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Catástrofe en el Pacífico

En el peor momento

Cualquier desastre natural es todo menos oportuno. El más severo de los terremotos sufridos por Japón en las últimas décadas se añade a una serie de desafortunados episodios que han jalonado la vida de ese país desde que su economía entrara en la mayor recesión de su historia, hace 20 años. Consecuencia directa, aunque es verdad que no exclusiva, ha sido ese desplazamiento a la tercera posición en el podio de las mayores economías del mundo, tras China, y a la cuarta si lo que tomamos en consideración es el peso específico en el comercio global. La capacidad para superar esa vulnerabilidad como gran potencia industrial y comercial, la de la propia confianza de los ciudadanos japoneses, erosionada de forma muy significativa en los últimos años, se pondrá ahora a prueba con ocasión de la asimilación del impacto económico y la necesaria reconstrucción que se lleve a cabo.

No es fácil en este momento hacer una evaluación económica mínimamente precisa de esos daños, ni valerse de la experiencia aportada por anteriores terremotos en ese país. Con independencia de los humanos, siempre de muy complicada evaluación, los costes que ahora puedan estimarse serán, como la experiencia de otras catástrofes naturales demuestra, inferiores a los finalmente incurridos. Sí se puede tratar de avanzar líneas de impacto, ya sea de forma aproximada. A corto plazo, la destrucción de infraestructuras de todo tipo, la completa paralización de la actividad de numerosas factorías, algunas de ellas con un peso relevante en la producción y exportación de ese país, se dejará notar en una contracción adicional en el valor del PIB. Las alteraciones en las comunicaciones de todo tipo, las telefónicas incluidas en el propio Tokio, habrán introducido perturbaciones y paralizaciones en la toma de decisiones empresariales difíciles de valorar ahora, pero seguramente muy importantes. Como lo son las interrupciones en la producción de energía, no solo las más alarmantes en plantas nucleares, en un país muy dependiente de las correspondientes importaciones.

A medio plazo, es de esperar que la recomposición de las infraestructuras estimule la economía, a través de proyectos de obras públicas de todo tipo. En una economía tan bancarizada como la japonesa, el banco central deberá actuar con la diligencia suficiente en el suministro de liquidez para que los mercados financieros no se colapsen y atiendan las exigencias extraordinarias de intermediación que las empresas van a precisar. Todo ello transmitirá un impulso a la demanda agregada que puede acelerar el crecimiento de la economía y del que pueden llegar a beneficiarse los principales socios comerciales de ese país. En una perspectiva más larga, los esfuerzos presupuestarios destinados a facilitar la reconstrucción engrosarán una deuda pública que ya era la más elevada de la OCDE, del 204% del PIB. La capacidad del Gobierno para abordar lo que seguramente constituirá una muy seria crisis fiscal nos remite a las insuficiencias manifestadas por la clase política de ese país en los últimos años. El impacto de la gestión de ese deterioro en las cuentas públicas no será exclusivamente local. No es descartable, en efecto, que las dificultades financieras resultantes de la reconstrucción transmitan a los mercados de bonos tensiones adicionales a las ahora existentes. Como conjeturable es el impacto de la repatriación de fondos en yenes, desde inversiones financieras hoy localizadas en activos financieros denominados en otras divisas. Tampoco son fáciles de concretar las posibles elevaciones de precios en los bienes en los que las empresas japonesas mantienen una elevada cuota en el mercado global, como son los casos del sector del automóvil o el de algunos componentes electrónicos.

Sin abandonar las cautelas propias de cualquier evaluación tan preliminar, el resultado final dependerá de la capacidad de la población de ese país para recuperar la confianza en sí misma y en la clase política que habrá de gestionar el desastre. Ojalá sea asimilable a esa suerte de "destrucción creativa" schumpeteriana, susceptible de hacer de la necesidad virtud convirtiéndose en el revulsivo que esa sociedad precisaba desde hace años. No es precisamente una situación suficientemente propicia para que tenga lugar ese salto adelante, hacia un momento político y económico nuevo, basado ante todo en un reforzamiento de ese "capital social" que se nutre, incluso en circunstancias tan complejas como esta, de la confianza entre los ciudadanos y de estos en sus instituciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 13 de marzo de 2011