Crítica:Cine | 64º Festival de CannesCrítica
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Retrato de un horror aún más hueco que frío

Creo haber leído Tarántula, escrita por Thierry Jonquet, y cuyo argumento inspiró inicialmente La piel que habito hace muchos años, editada en España por la colección Etiqueta Negra. ¿O era Serie Negra? Empleo el dubitativo creo porque estoy seguro de que me impresionó al comienzo, pero no recuerdo que tuviera paciencia para llegar al final, que su desarrollo me desinteresó. En cuanto a la película que acabo de ver me resulta imposible acercarme a ella en estado virginal, sin poseer referencias sobre su contenido, ya que la sabia maquinaria publicitaria que maneja inmejorablemente Almodóvar desde sus ancestros y que logra que recibas continua y estratégica información de cada nueva criatura suya antes, durante y después del parto, me ofrecían numerosos datos sobre ella. Y por supuesto también estoy avisado a través de sus declaraciones y las de Antonio Banderas de que es una película en la que han sentido vértigo, se han acercado al abismo, está impregnada de horror gélido.

No logro encontrar los dos Banderas que admiro, el del Zorro y el de 'Átame'

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Los materiales anteriores son tan existencialistas, enfáticos y desgarrados que predisponen angustiosamente tu estado de ánimo al sentarte en la butaca, imaginando que vas a encontrarte con una historia que navega entre Sófocles y el Hitchcock menos juguetón. Durante un rato mantengo las expectativas ante un cirujano que se maneja con eficiencia y obsesión en su espectacularmente diseñada casona de Toledo con los tubos, la sangre, las fórmulas y las combinaciones de esa cosa llamada transgénesis, consistente en la mezcla de células vegetales y animales. Pero inmediatamente descubrimos que va más lejos en su loable investigación ya que también combina las células de las bestias con las humanas, algo sobre lo que recae la prohibición.

Ese galeno de gesto gélido, ese doctor Frankenstein sin huellas aparentes de perturbación mental, tiene encerrado al monstruo que está creando, aunque este se distraiga imitando la artística creación de muñecas que hacía la legendaria Louise Bourgeois, leyendo a Alice Munro (como siempre, Almodóvar está en la onda cultural que mola), escribiendo y dibujando en las paredes de su celda, intentando sobrevivir en su extraño cautiverio a algo que presientes muy turbio. La presa lleva adherido a su cuerpo un extraño pijama y tiene las preciosas facciones y la compleja expresividad de Elena Anaya, nada que ver con la lamentable apariencia exterior de aquel monstruo que se inventó Mary Shelley una noche de tormenta. Y está vigilada también en ese Manderley toledano por un ama de llaves a lo Rebeca, pero esta dotada con el cansino tonillo teatral y la gestualidad afectada de Marisa Paredes.

La espera hasta que Almodóvar comienza a darnos explicaciones y a contar los antecedentes de misterio tan tortuoso me proporciona un muy discreto interés, pero cuando la madeja comienza a desenredarse, describiendo los volcánicos traumas que han empujado al pulcro psicópata a una venganza feroz contra el que causó su ruina familiar y afectiva, mediante flashbacks de negociable veracidad, acompañados de diálogos y situaciones que pretenden tener enjundia emocional y solemnidad de tragedia griega, pero que involuntariamente despiertan la risa que acompaña a lo grotesco y a la seriedad forzada, empiezo a notar el sonrojo ante la impostura habitual de este director cuando abandona la comedia, cuando habla de educaciones malas, abrazos rotos, líricos parloteos con ella, recovecos del alma y las pasiones que devoran a los seres humanos. Es cuestión de creérselo o de no creérselo. En mi caso no hay manera de que me lo tome en serio.

Ocurre durante la proyección de La piel que habito que hay reacciones tan insólitas como que una parte del público se ría en momentos que se presuponen desgarradores. Al acabar la película descubro que esa misma gente aplaude entusiasmada. Al parecer interpretan que esa intensidad sentimental es mitad en broma y mitad en serio, que la característica ironía de su creador se está cebando con las supuestas explosiones de sensibilidad, que existe una armonía genial entre la parodia y el espanto. Si es así, a mí se me escapa esa fascinante dualidad. No estoy dotado para captar tanta sutileza. Lo que veo y escucho me resulta tan hinchado como hueco, más ridículo que complejo. Son enfrentadas interpretaciones, eso tan humano de la cuestión de gustos.

Comprendes que Antonio Banderas haya acudido presuroso desde ese mercantil y frívolo Hollywood que tanto le mima a la llamada del rey del mundo, para que su currículo artístico se enriquezca con el prestigio de ponerse humildemente a las órdenes de uno de los más prestigiosos directores europeos, de la auténtica autoría en presunto y permanente estado de gracia. Aquí no logro encontrar a ninguno de los dos Banderas que admiro, el del Zorro y el de Átame. Se supone que Almodóvar le ha exigido espartana economía de gestos para que su personaje resulte tan creíble como terrible. Yo le encuentro anodino. Es inútil hablar a los lectores del amor, la indiferencia o la irritación que te transmite una película que ellos no podrán juzgar hasta dentro de cinco meses. Cuando ocurra, pasen y vean. Volveré a escribir de ella. Con anticipada fatiga. O pidiendo perdón por mi imperdonable miopía cuando Cannes la estrenó a bombo y platillo.

El crítico de EL PAÍS comenta desde Cannes su impresión del nuevo filme de Pedro AlmodóvarGREGORIO BELINCHÓN

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0020, 20 de mayo de 2011.