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COLUMNA

Mentirosos

Uno mintió cuando dijo que no fumaba. Defendió luego su derecho a la mentira poética. El otro mintió cuando dijo de alguien que había sido detenido en una operación policial en Arganzuela contra una trama de explotación sexual. No sé yo cómo hará luego para defender su derecho a mentir. ¿También razones poéticas?

El contraste no puede ser más claro. Uno con la palabra quiere reforzar la retórica falaz de su defensa del tabaco. El otro la utiliza para desacreditar a quien detesta y perjudicarle en su fama y en su reputación.

Uno con sus mentiras no perjudica a nadie, salvo a sí mismo. El otro con las suyas hiere y con contumacia: quiere herir y dañar. Hay un abismo entre ambos. Uno jamás habla de moral, mientras que el otro se la lleva a la boca en cuanto le dan la ocasión.

La frivolidad de uno y la inmoralidad del otro nos aleccionan sobre el sonido hueco de ciertas palabras y los escasos escrúpulos de quienes percuten sobre ellas como en un tambor. Quien esto hace no es un mentecato, o no solo, es sobre todo un inmoral. Y lo peor es que lo que ha destruido su sentido moral y su credibilidad como periodista no es más que la vanidad.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de febrero de 2011