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Crítica:61ª edición de la Berlinale

El 3D al servicio del documental

En la búsqueda de soluciones para parar la alarmante deserción de espectadores en las salas de cine, de que la gente esté renunciando a ese hábito tan ancestral, los más intuitivos y pragmáticos del negocio han descubierto que ofrecer el cine en tres dimensiones puede ser un gancho añadido o infalible para que al público le compense salir de su casa y pagar una entrada. Avatar, que probablemente también hubiera roto las taquillas si su formato hubiera sido normal, demostró que el personal disfrutaba aún más con un espectáculo vendible si lo sentía tan cerca a través de esas gafas mágicas. Por mi parte, puede gustarme el 3D como algo ocasional y en determinadas películas, pero me resulta incómodo y antinatural tener que añadir por sistema otras gafas a las que ya tengo para descubrir nuevas sensaciones en el cine. Me gustaría seguir gozando de él sin nuevos artilugios que cambien, distorsionen o potencien mi mirada. No preciso de efectos especiales ni de técnicas sofisticadas para sentir el nirvana del cine. Las películas ante las que me siento más feliz, se rodaron hace bastantes décadas y en añorado blanco y negro, utilizando el abecedario clásico de plano, contraplano, plano medio y plano general. Aunque también algunos genios realizaban en esa época planos-secuencia que te dejaban con la boca abierta.

Descubro que me siento fascinado por lo que muestra en la pantalla Wenders

Consecuentemente pongo gesto de fastidio cuando me avisan en la entrada a las tres proyecciones del día de que hay que verlas con las mosqueantes gafas oscuras. Deduzco que la Berlinale, tan moderna ella, ha decretado el Día Nacional de las Tres Dimensiones. Sin embargo, al final de la jornada constato que tampoco he estado todo el rato pendiente de esos inventos oculares durante las proyecciones, que me he olvidado de ellos. Señal inequívoca de que disfrutaba de lo que estaba viendo en la pantalla.

Mi primera sorpresa lleva la firma Wim Wenders, un director apasionante en sus comienzos al que se le secó la imaginación a partir de París-Texas, autor desde entonces de una obra tan repetitiva como pretenciosa, seudolírica y cargante. Esta vez ha elegido el formato del documental, género en el que ha realizado musicales atractivos (su oído y sus gustos melómanos siempre han sido privilegiados) como Buenavista Social Club. Se titula Pina y es un sentido homenaje a la fallecida bailarina y coreógrafa Pina Bausch. Me parece un tributo hermoso, estético y profundo. Transmite admirablemente el universo de esa mujer que utilizaba el baile para expresar sentimientos, frecuentemente relacionados con la incomunicación y la soledad. Los integrantes de la compañía de danza que creó esta inquietante señora nos hablan con pasión y datos de todo lo que ella les enseñó, bailan en espacios urbanos y en las montañas de la cuenca del Rühr, vuelven a interpretar delante de la cámara Café Müller, La consagración de la primavera y Vollmond. No disponiendo yo de la sensibilidad adecuada para comprender y amar la danza, habiéndome quedado vergonzosamente dormido en el legendario Teatro Bolshói de Moscú durante una representación de El lago de los cisnes, descubro que me siento fascinado por lo que muestra en la pantalla Wenders.

El cine de Werner Herzog, a diferencia del de Wenders, me ha aburrido notablemente desde sus comienzos, incluidas las mitificadas Aguirre y Fitzcarraldo. Pero en el campo del documental me inquietó mucho Grizzly man, retrato de un neurótico exhibicionista que pasaba en soledad temporadas con los osos y al que lógicamente se lo acabó zampando uno de ellos. En La cueva de los sueños olvidados, Herzog, acompañado de un equipo mínimo, logra que le dejen filmar con múltiples y lógicas restricciones en las cuevas Chauvet, situadas en el sur de Francia y donde unos arqueólogos descubrieron en el año 1994 que sus paredes mantenían intactas las pinturas de artistas del Paleolítico, que milagrosamente la naturaleza había decidido no destruir una obra creada hace 30.000 años. Herzog describe muy bien el misterio y la belleza que desprenden esos caballos en estampida, leones sin melena que acechan a las hembras, mamuts peleando a muerte, rinocerontes plácidos, etcétera. La cámara tiene que filmar estas maravillas a distancia ya que hasta la respiración humana podría alterar ese tesoro. Hay que agradecerle a Herzog su audacia para conseguir entrar en lugar tan preciado y que los espectadores podamos compartir su asombro.

Los cuentos de la noche

, dirigida por Michel Ocelot, también utiliza las tres dimensiones en el cine de animación, con la originalidad, presumiblemente fatigosa para los niños, de que todos los personajes son siluetas en negro. Cuenta varias historias protagonizadas por princesas, magos, lobos y elfos. Es curiosa, pero no deslumbrante.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 14 de febrero de 2011