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COLUMNA

Política y melancolía

Adolfo Suárez acabó mal; Felipe González acabó mal; José María Aznar acabó mal. Ahora le toca a José Luis Rodríguez Zapatero. Parece como si el pueblo español, cual Saturno, necesitara devorar a sus hijos, a aquellos a los que previamente ha promovido para ser sus máximos representantes.

A pesar de que muchos de ellos fueran reivindicados después, ningún presidente del Gobierno de la reciente historia de la democracia española ha tenido un final feliz en su último mandato. Todos ellos fueron vilipendiados, insultados, descalificados. Los cambios de Gobierno no los ganó la oposición, sino que "los perdieron" sus titulares.

En parte porque previamente habían sido sujetos a una voraz campaña de desprestigio por parte de sus adversarios y con la connivencia pasiva de gran parte de sus supuestos defensores. ¿Qué pasa en nuestro país para que necesitemos cargarnos sistemáticamente el prestigio de quienquiera que dirija el Gobierno? ¿Por qué necesitamos destruir, fulminar, a quien ostenta el poder en nombre de todos? Podían y pueden criticarse, ¡claro que sí!, y echarles del Gobierno, ¡faltaría más!, pero ¿por qué con tanta visceralidad y saña?

Ningún presidente español ha tenido un final feliz en su último mandato

El problema es la falta de confianza entre políticos y ciudadanos

La primera respuesta provisional a todas estas preguntas es que vivimos en un país que no ha perdido su carácter guerracivilista, que necesita liquidar al adversario, aunque sea bajo condiciones democráticas. Puede ser. Pero si ampliamos la mirada, enseguida caemos en la cuenta de que es lo mismo que está pasando en Estados Unidos con Obama, en Alemania con Merkel, en Francia con Sarkozy, y pronto ocurrirá también en Reino Unido con Cameron.

Ya no es algo exclusivo de nuestro país. En todos esos lugares, pero en particular en España, eso no significa que el líder de la oposición esté en una situación mejor. Si aquí gana Mariano Rajoy, será la entronización al poder de alguien que antes de ejercerlo ya es un muerto viviente en lo que a confianza popular se refiere; alguien cuyos méritos se miden más por el demérito previo de aquel a quien está llamado a sustituir que porque nos parezca la persona adecuada. Pero, ¿acaso hay una persona adecuada?

Preguntas, preguntas. Sigamos con las preguntas. ¿Qué está pasando en la relación entre clase política y ciudadanía para que cada vez se vaya haciendo más grande el divorcio entre unos y otros? Porque, no nos engañemos, este es el problema de fondo, la ausencia de confianza entre políticos y ciudadanos. ¿Tenemos alguna respuesta para este gran interrogante que acucia a las democracias liberales de Occidente? ¿A quién hay que imputar la responsabilidad por lo que está pasando, a los políticos o a los ciudadanos? Así formulado se nos desvanecen las respuestas posibles.

En democracia, los ciudadanos siempre tienen razón. Son los que sentencian los cambios de Gobierno y, por tanto, son inimputables. Con todo, es obvio que todos los responsables políticos no pueden estar haciéndolo mal y que, por consiguiente, hay una presunción en contra de la política y de aquellos que se dedican a ella. ¿Qué tiene la política de nuestros días que todos los que la practican salen escaldados?

Demasiadas preguntas a la búsqueda de una respuesta concluyente. No la hay. Pero la necesitamos con urgencia si queremos evitar el corolario lógico del desprestigio de lo político, la nueva marea populista.

Puede que la respuesta esté en la imagen de impotencia que proyecta la política en unos momentos en los que necesitamos liderazgo y soluciones urgentes.

También en el ensimismamiento de los políticos y en el exceso de enfrentamientos rituales entre ellos. A menos ideas, más insultos; a menor ideologización, mayor antagonismo. Estas parecen ser las máximas.

Pero no hay que perder de vista tampoco la creciente desimplicación y desresponsabilización de los ciudadanos con respecto a lo público. Ciudadanos aislados en su privatismo, que han delegado en la clase política la solución de los problemas comunes, como si estos no fueran con ellos. Luego se quejan, como niños malcriados, porque no se les provee de los servicios y prestaciones a los que se creen con un derecho casi natural.

Su deber de comprometerse lo suplen por una simple adscripción partidista primaria y sin matices, con lo cual reproducen, desde el lado del público, la misma imagen de desunión que denuncian en la política.

El resultado es una clase política enfrentada entre sí y una ciudadanía en guerra con sus representantes o sumergida en la indiferencia. Una política agonística o una política banalizada.

Esta situación, al final, más que ira lo que nos provoca es melancolía. Melancolía por el desvanecimiento de un verdadero impulso cívico y de una política más heroica.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de octubre de 2010