Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Reportaje:DEBATE | ESPECIAL CASA

¿Cómo hemos cambiado?

Dos generaciones de arquitectos se preguntan qué nos hace vivir mejor, cómo han cambiado nuestras casas y nuestras ciudades y qué tener en cuenta para mejorar nuestro entorno en el futuro.

Andrés Jaque (Madrid, 1971) explora la dimensión política de la arquitectura. Les hablaba a sus estudiantes de la Escuela de Madrid de la nueva realidad doméstica: pisos compartidos o familias monoparentales. Y ha explicado ese cambio por diversas ciudades y universidades del mundo: de Bogotá a Zúrich y de Bruselas a Nueva York. Fue alumno de uno de los más admirados arquitectos nacionales, Juan Navarro Baldeweg (Santander, 1939), autor de los Teatros del Canal de Madrid, el Palacio de Congresos de Salamanca o el museo que protege las cuevas de Altamira. En el estudio de Navarro, El País Semanal les pide un diagnóstico sobre las ciudades y las viviendas como escenarios de nuestras vidas.

"Hay un urbanismo que parte de valorar lo muy próximo al hombre, y es lo contrario de lo que hacemos ahora"

"Recuerdo una ciudad con límites. Hoy hay ciudadanos que no se relacionan con personas distintas a ellos"

¿Era mejor o peor la ciudad en la que crecieron?

Juan Navarro Baldeweg. Llegué a Madrid con 17 años. Llevaba una vida cómoda. Iba a dibujar al Casón del Buen Retiro andando desde Moncloa, donde estaba mi colegio mayor. Era una ciudad tranquila, sin tráfico. Ahora recupero esos paseos. Naturalmente, nunca he tenido coche. Ni carnet.

Naturalmente...

J. N. B. Madrid tiene muchas más cosas hoy. Pero la ciudad peatonal se ha perdido. Una ciudad la hacen tanto la atmósfera como los edificios: el espacio público para tener intimidad. Diseñar un espacio público para montar una fiesta es fácil, hacerlo para los individuos es un reto.

Andrés Jaque. La ciudad se ha transformado afectando nuestra vida. Yo recuerdo una ciudad con límites. La dispersión, con los adosados, cambia la vida de las personas. El coche manda y hoy hay muchos ciudadanos que no se relacionan con personas distintas a ellos. La gente que llega al trabajo en coche y compra en el centro comercial no ve otras vidas. Es importante entenderse conociendo otros modos de vida. En la ciudad, cosas diferentes deben convivir como conviven en un parlamento ideologías diferentes.

¿Se vive la diferencia como una amenaza?

J. N. B. El viento peina paisajes distintos hasta igualarlos en un paisaje continuo. Una de las tareas de los arquitectos es observar lo que existe. Hay muchos tipos de ciudad en cada ciudad. Se deben conocer y descubrir los vínculos entre elementos distintos.

¿Por qué solo los hijos de inmigrantes juegan en las calles?

J. N. B. Antes el niño era explorador. Hacíamos juegos con los escenarios de la ciudad.

A. J. Los inmigrantes viven la calle como extensión de la casas.

¿Por qué hemos dejado de hacerlo?

A. J. Buena parte de la población ha elegido vivir en edificios aislados de la calle. Lo ven como protección. Pero las calles con actividad son mucho más seguras. Hace falta cierta lentitud en el urbanismo y la arquitectura para tener en cuenta la suma de realidades distintas que es una ciudad. En barrios céntricos como Lavapiés en Madrid hay mucha gente mayor propietaria de un pisito de 30 metros. Esa fragmentación ha hecho que las inmobiliarias no hayan podido comprar allí edificios completos. Los ancianos pueden conservar amigos y vivir en el barrio que conocen.

¿Las inmobiliarias deciden la forma de la ciudad?

A. J. Se ha confiado en la rentabilidad económica rápida, pero hay otras rentabilidades. Los edificios no son objetos independientes. En la ciudad, lo importante es la relación entre las cosas. Y las inmobiliarias no abarcan esa conexión. En las calles en las que hay vida hay una forma de seguridad no basada en la vigilancia, sino en la confianza.

¿Se ha diseñado desde la irrealidad?

J. N. B. Muchos de los temas que desorientan a nuestra sociedad tienen que ver con el tiempo. Comentaba que de joven caminaba a todas partes. No perdía el tiempo, estoy paseando, pensando, viendo. Nuestra idea del tiempo debe cambiar. Queremos vivir al instante. Las redes de información lo hacen posible, por eso la arquitectura debe pensar el tiempo de otra manera.

La bicicleta ha sido declarada por varios Ayuntamientos como medio de transporte prioritario. ¿Cambiarán las bicis las ciudades como lo hicieron los coches?

J. N. B. Esta actitud puede parecer antigua. En los 70 ya se trataron estos problemas.

¿Por qué no se resolvieron?

J. N. B. Los temas fascinan hasta que llega algo más fascinante. Con los ordenadores aparecieron otras preocupaciones. Desde las escuelas deberíamos enseñar a los estudiantes a librarse de las modas. Uno no puede cambiar de traje o casa por una moda. Debemos usar las cosas el tiempo que duren o que nos sintamos a gusto con ellas.

