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Análisis:EL ACENTO

'Walkman': misión cumplida

El presidente de Sony quería que sus viajes le resultaran menos aburridos, y le gustaba la ópera. Así que, en 1978, uno de los ingenieros de la compañía diseñó el dispositivo: un lector de casete que se pudiera llevar encima conectado a unos auriculares. Y su jefe descubrió que con aquel cacharro sus desplazamientos le resultaban mucho más placenteros. Había nacido el walkman. En julio de 1979 llegó a los escaparates de Japón y, a estas alturas (e incluyendo su versión para disco compacto), Sony ha vendido 400 millones de unidades de ese aparato que ha revolucionado la manera de escuchar música y ha influido en las rutinas cotidianas de la gente de todo el mundo.

La compañía anunció en abril que dejaba de fabricar la versión del walkman para casete y hace unos días ha comunicado que lo deja de comercializar (solo ha autorizado que se siga fabricando en China, pero que se venda con otra marca). A los nostálgicos de las viejas tecnologías seguro que les entristece que vayan desapareciendo los objetos que definieron una época, pero el resto de los mortales estará de acuerdo en que el walkman ha cumplido sobradamente el cometido para el que fue creado.

Llevar encima la música que a uno le gusta es una costumbre que poco a poco se ha ido generalizando. Ahora, la mayoría de los usuarios se sirve de los reproductores de mp3 o de los sofisticados móviles, pero la práctica es la misma: escuchar lo que quieras allí donde quieras y mientras haces lo que toque hacer en cada momento.

Hay quien se sirve del invento para salir a correr y quien lo hace mientras va en el metro, a algunos les sirve para superar el tedio de sus horas en la oficina y a otros para entretenerse mientras realizan las tareas domésticas. Hay incluso adolescentes que siguen escuchando sus canciones favoritas por un auricular mientras, con la mayor de las displicencias, se quitan el otro para escuchar las reconvenciones de los adultos.

Gracias al walkman dejó de ser necesario escuchar música en un espacio concreto y, desde su aparición, se la puede llevar incorporada en la burbuja en la que cada cual se mueve por el mundo. Te permite gozar en cualquier lugar de tus sonidos predilectos, pero limita tu trato con los demás. Todo tiene un precio.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 2 de noviembre de 2010