Jornadas cruciales
El Gobierno provisional de Túnez busca credibilidad popular con medidas aperturistas
Tras la rápida sucesión de acontecimientos que vienen electrizando al mundo árabe, Túnez ha entrado en la fase crucial de reemplazar el vacío de poder creado por la huida del dictador Ben Ali por un orden provisional creíble y capaz de señalar un rumbo democrático al país norteafricano. Esa es la aspiración inequívoca de los tunecinos, a juzgar por lo visto en las calles estos días, donde las iniciales protestas económicas derivaron a clamor contra la corrupción y por la libertad.
El futuro inmediato de Túnez depende en buena medida de decisiones que han de ser tomadas contra reloj y por actores interinos. Y aunque algunas sean tan alentadoras como la anunciada liberación de presos políticos y la legalización de partidos, otras remiten a la formidable tarea de comenzar prácticamente de cero en un país amordazado. En este sentido, el Gobierno provisional anunciado por el primer ministro Mohamed Ghanuchi, que mantiene en carteras clave a cuatro miembros del anterior e incorpora a tres opositores gratos a Ben Ali, no satisface a los crecidos protagonistas de una revuelta que ayer mismo pedían la desaparición del partido gobernante. La gran prueba para este Gabinete llamado de unidad nacional -y para las Fuerzas Armadas que en última instancia lo han hecho posible- es celebrar en plazo breve unas elecciones limpias y representativas en Túnez, que deberían alumbrar un Parlamento constituyente, verdadera revolución en el mundo árabe. Pero no se desarraigan de la noche a la mañana los tentáculos de una larguísima dictadura cleptocrática, por excitante que resulte la explosión popular que ha depuesto al déspota y su círculo familiar.
Los sucesos tunecinos quizá han cuarteado decisivamente el modelo de Estado árabe policiaco y puesto en marcha el reloj del cambio en un universo político petrificado. Donde la regla, con la histórica complacencia de las democracias occidentales y pese a tener menos de 30 años el 65% de quienes los padecen, son regímenes tan infames como el de Ben Ali. Túnez, por tradición y por su relativa modernidad social, está en mejores condiciones que muchos de sus vecinos para dar ese salto formidable desde la opresión cristalizada a la soberanía popular. Necesita ahora el apoyo incondicional de EE UU y, sobre todo -por historia y proximidad- el de una UE apoltronada en su contemplativa retórica euromediterránea.
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