su madre. La pareja en el bar de abajo, él pidiendo una copa, unas tapas, unos refrescos para sus hijos. Ella muda hasta que el camarero le preguntaba qué quería tomar, y después de contestar que no quería nada, muchas gracias.

La vecina del segundo izquierda llevaba camisas de manga larga hasta en verano, se abrochaba los botones hasta el cuello, usaba un maquillaje muy espeso y no solía sonreír. Otras madres habían visto su sonrisa a veces, cuando estaba en el parque, con los niños, pero su rostro se apagaba invariablemente en el portal del edificio. Allí, su piel se volvía mate, cenicienta, sus ojos huidizos, y mientras subía por la escalera iba siempre callada, con los hombros encogidos, la barbilla hundida, pegada al cuello, como si estuviera preparada, piensan ahora, para recibir el próximo golpe. Por lo demás, era una persona cortés, educada, que siempre devolvía los saludos, ayudaba a la anciana que vivía sola en el mismo descansillo, y se interesaba por el estado de los enfermos de cada casa.

El vecino del segundo izquierda intentaba ser simpático. Era mucho más locuaz, más extravertido y sociable que su mujer, aunque, por más rondas que se empeñara en pagar, nunca había llegado a hacerse amigo de nadie. Ahora entienden por qué, ahora, cuando ya no hay remedio, le recuerdan volviéndose hacia ella en mitad de la conversación más animada, tú te callas, cállate ya, te he dicho que te calles, y recuperando en un instante la sonrisa, el hilo argumental de su apasionado ataque o su cerrada defensa de Mourinho, de Obama, del sueldo de los funcionarios o de lo que tocara. Ellos estaban allí, lo habían visto, lo habían escuchado y no se habían atrevido a entender nada. Por eso, un fleco del mismo terror que durante años ha convertido la vida de su vecina en un infierno les seca la boca y les estruja el corazón. Porque lo vieron, lo escucharon y al llegar a sus casas se conformaron con comentarlo con sus propias parejas, ese tío es un canalla, un sinvergüenza, una mala persona, pobre mujer, debería dejarlo, debería marcharse, debería acabar con él de una vez... Eso habían pensado, eso habían dicho, y no habían hecho nada.

Ella también llegó a esa conclusión. Ahora, cuando ya está muerta, se han enterado. Ahora saben que no llegó a denunciarlo por malos tratos, pero emprendió un proceso de divorcio, contrató a un abogado, puso una demanda, cambió la cerradura de la puerta, intentó echarle de casa y él la mató. A ella, que era una inútil, que no servía para nada, que le estaba amargando la vida desde el mismo día que tuvo la negra suerte de conocerla. La mató, la asesinó con un cuchillo de cocina, la dejó desangrarse en un rincón. Y ahora está muerta y todos sus vecinos se sienten cómplices de su asesino por no haberle detenido, por no haberla ayudado, por no haber llamado a un teléfono para denunciarlo.

-Yo lo pensé -se dicen unos a otros en la escalera-. Te juro que lo pensé alguna vez, pero como ella nunca se quejaba, como no decía nada, y tampoco... Yo qué sé.

Sobre la firma

Almudena Grandes

Madrid 1960-2021. Escritora y columnista, publicó su primera novela en 1989. Desde entonces, mantuvo el contacto con los lectores a través de los libros y sus columnas de opinión. En 2018 recibió el Premio Nacional de Narrativa.

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