63º Festival de CannesColumna
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Las armas secretas que no existieron

El cine acostumbraba a tomarse un tiempo para ofrecer su reflexión o su ficción sobre las guerras. Se hicieron bastantes películas acerca del desastre de Vietnam, pero casi todas cuando la guerra había terminado, a excepción de la impresentable loa de John Wayne Boinas verdes. Por desgracia para los que se inventaron pretextos y mentiras que legitimaban la invasión de Irak, el cine estadounidense no ha esperado a que regrese a casa el último marine para denunciar esa barbarie reciente que nadie sabe cuándo acabará, que se perpetúa con las ya rutinarias cifras de gente cotidianamente destrozada por las bombas.

Está muy crudo que los embusteros que embarcaron a su país en esa interminable masacre sean juzgados algún día por un tribunal, pero que las películas retraten su villanía y las mortíferas consecuencias de ella nos ofrece un ligero consuelo. En cualquier caso, ese cine no debería oler a panfleto o ser exclusivamente bienintencionado, sino que tiene la obligación de poseer arte y profundidad, capacidad para remover al espectador.

El sabroso material de 'Fair game' solo está desarrollado con corrección

Fair game es un thriller político con intenciones honradas y que en manos del desaparecido y añorado Sydney Pollack probablemente habría logrado un resultado notable. Cuenta una historia real de la que nos enteramos hace poco tiempo. La de un diplomático estadounidense llamado Joe Wilson al que le encargaron la misión de descubrir si Irak se estaba aprovisionando de uranio en Níger para fabricar la bomba atómica y armas de destrucción masiva. Resulta que los informes de este hombre desmentían lo que trataba de imponer el Gobierno de Bush para justificar el ataque a Irak. Resulta que el muy osado y lenguaraz se lo contó a The New York Times, resulta que su esposa Valerie Plame trabajaba para la CIA en misiones de alto riesgo especializadas en la problemática de Oriente. El castigo para el disidente de las verdades oficiales es la revelación pública del clandestino oficio de su mujer, la expulsión de esta en la CIA y el consecuente desamparo de la red de contactos que ella había montado en Irak, la marginación y el acoso hacia dos personas cuyo único delito fue hacer modélicamente su trabajo. Este sabroso material, intercalado con las explicaciones que daban Bush, Cheney, Rice y demás apologistas de la necesidad de la invasión, solo está desarrollado con corrección por el director Doug Liman, que dispone de la impagable ayuda de los excelentes Naomi Watts y Sean Penn transmitiendo credibilidad a sus angustiados personajes. Es un entretenimiento digno, pero no hace palpitar.

Tampoco provoca entusiasmo aunque sí respeto la descripción neorrealista de lo ardua que está la supervivencia para los explotados inmigrantes que hace el director italiano Daniele Luchetti en La nostra vita. La protagoniza un capataz de la construcción al que se le tuerce la plácida existencia familiar y laboral cuando su esposa muere al parir el tercer hijo. Este hombre desolado, que ha descubierto accidentalmente que un trabajador rumano ha muerto y que el temeroso y rapaz dueño de la constructora ha ocultado el accidente, se propondrá medrar en el negocio utilizando el chantaje al jefe y pidiendo préstamos a un proxeneta y traficante de drogas. No hay pretensiones moralistas por parte del director. Sí un tono cercano al documentalismo para describir la inseguridad, el miedo y la desesperada resignación de los que tienen que buscarse la vida día a día en circunstancias lamentables. Todo intenta desprender sensación de realidad, pero esa premisa no garantiza hacer un cine memorable.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 21 de mayo de 2010.

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