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Crítica:FERIA DE ABRIL | La lidia

Monumental Manzanares

Los tendidos, en absoluto silencio; la banda de música desgranaba suaves y leves compases que envolvían el ambiente, y Manzanares, en los medios, cita al quinto de la tarde con la muleta en la zurda, y brotan unos naturales de puro sueño, bellísimos, auténticos, y la plaza estalla de entusiasmo cuando el torero cierra la tanda con una pase de pecho magistral.

Fue un momento único, de esos que te ponen la carne de gallina y hay que vivirlos para sentirlos. Un instante que supo a pura gloria, como otros muchos de esta corrida, cargada de expectación, que no respondió a lo deseado, pero que estuvo preñada de ráfagas de embrujo artístico.

José María Manzanares era el protagonista, No en vano cerraba su feria tras el histórico triunfo del pasado sábado. La plaza lo recibió con una cerrada ovación de admiración y respeto; y el torero respondió a la confianza. A la corrida, nobilísima toda, de puro azúcar algunos de los toros, le faltó casta y codicia. Manzanares solo pudo cortar una oreja, pero dio toda una lección monumental del temple, del ritmo, de la esencia y el aroma del toreo. Se vivieron secuencias inolvidables. Fue, sin duda alguna, una corrida solemne.

Fue el suyo un toreo sublime cuando enganchaba a su oponente

Es el torero de moda, el que ilusiona y enloquece

Psss... Manzanares continúa toreando al quinto. Nadie daba un duro por este animal, muy distraído de salida, huidizo en banderillas y falto de fuerzas como todos sus hermanos. No se oye una mosca cuando el torero se coloca fuera de la raya del tercio y observa con detenimiento a su oponente. Manzanares lo mete poco a poco en la muleta, y consigue derechazos limpios y largos combinados con algún enganche por las protestas del animal. Un circular inmenso, un molinete garboso y otro de pecho desatan la emoción y brota la música. Dicta, entonces, una sencilla y monumental lección de lo que es el temple, acompasando la muleta a la velocidad del toro, pero obligándolo a embestir y a crear. Y todo muy despacio, con la suavidad que este torero imprime a sus formas y a su fondo. El estoque queda enterrado, pero el toro, exprimido como un limón, tarda en morir, y el premio se reduce justamente a una oreja.

Pero hubo más. Nobilísimo, también, el segundo, falto de acometividad, pero con la entrega suficiente para aguantar una faena larga, con fijeza y recorrido en su embestida. Fue la de Manzanares una labor templadísima, perfecta de colocación, cite y remate, con derroche de mando y buen gusto. Fue el suyo un toreo sublime cuando enganchaba a su oponente y lo llevaba embebido en muletazos larguísimos, hondos, sentidos en el alma. Derechazos y naturales auténticos, un trincherazo de cartel, un primoroso cambio de manos, y todo ello ligado y engarzado a la perfección.

Y algo más. Su cuadrilla es un lujo viviente. Curro Javier, Juan José Trujillo y Luis Blázquez, los tres subalternos de a pie, fueron obligados a desmonterarse tras el tercio de banderillas en el segundo de la tarde. ¡Qué grandeza! ¡Qué deleite! ¡Qué gran espectáculo! El primero, en tareas de lidiador, estuvo inconmensurable, los capotazos justos y medidos. Qué forma tiene este torero de andarle hacia atrás a los toros... Trujillo se lució en dos pares de poder a poder, asomándose al balcón, al igual que Blázquez en su turno. Y la plaza, embriagada de emoción, les reconoció el título de torerazos.

Puede parecer poco, pero en la Maestranza toda la labor de Manzanares y su gente tuvo un color especial. Es el torero perfecto para el noble toro de hoy. Con él se hace presente la creatividad, la gracia y la estética sublime. Es la llave del cambio. La nobleza del toro, que no su poderío, es la clave.

Le acompañaban Castella y Talavante, cada cual en su papel, sin desmerecer, y sin sobresalir. El primero se las vio en primer lugar con otro terrón de azúcar, y él, que es torero poderoso, dio muchos pases a cual más insulso. Ligó en un palmo de terreno, pero dio toda la impresión de que el toro se fue al otro mundo con una queja justificada. Brindó al público el cuarto, de corto recorrido, con algo de genio y escasa calidad, con el que se mostró voluntarioso y pesado. No se coloca adecuadamente y a punto estuvo de llevarse un susto serio. Y el torero extremeño quedó inédito ante el muy inválido tercero, y se jugó el tipo sin cuento ante el parado sexto, que le avisó y le perdonó más de un achuchón.

La tarde era de Manzanares. Es el torero de moda, el que ilusiona y enloquece. Que continúe la racha...

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de mayo de 2011