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Crítica:61ª edición de la Berlinale

Monólogo de Garzón y una admirable película iraní

El juez Baltasar Garzón nos hizo creer a muchas personas ingenuas o descreídas que la justicia, esa abstracción tan ancestralmente maltratada y deformada, podía servir a veces para asustar, acorralar, detener y juzgar a los auténticos malos, a los que casi siempre se las han ingeniado para sortearla, reírse de ella, manipularla, corromperla, comprarla. Da igual que su legítima ansia de protagonismo, le acercara a la peligrosa imagen del Llanero Solitario, que todas las acciones que emprendiera fueran machaconamente reflejadas por los medios de comunicación, que su figura se asemejara a la de una estrella mediática. Lo importante es que aplicaba la ley a los ladrones intocables, a los narcos, a los terroristas de cualquier credo, a los dictadores jubilados y a los antiguos genocidas, a los sátrapas en ejercicio y a los torturadores con licencia, a los que compaginan con cínica naturalidad la política con el gangsterismo. Es normal que embistiendo en frentes tan variados y poderosos tuviera un millón de enemigos, que fuera odiado y envidiado, que la venganza acabara segando su existencia o, en el mejor de los casos, su carrera, que acabaran con su temible poder de forma violenta o turbiamente legal. Que cerraran su boca a perpetuidad o que le despojaran de su autoridad. La película fue épica durante mucho rato y acabó siendo sombría. Los villanos lograron triturar al héroe con metodología artera.

El documental de Coixet tiene un problema: solo oímos al juez

Según cuenta el protagonista de Escuchando al juez Garzón, ese regalo con formato de entrevista que le ha hecho Isabel Coixet ofreciéndole la oportunidad de expresar ante una cámara su trascendente labor y el calvario que está pagando por ella, un juez no tiene por qué ser un héroe sino limitarse a hacer bien su trabajo. Pero realizarlo con profesionalidad, persiguiendo a los dragones más variados en sus cuevas, deduzco al ver su caso, o el de los asesinados Falcone y Bordellino, que es algo que asegura infinitas papeletas para el concurso de mártires.

Pero Escuchando al juez Garzón tiene un problema, y es que solo le oímos a él, que el interlocutor que tiene enfrente y la directora que filma su testimonio no le plantean ningún interrogante incómodo, se limitan a asentir y a mostrar su fervor y solidaridad con el eterno perseguidor de felonías al que sus enemigos han transformado en víctima. A los fans de Garzón no tienen que convencernos de su coraje y su integridad. Tenemos muy claro que es el bueno en esta negra historia. Pero añadir un poco de complejidad y de incertidumbre podría servir para que la gente anónima, no los interesados urdidores de su desgracia, que dudan de la honestidad de Garzón a raíz de sabias campañas de desprestigio, pudieran disponer de variados contrastes antes de emitir su juicio. A mí, que desearía ver en activo a este juez hasta que sus facultades mentales y anímicas se lo permitan, su monólogo (calificarlo de entrevista sería excesivo) no me descubre nada nuevo. Estoy seguro de su verdad, pero preferiría que esta fuera siempre acompañada de matices. Escuchando al juez Garzón debería servir para plantear serias dudas a los que creen que su conducta y sus métodos merecen la exclusión y el castigo. Y no incluyo a estos entre el facherío militante o pasivo, los delincuentes de altos vuelos, los que resuelven a bombazos sus diferencias ideológicas, los implacables mercenarios que han planificado la campaña para destruirlo. Hablo de los bienintencionados que creen que siempre hay motivos razonables cuando la ley juzga a sus reos.

El cine iraní, que tantos pesares aunque también plácidos ronquidos me ha proporcionado, acaba de compensarme con una película excelente. Se titula Nader y Simin, una separación y la dirige Asghar Farhadi, señor que ya demostró en A propósito de Elly una notable capacidad para hablar con lenguaje diáfano de la turbiedad de las relaciones humanas. En ésta, cuenta de forma primorosa, retratando la complejidad de comportamientos que parecían transparentes, una historia en la que un hombre es acusado por la mujer que cuidaba a su padre senil de haberla maltratado hasta el punto de provocarle un aborto. Hay un marido irascible y derrotado que huele el dinero que puede sacar de acusación tan terrible, una exmujer que intenta aprovecharse de esta tragedia para recuperar la custodia de la hija, niños perplejos y sufrientes que han sido testigos del supuesto horror, medias verdades y mentiras que no llegan al final, laicismo y religión, tribunales dubitativos, la sensación de que el miedo, las carencias y el abatimiento empapan la atmósfera ambiental de esa sociedad. Farhadi muestra el anverso y el reverso de víctimas intercambiables, la seguridad de que todos tienen sus comprensibles razones para actuar como actúan, las zonas de sombra en lo aparentemente luminoso. Y te contagia la tensión y el drama de sus equívocos personajes, te transmite con enorme talento la complicación emocional que rodea a comportamientos que parecían lineales.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 16 de febrero de 2011