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64º Festival de Cannes

El apocalipsis según Lars von Trier

A diferencia de tanto amante incondicional del cine de Lars von Trier (en el Festival de Cannes le consideran hijo predilecto como si le hubieran inventado ellos, y sospecho que no están desencaminados), me enfrento a cada nueva película suya con temblores preguntándome qué tipo de experimento se le ha ocurrido esta vez a este danés tan zumbado pero de una innegable posesión de un talento extraño y perturbador. A veces, pocas, me sorprende con relatos poderosos, imprevisibles y estremecedores como en el caso de Rompiendo las olas y Bailar en la oscuridad. Lo normal es que me ponga de los nervios con sus provocaciones sin sentido y sus delirios baratos, entre las cuales, aquella pretenciosa estupidez titulada Anticristo ocupa un lugar de honor.

Crea un clima tan inquietante que te resulta difícil desentenderte

Nada bueno ni malo que contar de la contemplativa 'Hanezu'

El arranque de Melancholia se parece mucho al de El árbol de la vida, de Terrence Malick. Existe una cascada de imágenes con aroma a sueños y ciencia ficción. Y te planteas la manía común que les ha dado últimamente a los artistas más raros del cine con el rollo planetario. La diferencia estriba en que Malick pretende contar el nacimiento del mundo y Lars von Trier, que es más pesimista y tenebroso, está empeñado en que a la corrompida Tierra le quedan dos suspiros para desaparecer.

Temes que ese prólogo denso y con hechizo visual no se acabe nunca, que esta vez el caprichoso experimentador se limite a acumular visiones surreales, pero al cabo de un rato empieza una historia que otorgará sentido final a las largas premoniciones iniciales. Y esta, cómo no, es enfermiza y morbosa, el terreno en el que mejor se desenvuelve su director. Está protagonizada por la boda de una mujer bipolar, una persona tan profundamente deprimida que hace que su exaltante alegría te parezca sospechosa. Y esa boda lógicamente acaba en tragedia, en la apoteosis del reverso tenebroso de la novia derramando hiel y enloquecida transgresión sobre todos los presentes. La segunda parte se ocupa de la generosa hermana de la autodestructiva, que acoge a esta en su cálida familia para intentar cuidarla. También están esperando el momento prodigioso en el que se va a acercar a la tierra un planeta aparentemente inofensivo denominado Melancholia.

La empanada mental de Von Trier está en su apogeo, pero consigue crear un clima tan inquietante que te resulta muy difícil desentenderte de lo que está narrando. Te engancha su misterio, te contagia la ansiedad, el desequilibrio y los terrores que dominan a esos personajes. El clima de amenaza está muy bien descrito mediante una cámara en continuo movimiento, utilizada frecuentemente a mano, no ya siguiendo las directrices estéticas del movimiento Dogma, apadrinado en su bautizo por el gurú Von Trier, sino en el inmediatamente identificable estilo visual del creador de Dogville. Ese lenguaje magnético logra que el tiempo corra rápido aunque haya cosas que no entiendo. El apocalipsis personal y colectivo que plasma Trier no me conmueve especialmente, pero durante más de dos horas me tiene en tensión, me introduce en la angustiosa trama. Y se agradece, ya que lo más habitual que me ocurre con su cine es la irritación, el bostezo y las ganas de salir corriendo.

Nada bueno ni malo que contar de la contemplativa película japonesa Hanezu, dirigida por Naomi Kawase, señora que hace furor entre los vanguardistas con sed de trascendencia. Ellos sabrán. No llego al final de las historias de amor de varias generaciones en unas montañas muy espirituales que según la leyenda fueron habitadas por los dioses. Y la excesiva cuota de cine francés sigue resultando fatigosa. Lo es L'Apollonide, ambientada en un burdel de lujo a principios del siglo XX. O la insufrible verborrea pretendidamente ingeniosa de Pater, en la que el anciano director Alain Cavalier y el actor Vincent Lindon hablan de todo lo divino y lo humano interrogándose sobre el tipo de película que quieren hacer juntos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 19 de mayo de 2011