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CORRIENTES Y DESAHOGOS

Feliz y grande

Cuarenta años después publica de nuevo poemas. A los 27 años Félix Grande lanzó su primer libro, Las piedras, con el que había ganado el premio Adonais. Un premio tan fino que no entregaba una sola peseta y cuya tirada era, elegantemente, de 1.000 ejemplares. Con tan poca publicidad nos conocíamos, sin embargo, todos e incluso sin muchos contactos formábamos una fratría.

Un día me presenté en el piso de Félix con el único pretexto de que lo admiraba. Solo había hecho esto antes con una mujer que me recibió envuelta en un camisón de raso violeta y con aspecto tan amargo que clausuró para siempre mi pasión. Con Félix fue al revés. Vivía entonces (y creo que todavía) en una casa modesta y fácil de amar. Él mismo pertenece a esa clase de personajes gloriosos, simpáticos y buenos, que cuando se hallan presentes mejoran a todos los concurrentes y hasta el estampado de la decoración.

El autor de 'Las piedras' procede de Tomelloso y solo media docena de poetas saben pasturar palabras a su modo

El título de Las piedras no aludía a ninguna una vocación constructiva sino que, al revés, las piedras llegaban como cantos de los que rompen la crisma y recuerdan la dificultad de vivir. La dureza de vivir y su belleza serían como un par de pedruscos que él definía en ese librito inicial diciendo: "Amar y morir son dos / sensaciones corpulentas / que por las selvaciudades / se asaltan y se vocean". Enseguida se notaba que tenía carácter.

Félix Grande procede de Tomelloso y así como hay pocos poetas tan sutiles como él, solo una media docena saben pasturar palabras a su modo. Cuando un poeta no posee este don electivo pierde mucho tiempo escribiendo pero si, por el contrario, esa magia le viene de nacimiento la faena resulta tan fácil como exquisita. Así se comprueba en muchos de los poemas de Félix, donde no solo su atinado gusto decide el hermoso tapiz del poema, sino que juntos componen un fulgor a la manera de los minerales en la naturaleza.

En piritas o sedas, en arenas o espartos, en dolores o enamoramientos, buena parte de su obra se halla traspasada de un acierto que nunca se alcanza recurriendo al yunque. Y lo mismo sucede con su interpretación de música flamenca que llega, en saltos de Cirque du Soleil, desde la guitarra al estremecimiento.

Por aquellos años sesenta tanto él como yo éramos devotos de César Vallejo y de Julio Cortázar, por ejemplo. A Cortázar pese a lo largo que era conseguía acostarlo en un catre y Paca, la mujer de Félix, poeta a la vez, se encargaba de que el bienestar se redondeara en aquella calle de Alenza.

Aunque solo he estado tres o cuatro veces dentro de la casa, cada vez que he pasado cerca se la he señalado a mi acompañante y solo para que supiera de qué modo audaz logré la valiosa experiencia de conocerlo y, luego, el privilegio de enseñarle 800 de mis versos que había reunido bajo un título eterno o de interminable infusión, Poleo menta.

Años más tarde lo edité a través del Instituto de Estudios Alicantinos, pero no tuve ya las energías inaugurales para enviárselo. Aunque seguro que allí reconocería él, sin duda achicadas, las buenas lecciones que fui aprendiendo al leerle.

Hay gentes buenas y él lo fue siempre conmigo. Bueno para los amigos y humilde tocando la guitarra como un agreste músico de pueblo, árido o suave según era menester. En realidad, casi todo lo toca, casi todo lo lee, todo le cala, todo lo regala.

El nombre propio que viene en ocasiones a decirlo casi todo de la persona alude aquí, de una parte al Félix de la felicidad de vivir y, de otra parte, a través de su apellido Grande a lo colosal que ha sido su honradez sobre la página y, de paso, a su grandísima y constante puntería con las palabras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de mayo de 2011