Columna
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La maniobra de Sarkozy

A Abraham Serfaty, in memóriam

Muchos observadores han subrayado que el cambio de Gobierno que Nicolas Sarkozy acaba de efectuar no es más que una remodelación superficial, lejos de lo que estaba anunciado desde hacía seis meses. Nos olvidamos solamente de plantearnos la pregunta de saber si Sarkozy tenía otras opciones, puesto que es evidente que la crisis económica ha reducido de forma considerable sus márgenes de maniobra. Sin embargo, el cambio es, contrariamente a lo que dice la oposición, tanto de derechas como de izquierdas, importante al menos por dos motivos fundamentales.

Por un lado, es el desenlace de una crisis gubernamental que se cocía desde el inicio de la legislatura entre el presidente y su primer ministro. Es la victoria de François Fillon sobre Sarkozy. La de un primer ministro apoyado por su mayoría legislativa frente a un presidente todopoderoso y que pretendía ser ministro de todo desde la elección de 2007. Son, en efecto, los diputados quienes han abogado por mantener a François Fillon del mismo modo que han impuesto en la dirección de la UMP a Jean-François Coppé, candidato a la sucesión para después de 2012. Estamos ante un reequilibrio relativo en el sistema complejo de la V República en la que el conflicto entre las dos cabezas del Ejecutivo es mecánico, en cuanto el primer ministro se distingue por su estilo o sus ideas del presidente. Sin embargo, estos dos últimos años han visto a un presidente hiperactivo ahogarse poco a poco de lo poco concluyentes que son sus resultados, y a un primer ministro, en efecto humillado, pero llevándose la palma de la seriedad.

La remodelación del Gobierno es la victoria de François Fillon sobre un presidente todopoderoso

Sarkozy sabe perfectamente lo que eso significa y por eso no quiere de ningún modo ver cómo Fillon, al abandonar el Gobierno, viene a engrosar las filas de sus adversarios potenciales o declarados en la derecha. Manteniéndolo en su puesto, satisface los deseos de su mayoría y, al mismo tiempo, retoma la iniciativa en un plano diferente. En lo sucesivo es Fillon quien estará en primera línea, es él quien deberá gestionar los 18 meses que quedan con un programa poco atractivo: reforma fiscal reducida para contentar a las clases medias sin disgustar a las clases adineradas, medidas sobre la dependencia de la tercera y cuarta edad para atraer sus votos, jurados populares para halagar el populismo ambiental, producto de la demagogia con la seguridad que tan bien funciona en época de crisis, etcétera. He aquí el esbozo de la futura candidatura a las presidenciales de Nicolas Sarkozy, y que este hace trazar a Fillon, nombrado "el mejor primer ministro por el momento".

Por otro lado, Sarkozy emprende un retorno hacia el electorado conservador de derechas, desorientado por la pseudoapertura a inicios del mandato y que había permitido a algunos ambiciosos llamados de izquierdas unirse a él para darse una vuelta al circuito del poder. Hay que decir que en esa materia Sarkozy se ha mostrado realmente, y de lejos, superior en clarividencia a todos esos afiliados circunstanciales. Utilizados y devaluados en un tiempo récord, son hoy devueltos a su miseria. El electorado que quiere a Sarkozy para enfrentarse a la izquierda es el de la derecha clásica, contaminada por la retórica del Frente Nacional, pero que no quiere una alianza con el intratable Le Pen. Eso es lo que explica a la vez la desaparición del ministerio de la "identidad nacional" y el mantenimiento de un discurso enérgico sobre la inmigración ilegal relacionada con la inseguridad.

La remodelación puede por tanto interpretarse como un allanamiento de terreno de Sarkozy para las presidenciales de 2012. La entrada de Alain Juppé en el Gobierno como ministro de Defensa y la de Michèle Alliot-Marie como ministra de Asuntos Exteriores, confirman la llamada a los gaullistas. Esa elección demuestra también, aunque no se reduzca a ello, el temor a los estragos que provocará la probable candidatura de Dominique de Villepin. Y es por ello que Sarkozy ha corrompido hasta a la portavoz del partido creado por Villepin confiándole una secretaría de Estado. El sacrificio de los centristas no lleva grandes consecuencias electorales puesto que no vemos cómo estos podrían no darle el voto en la segunda vuelta. Renuncia asimismo a jugar la carta ecologista, ya que los Verdes están en una estrategia de alianza con el Partido Socialista. En suma, la remodelación es defensiva, hábil y plenamente consagrada a la elección presidencial. Queda el problema principal: ¿Todo esto no llega demasiado tarde? Una encuesta realizada el día después de la comparecencia de Sarkozy da una primera idea de la reacción de los franceses: más de dos tercios no confían en el nuevo Gobierno para afrontar la crisis económica y social.

Traducción de M. Sampons.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 20 de noviembre de 2010.

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