Crítica:THE TURN OF THE SCREW | ÓPERACrítica
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Ceremonia de la inocencia ahogada

Como sucede en algunas otras óperas de Benjamin Britten, The turn of the screw requiere unas especiales condiciones de concentración. En primer lugar, por servicio al texto, inspirado en una novela corta de Henry James, en la que los personajes vivos conviven con sus alucinaciones o con los fantasmas, en una ceremonia de la inocencia ahogada, tal y como se dice en la primera escena de la segunda parte de la ópera, en la que el sueño y la realidad, la locura y la fantasía se confunden, y en la que el Mal -así, con mayúscula- está siempre acechante.

En segundo lugar, porque se trata de una ópera de cámara, que cuenta únicamente con seis personajes -siete si se desdoblan el prologuista y Quint- y 13 instrumentistas. Todo debe estar muy claro, muy transparente. La creación de una atmósfera a tono con lo que se narra es fundamental. Hubo ese clima necesario de introspección en las representaciones en Madrid de esta ópera en la Escuela Superior de Canto acargo de la Neue Opern und Theaterbühne de Berlín, dentro del Festival de Otoño de 1994, y también en las del teatro de La Zarzuela en 1999 con Antoni Ros Marbá y Luca Ronconi en las direcciones musical y escénica.

THE TURN OF THE SCREW

De Benjamin Britten. Con Emma Bell, John Mark Ainsley, Peter Shafran, Nazan Friket, Marie McLaughlin y Daniela Sindram. Director musical: Josep Pons. Director de escena: David McVicar. Producción del Teatro Mariinski de San Petersburgo. Teatro Real, 2 de noviembre.

El mayor interés artístico vino del trabajo de dirección de Josep Pons

El mayor interés artístico de la representación del Real ayer vino del trabajo de dirección musical de Josep Pons, que tuvo la feliz idea de subir el foso y permitir que se viera, aunque sea parcialmente, a los músicos, con lo que el concepto camerístico y las intenciones musicales de Britten quedaban reforzadas. Pero no solamente eso. Al igual que la temporada pasada en el Liceo de Barcelona con El rey Roger, de Szymanowski, Pons demostró que se encuentra en un momento de madurez en su acercamiento a la ópera, al menos la del siglo XX. Su lectura fue límpida, equilibrada, ajustada estilísticamente, ligera y a la vez compleja. Tendió un puente en el tiempo con la de Ros Marbá y dejó bien claro que es uno de los maestros más emblemáticos en España de su generación. Quizás el más comprometido. Los músicos realizaron un trabajo soberbio y los cantantes, desde Emma Bell a Marie McLaughlin o John Mark Ainsley, respondieron también con solvencia, tanto a nivel individual como en conjunto. Sobresaliente, para las dificultades de su cometido, se mostró el niño Peter Shafran.

A la puesta en escena de David McVicar le faltó pellizco. Los movimientos de los figurantes entre escenas fueron excesivos y los desplazamientos de objetos resultaron tan gratuitos como inútiles, contribuyendo a la dispersión de la atención. Las condiciones de concentración no funcionaron del todo. Bien es verdad que el Real no es el espacio ideal, por dimensiones, para una ópera como esta, pero aun así hay soluciones que pueden ayudar a una mayor profundización. Los valores decorativos y funcionales desplazaron en esta ocasión a los reflexivos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0003, 03 de noviembre de 2010.