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Editorial:

Fin de reinado

La desaparición de Néstor Kirchner abre una nueva e incierta etapa en Argentina

El mismo carácter insólito del protocolo que marca su despedida muestra la deliberada confusión sobre el papel político de Néstor Kirchner en Argentina. Y anticipa las dificultades que deberá afrontar su mujer, Cristina Fernández, hasta ahora presidenta nominal. Solo en la literalidad la muerte de Kirchner es la de un ex jefe de Estado. En realidad ha desaparecido, con todas sus implicaciones, el hombre que seguía estando al timón, con la autoridad suficiente para abroncar a los ministros en público o imponer políticas determinadas que luego refrendaría su esposa.

La muerte de quien ya era para los argentinos candidato a las próximas elecciones presidenciales -en una anómala ceremonia de perpetuación familiar, por lo demás constitucional- abre un vasto interrogante. Néstor Kirchner era por sí solo un mecanismo político sin fisuras. Dedicado por igual a mantener la paz entre las facciones de un partido tan oblicuo y clientelista como el peronista, que él aglutinaba, como a decidir sobre el presupuesto nacional o a manejar la proyección exterior de la alianza Unasur. Hasta el punto de que el Gobierno de una de las mayores economías latinoamericanas ha venido siendo un organismo más bien adjetivo.

En los siete años de los Kirchner, inaugurados en 2003, Argentina ha salido del abismo financiero de 2001 hasta convertirse en una de las economías mundiales de crecimiento más rápido. En el camino, el populismo izquierdista de la pareja, sustentado en un decidido credo de acumulación del poder, ha ido debilitando las instituciones, aumentando el papel económico del Estado y estrechando su alianza con los frecuentemente impresentables sindicatos peronistas. El último episodio de esta visión nociva, que ha tensado sobremanera la vida política del país, es la ofensiva en marcha contra medios periodísticos no afines al kirchnerismo.

Si los instintos conciliadores de Cristina Fernández -que prometió en vano descrispar la vida pública a su llegada, hace casi tres años, a la Casa Rosada- han sido ninguneados por su marido, la desaparición de Kirchner es la oportunidad para ponerlos en práctica. De mantenerse la condición marginal de la presidenta, lo que cabe esperar es un inquietante vacío político hasta las presidenciales de octubre de 2011. No parece, sin embargo, que los barones territoriales del dividido peronismo estén dispuestos a esperar tanto tiempo sin adoptar posiciones claras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 29 de octubre de 2010