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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE COLUMNA i

Yerbas que esplenden

Este es el artículo de la memoria, pues seguro que hoy, mientras ustedes tienen la bondad de leerme, yo recuerdo con espectacular claridad -y con la ayuda del hermoso catálogo- las horas que pasé en el interior del Museo Thyssen-Bornemisza y, a continuación, de Caja Madrid, admirando el mirar y el pintar de los impresionistas en materia de jardines. Mis imágenes de esta visita que ya es recuerdo se dividen hoy -mientras me encamino voluntariosamente hacia el lugar del voto- entre la potencia de Monet y compañía y la de la potente naturaleza que, fuera, le daba a la capital del Reino unas galas de otoño realmente deslumbrantes.

Los jardines nos hablan. De sus dueños, de su historia, del tiempo que les insufla vida, de sus esperanzas. Nos hablan también de nosotros, sus visitantes. Un paseo por el Retiro, en otoño, desvela mundos que el verano camufla con su nervio inquieto. Un paseo entre los cuadros de esta exposición, que bien merece un viaje, adquiere en una mañana de noviembre -y ahora ya es invierno, pero no en mi recuerdo, mientras camino voluntariosamente hacia el voto- la plácida excitación que produce el ritual de la celebración de la belleza. No sé si les ocurre a ustedes con el arte, concretamente con los cuadros, pero yo soy más dada a recordar fragmentos, pinceladas, que la pieza completa. Me doy cuenta de que acabo de escribir una tontería. Solo otro genio o un especialista serían capaces de recordar completo y en detalle, de sopetón, pongamos Las lanzas. Yo retengo, en este caso, la mirada del soldado holandés vestido de verde que se encuentra a la izquierda del todo, y esas hilachas de humo, al fondo, que hablan de la destrucción de Breda.

"Los jardines nos hablan. De sus dueños, de su historia, de sus esperanzas"

Los impresionistas, sobre todo en sus jardines, también siembran llamaradas en el recuerdo, aunque lo son de vida. Tuve la suerte de pegar la oreja -era una visita para presentar la colección a los periodistas; una gozada- y escuchar algunas de las explicaciones que iba dando el muy didáctico director artístico del Thyssen, Guillermo Solana, sobre todo en beneficio de la anfitriona y propietaria de una tercera parte de lo expuesto, la baronesa (sí, Tita estaba allí: pero esa es otra historia), y, mientras me enteraba del uso del blanco para captar la luz, o de que tal pintor sueco es el equivalente de nuestro Sorolla (presente en lo de Caja Madrid), aquellas pinceladas inasibles penetraban en mí para existir en el futuro, potentes a pesar de su liviandad, como penetran en nuestros párpados los colores con que la claridad se viste cuando los atraviesa. Ese es el legado más democrático del arte. Que se abra camino en quien lo contempla y, de una forma u otra, le añada una paletada que le hará más feliz en los días venideros.

Las muchas flores, hojas y yerbas (con i griega; soy demasiado vieja para renegar de ella) que esplenden en esta exhibición siguen haciéndolo cuando me encuentro a cientos de kilómetros y en otra estación, la que desnuda los árboles para su necesaria mudanza. El inquietante Sotobosque de Van Gogh se extiende en algún punto de mi cerebro, al lado de un helecho exuberante que acompaña los nenúfares de Monet, o de las florecillas humildes que salpican el césped delante de la majestuosa hiedra que cubre la fachada de La casa del guardabosques que inmortalizó Klimt.

A través de los jardines de los impresionistas ves gente. Miras y sabes que otros miraron antes que tú, que otros mirarán. Esas personas que almorzaban en los parques o que jugaban a la pelota, esas mujeres que cosían, toda esa gente que ya no está ha pasado de unos ojos a otros y de una mente a otra, nos ha dejado el recuerdo de una mano sujetando una leve taza de té, el movimiento del cuello de una niñera que desearía encontrarse entre los que se divierten en un jardín público… Ráfagas de nenúfares, de clavellinas, revoltijos de plantas meridionales, y el orden de los huertos… Todo ese mundo que se nos va como se van los otoños, que cada vez son más cortos, como se van los días, que van perdiendo flores.

Acumular imágenes, las que aquellos hombres -y mujeres, también- atraparon, contra la desmemoria de la belleza.

www.marujatorres.com

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de noviembre de 2010