Uzbekistán cierra su frontera a miles de civiles que huyen de Kirguizistán

La ONU cree que cinco grupos armados provocaron el estallido de violencia étnica

Kirguizistán ha dicho hoy que ya no necesita tropas de pacificación para terminar con la violencia étnica que ha convulsionado el sur del país, dado que la situación ya está controlada por el Ejército, que está requisando las armas a la población. Mientras tanto, la tragedia de los uzbekos que tratan de huir de las matanzas que están sufriendo a manos de los kirguises se ha agravado después de que Uzbekistán cerrara ayer la frontera, alegando que no está en condiciones de recibir a más personas.

"No tenemos más sitio para acogerlos", manifestó el viceprimer ministro uzbeko, Abdulá Arípov, al explicar el cierre. La decisión fue tomada solo horas después de que el Consejo de Seguridad de la ONU pidiera crear un corredor humanitario para ayudar a los refugiados. El número oficial de estos en el vecino país ya asciende a 83.000, y muchos más -cerca de 100.000 según algunas fuentes- se congregan en la frontera con la esperanza de poder pasar a lugar seguro.

La presidenta interina afirma que la situación ya está bajo control militar

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La violencia interétnica ha causado, además, el desplazamiento de unas 200.000 personas en el interior de Kirguizistán, según el portavoz del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Andrej Mahecic.

Los que quieren huir de Kirguizistán no creen que la situación se esté estabilizando y temen por sus vidas. Algunos habitantes de Osh han declarado a la prensa rusa que solo en esa ciudad han perecido entre 1.500 y 2.000 uzbekos y, en Jalalabad, cerca de 700. Según los testimonios recogidos por el popular periódico Moskovski Komsomólets, los carros blindados destruyen las barricadas levantadas y se abren camino entre cientos de kirguises enardecidos que se dedican a quemar las casas de los uzbekos, a matar a sus moradores y a violar a las mujeres. "A muchos simplemente los degüellan, como a animales", afirmó uno de los entrevistados.

El Gobierno kirguis asegura que los enfrentamientos fueron organizados por gente cercana a la familia del ex jefe de Estado Kurmanbek Bakíev, derrocado en abril pasado. "Muchos instigadores han sido detenidos y confiesan que Bakíev está relacionado" con el estallido de la violencia, ha declarado la presidenta interina, Roza Otunbáyeva, que, por cierto, reconoce que la cifra real de muertos es "varias veces mayor" que la oficial de 171.

Rupert Colville, portavoz del Alto Comisariado de la ONU para Derechos Humanos, parece dar la razón a Otunbáyeva y declaró a la prensa en Ginebra que había pruebas de que la violencia está coordinada. Destacó que los choques comenzaron en Osh con cinco ataques simultáneos lanzados por hombres enmascarados.

Otunbáyeva, además de decir ayer que ya no es necesaria la intervención rusa que había pedido anteriormente, insistió en que el referéndum sobre la nueva Constitución no debe de ser aplazado bajo ninguna circunstancia. El plebiscito, previsto para el domingo 27, deberá determinar el futuro de ese país centroasiático de gran importancia estratégica. EE UU y Rusia tienen bases aéreas en Kirguizistán. Por la base de Manás, que alquilan los norteamericanos, pasaron en mayo 55.000 soldados rumbo a Afganistán.

* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 16 de junio de 2010.

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