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Análisis:

Lo ridículo

Alguien tendría que estudiar de modo académico por qué los dictadores provocan terror cuando están en el poder y sin embargo resultan ridículos despojados de él. Cuando revisamos imágenes de los tipos que amedrentaron el mundo o sometieron a sus países durante décadas, nos sorprende descubrir personajes grotescos, más catalogables en una colección de monstruos patéticos que de verdaderos líderes mesiánicos.

La primera señal que recibí en esta dirección fue al descubrir, muy joven, que los cómicos del mítico programa Saturday Night Live, encabezados por John Belushi, usaban de fetiche ridículo, durante los primeros años setenta, un sello con la imagen de Franco. A ellos, en la distancia, Franco les resultaba un personaje trasnochado, patético y risible. La primera colección de los guiones originales del programa que pude comprar lucía al dictador español en su portada y en muchas de las piezas cómicas se hacían referencias a él. Cuando murió, sencillamente tiraron su retrato a una papelera y lo sustituyeron por el de Pinochet con aquellas gafas ahumadas.

Desde Castro con sus discursos de siete horas al líder de Corea del Norte, con sus méritos en golf al haber logrado 11 hoyos con un solo golpe, la sospecha es la misma. Una enorme sensación de ridículo aplazado. La probable caída de Gadafi nos deparará otra oportunidad para comprobar cómo la línea entre el miedo y el ridículo está separada tan solo por la coacción de las armas y la violencia de Estado. Sus 75 minutos de discurso televisivo son otra cumbre de la sinrazón, con una televisión sometida ofreciendo la caricatura del poder en el lugar de los dibujos animados.

Si no fueran momentos trágicos, sería digno de la burla mundial. Preocupa la parálisis internacional hacia una emergencia humanitaria así. Woody Allen estableció una eficaz ecuación para describir la comedia. Dijo que era sencillamente tragedia más tiempo. Con los dictadores sucede algo parecido. Cuando la represión termine en Libia, todos nos preguntaremos cómo alguien así pudo gobernar tantas décadas. Aquellos que se sentaron junto a él en la jaima quemarán la foto o la pondrán junto a la de las vacaciones en Las Vegas o aquella fiesta de disfraces. Puede que la ecuación de lo ridículo sea solo eso: dictador menos fuerza militar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 24 de febrero de 2011