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Análisis:63º Festival de Cannes

Iñárritu palidece sin la letra de Arriaga

La sociedad creativa formada por el guionista Guillermo Arriaga y el director Alejandro González Iñárritu demostró en las memorables Amores perros, 21 gramos y Babel una armonía deslumbrante para que historias alternativas e irremediablemente atormentadas, concebidas con una estructura narrativa muy compleja en las que el tiempo y el espacio avanzan y retroceden, implicaran emocionalmente a cualquier espectador medianamente sensible en la definitiva tragedia o en la necesidad de redención de personajes con los que el destino y las circunstancias se han ensañado.

Esa unión tan fructífera, ese identificable universo, esa fraternidad entre lo escrito y la plasmación en imágenes y sonidos, terminó naufragando y cada cual siguió su camino. Arriaga dirigió de forma convincente su reconocible guión sobre el presente y el pasado de una autodestructiva profesional de la huida en Lejos de la tierra quemada. Iñárritu acaba de presentar en el Festival de Cannes Biutiful, escrita por él mismo con la ayuda de dos nuevos guionistas. Por mi parte, la expectación ante un creador que me ha regalado tantas sensaciones impagables (he revisado varias veces su anterior trilogía y la perturbación se mantiene intacta) era absoluta. También el deseo, no alimentado por el morbo que puede provocar las consecuencias de un divorcio artístico, de que el magnético retratista de la complejidad de los sentimientos volviera a impresionarme. Pero secuencia a secuencia voy desinflándome, asistiendo a este catálogo de tormentos y sordidez con un distanciamiento molesto, con la sensación de que no me creo lo que observo y escucho, de que las intenciones están muy por encima del resultado.

Intenta abarcar demasiados temas siguiendo los pasos de un traficante

Iñárritu intenta abarcar demasiados temas siguiendo los doloridos pasos de un traficante de mano de obra barata en una Barcelona fantasmal, de un ex yonqui que mea sangre y sabe que la metástasis le está devorando, que vela por sus niños y teme por su futuro, que va de legal en sus trapicheos de supervivencia y siente compasión ante la desesperada penuria de los inmigrantes ilegales que le proporcionan su sustento, dotado de poderes sobrenaturales para hablar con los muertos, huyendo y necesitando a su compulsiva, alcohólica, medio puta, bipolar e insoportable esposa (uno de los seres más desagradables que he sufrido en una pantalla desde hace tiempo), exigiéndole cuentas morales a un hermano golfo con el que comparte negocios, arrastrando su agonía y queriendo mantener una épica dignidad en medio del infierno.

La odisea íntima de este hombre desgarrado, al que puedes comprender en su protectora y veraz relación con sus críos, está acompañada paralelamente por las tragedias del submundo, las condiciones infrahumanas de un clandestino taller de chinos, la angustia de negros que compaginan la venta callejera de ropa con el camelleo de esquina, policías corruptos que protegen el negocio, patronos nativos y foráneos que explotan sin escrúpulos al lumpen. Iñárritu pretende unir el naturalismo con la lírica, el aquí y ahora más duro con la ensoñación mística, el humanismo con la amargura, pero su exceso de pretensiones no ha sido bendecido por la coherencia argumental ni por la emoción ante tantas existencias a la deriva. No ha perdido su don para fabricar imágenes poderosas y clima, pero no sirven para dotar de vida, ritmo, garra y sentimiento a ese mundo supuestamente lacerante. Javier Bardem se entrega en cuerpo y alma a su personaje, lo compone, matiza, vive y siente, pero su admirable esfuerzo va por libre ya que el entorno y el conjunto están desfallecidos, por mucha estética y ética que quiera transmitirles Iñárritu. Mi desencanto es doloroso porque el encanto hacia el cine de este director ha sido largo y pleno.

Stephen Frears, un señor que se siente muy cómodo en la comedia costumbrista, aunque lo mejor que haya realizado en su obra siga siendo un poderoso y cínico drama como Las amistades peligrosas, nos alegra el día con la divertida Tamara Drewe, radiografía mordaz de lo que puede ocurrir en una casa de la campiña inglesa destinada a escritores. El japonés Takeshi Kitano repite abusivamente su temática de yakuzas con más sadismo del habitual y fórmula sonrojante en la tan rutinaria como estúpida Outrage, que a excepción de sus irredentos y modernos fans nadie conoce sus méritos para que concurse en la sección oficial de Cannes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 18 de mayo de 2010