A. J. Hay una necesidad de sorprenderse, de celebrar la cotidianidad, pero es importante que esa celebración cotidiana construya situaciones duraderas que repartan poder. Que la sociedad no sea una batalla por la hegemonía. Es necesario conectar, reparar y unir sin emplear para ello un gran consumo. Todo el mundo lo puede entender con una fiesta: se puede hacer con pocas cosas y mucha gente si pones el disco adecuado.

J. N. B. El proyecto más importante no está en el mundo externo y sus novedades, sino en el hombre mismo.

¿Repensar qué queremos ser?

J. N. B. ¿Queremos sentir la brisa? ¿Queremos tener casa? ¿Queremos negar el coche?

¿El progreso es recuperar lo que no debimos perder?

J. N. B. Si dices algo así, alguien te mirará sonriendo, pensando que eres un nostálgico.

A. J. Hay cosas que se han dado por obsoletas que hoy son respuestas perfectas a nuevos desafíos. La bicicleta, por ejemplo. Hacer ciudades caminables es una necesidad. En 20 años se triplicará la población de mayores. El coche eléctrico, que no contamina ni hace ruido, es una posibilidad para esa gente. Hay un debate para decidir si este debe ser un Ferrari eléctrico o un vehículo para una experiencia lenta. El mundo puede ser amable.

J. N. B. En los setenta se consideraba poner la cinta móvil de los aeropuertos en la calle. La cuestión era a qué velocidad debía funcionar. Yo pienso que el mundo debería tener distintas velocidades. Es fundamental repensar el hombre.

¿Ese no es un asunto individual?

J. N. B. Lo determinan los valores. Hoy cuando uno quiere evadirse compra un billete para una isla. Es un error. Las experiencias más importantes son sencillas, directas. Pero nuestro hábitat es cada vez más artificial. Esperamos que las máquinas nos salven de todo. Del aburrimiento para empezar. Y eso no sucede, entre otras cosas, porque el aburrimiento es provechoso.

¿Han mejorado nuestras casas?

J. N. B. Donde mejor vivía el hombre moderno era en una casita de la ciudad antigua. Las respuestas más importantes están vinculadas al cuerpo. Eso no se renueva.

A. J. Pensamos que el espacio colectivo es la calle, pero las transformaciones han sucedido primero en los hogares. La mujer ha ganado fuerza primero en la casa. En casa hemos reciclado antes. En los hogares hoy no encontramos lo familiar, sino lo que es diverso. Pensemos en las viviendas compartidas.

No son mayoritarias.

A. J. Las organizaciones familiares han pasado de estar muy jerarquizadas a que todos los miembros de la familia tengan voz en el uso de la casa. Esto quiere decir que desde la casa también se está construyendo la sociedad. Los juegos que se dan allí tienen influencia en la sociedad del mañana. Hay un urbanismo que parte de valorar lo muy próximo al hombre, y es lo contrario de lo que se hace ahora. Ese urbanismo puede aprender de cómo hemos vivido la vida cotidiana: regando las plantas, hablando con los vecinos...

J. N. B. Ahora hay una exposición en el Prado sobre Chardin, un pintor del siglo XVIII, de la vida del niño en la casa que no es tan diferente de la infancia que yo tuve.

¿Pero sí de la de los niños hoy?

J. N. B. En apariencia sí. En esencia no. Los juegos complicados no añaden nada. Los niños necesitan tiempo para asombrarse, aburrimiento para pensar. La vivienda es el lugar donde se viven las mayores ensoñaciones y donde se hacen los viajes más largos.

¿Entonces, las casas no han cambiado?

J. N. B. Pasábamos mucho frío en invierno. Mi casa de Santander no tenía calefacción. La casa de verano era otra cosa: la de las grandes sensaciones, incluido el miedo. En mi propia casa, a lo largo de los años, se sigue viviendo bien porque es sencilla, fácil de habitar. La austeridad es una buena receta contra el paso del tiempo.

A. J. Algunas cosas cambian las casas. Por ejemplo, la cantidad de familias monoparentales. En las casas conviven hoy redes de pactos con abuelos, cuidadores... Casi todos utilizamos más de una casa en la ciudad: las de los abuelos, las de los amigos de los hijos. Tenemos domicilios desperdigados. Y no hablemos de los separados. La casa compartida es hoy el hogar de más de ochenta millones de personas en la Unión Europea. En un piso para una unidad familiar conviven cinco personas que no se conocen. Esa vida no tiene una traducción arquitectónica.

¿Cómo evitar otra burbuja inmobiliaria?

J. N. B. Tiene que haber una economía diversa. Lo fácil es extraer del suelo. Pero hay que pensar en otros tipos de riqueza. Buscar el más a partir del menos. Como decía Andrés, con un poquito de música podemos tener una gran fiesta. Siempre pienso en los cubanos: qué bien se lo pasan con un poquito de ron.

A. J. Lo que se reconoce en una selva, la diversidad, no lo hemos sabido valorar en las ciudades. Hay desafíos estéticos. Hay una arquitectura feliz que no parece un hotel de lujo. Los arquitectos debemos meter en los dibujos personas reales, días de lluvia.

J. N. B. Contar cómo vive la gente puede generar una manera de diseñar la ciudad: a partir de lo micro, hacer lo macro. Eso está en la naturaleza.

¿Qué harían si fueran alcaldes?

J. N. B. Salir corriendo. Rodearme de asesores.

A. J. Dar poder a otras realidades. Se trata de tener en cuenta a todos los ciudadanos: los mayores, los inmigrantes; la diversidad es el capital de la ciudad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2011