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Reportaje:

Suyo afectísimo... Saul Bellow

Se publica en EE UU la correspondencia inédita del Premio Nobel, monumento epistolar con cartas a autores como Philip Roth, Martin Amis o William Faulkner

De los 9 a los 90 años Saul Bellow (1915, Lachine, Canadá-2005, Brookline, EE UU) jamás dejó de escribir. Cuanto tocaba se le volvía ficción. En los años finales de la universidad, cuando redactaba la tesis, tenía que vigilar que los capítulos no se le convirtieran en cuentos. Desde su primer título demostró ser un narrador excepcional, pero fue con Las aventuras de Augie March (1953) cuando dio la verdadera medida de su talento. No buscó la novela. Esta se le reveló de golpe estando en París, en 1948. De repente vio al protagonista e imaginó sus andanzas. Comparó la tarea de escribirla a intentar recoger con un cubo un torrente verbal desaforado. Las aventuras de Augie March es una conmovedora novela de aprendizaje, plena de humanidad e idealismo, una entrañable apuesta narrativa de estirpe picaresca y cervantina, próxima al mundo de Huck Finn, el inolvidable héroe de Mark Twain. Situada en Chicago, territorio natural de la imaginación de Bellow, Augie fue el primero de la serie de personajes inolvidables que pueblan sus novelas: después vendrían los protagonistas de Henderson, the Rain King (1959), Herzog (1964), y El planeta de Mr. Sammler (1970).

Esta aparición es comparable al descubrimiento de una nueva obra

El próximo 4 de noviembre saldrá a la luz en inglés un volumen que recoge las cartas escritas por Bellow, uno de los escritores fundamentales del siglo XX, a lo largo de casi ocho décadas.

El valor que tiene la recopilación que está a punto de publicarse es que supone un añadido a un corpus literario que aparentemente había quedado sellado con la muerte de su autor. De una coherencia y solidez asombrosas, su aparición es comparable al descubrimiento de una nueva obra del maestro. Inéditas y jamás reunidas con anterioridad, las cartas nos ofrecen un retrato íntimo del autor y del convulsivo siglo que le tocó vivir. Bellow se mantiene a veces cerca, a veces lejos del horror, en un universo personal gobernado por las leyes de la imaginación. Ocasionalmente se reprocha no haberse asomado al abismo, no haber acortado la distancia entre biografía e historia.

En las cartas hay de todo: las hay íntimas, irónicas, cínicas, amargas o llenas de humor, y tocan todos los temas: la amistad, el amor, el matrimonio, la paternidad, el divorcio, la enemistad, los grandes acontecimientos de la historia y las pequeñeces y ruindades de la vida literaria. Consistentemente luminosas, van dirigidas a toda suerte de destinatarios: esposas y ex esposas (Bellow se casó cinco veces), hijos, amantes, admiradores, y críticos de prestigio. Pero el núcleo duro lo constituyen las que dirige a escritores de relieve. Entre ellos figuran William Faulkner, John Cheever, Bernard Malamud, Philip Roth o Martin Amis, entre muchos otros.

El conjunto del texto se construye como una fulguración que ilumina los rincones de un alma sumamente compleja. Ya nadie escribe cartas. En una era en que las comunicaciones se extinguen nada más irrumpir en el espacio virtual, las cartas de Bellow constituyen una de las últimas manifestaciones del arte epistolar que nos queda por ver.

Constituye este libro un auténtico monumento literario, el espejo de un genio de las letras. Nacido en un suburbio de Montreal en el seno de una familia de inmigrantes rusos pobres de origen judío, Bellow se crió y pasó la mayor parte de su vida en Chicago. Su madre, una mujer ensoñada y religiosa, quería que su hijo, el menor de los cuatro que dio a luz, fuera rabino o violinista, pero una enfermedad pulmonar contraída a los ocho años y que obligó al pequeño a permanecer hospitalizado durante varios meses hizo que las cosas tomaran otro rumbo.

La lectura de La cabaña del Tío Tom y otros libros populares encendieron su imaginación. Después vinieron la Biblia, Shakespeare, los maestros del realismo ruso y Kafka, entre otros. Lo importante es cómo maduró la mezcla, atemperada por una humanidad y un sentido de lo cómico que impidieron la sacralización de la página escrita. Abierto por igual a la amargura, la esperanza, la ternura y la poesía, el humor es la marca de identidad de Bellow. Su gran lección, que jamás se molesta en formular, es que la literatura no puede estar divorciada de la vida.

Le llovieron los premios. Es el único autor americano de la historia que obtuvo el Premio Nacional del Libro de su país en tres ocasiones distintas. En 1976 obtuvo el Premio Nobel, situando su nombre junto al de sus compatriotas Ernest Hemingway y William Faulkner. En su discurso de aceptación, Bellow afirmó: "Sólo el arte es capaz de ir más allá de las apariencias, permitiéndonos adentrarnos en una realidad más genuina que la que nos rodea. El valor de la literatura estriba en saber encontrar ese universo fundamental, duradero y esencial en que se funden vida y materia".

Carta a la escritora estadounidense Cyntia Ozick fechada en 1987

"Estaba demasiado pendiente de mi carrera como novelista como para darme cuenta de

lo que pasaba durante los años cuarenta. Mis preocupaciones eran la literatura, el arte, el lenguaje, mi lucha por hacerme con un lugar en la escena americana, que se reconociera mi talento, y también, como mis colegas de la Partisan Review, me importaban la vanguardia novelística, el marxismo, la Nueva Crítica, Eliot, Yeats, Proust, todo eso... todo, menos los terribles acontecimientos de Polonia. Poco a poco fui consciente de que me estaba evadiendo del problema y no sabía cómo intentar hacer lugar a algo así en mi interior. No puedo negar ni un ápice de esto. ¿Y puedo realmente decir, puede nadie decir qué es lo que había que hacer, cómo afrontar lo que sentía? Desde finales de los cuarenta lo he pensado mucho

y a veces imagino ver algo, pero mis reflexiones probablemente sean algo insignificante. Ni siquiera puedo empezar a decir hasta dónde llega nuestra responsabilidad en algo así, en un crimen tan atroz que pone al Ser mismo en tela de juicio".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de octubre de 2010

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