Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica:63º Festival de Cannes

Oliver Stone resucita inútilmente a Gekko

Oliver Stone nos ofreció noticias de la pavorosa existencia del tiburón Gordon Gekko en 1987. La película se titulaba Wall Street y describía un mundo en guerra cuyas armas eran las finanzas, la especulación, el engaño, la compraventa de empresas, las estratégicas subidas y bajadas de la Bolsa, la delincuencia económica legitimada en el sagrado nombre del dinero. En ese turbio universo Gekko era el rey. Hasta que el depredador acorazado fue a parar a la cárcel después de que un juvenil broker al que le había dado clases de pragmatismo y de sordidez, le preparara una trampa azuzado por la mala conciencia y por los sabios consejos de su honrado padre. Sospecho que también obedecía el encarcelamiento de Gekko a que los asustados espectadores nos tranquilizáramos comprobando que la ley siempre acaba haciendo purgar sus delitos a los millonarios sin escrúpulos.

La segunda 'Wall Street' no posee esa fascinante maldad de su antecesora

Wall Street: el dinero nunca duerme comienza con la liberación de Gekko después de haber cumplido 20 años de trullo. Paralelamente nos cuentan el equilibrado amor entre la hija de Gekko, alguien que no quiere saber nada del canalla de su padre, y un broker con ansia de venganza contra el banquero que provocó con sus malas artes el suicidio de su protector, del hombre que le enseñó el oficio de amasar fortuna en Wall Street. El terreno es óptimo para que el redimido Gekko, el maestro de la corrupción, anhelante de que su hija le perdone y le acepte, le ofrezca al yerno su experiencia para destruir a los rivales más curtidos en el universo de los grandes negocios.

Esta segunda entrega no posee la tensión, la energía y la fascinante maldad que chorreaba su antecesora. La sigues con cierto interés, pero ya no te impresionan las barbaries que forman la mecánica del gran dinero. También huele ligeramente a oportunismo, a que a Stone le viene muy bien retratar una temática como la de la infame crisis económica que crearon unos cuantos y que estamos padeciendo casi todos. Afortunadamente el personaje de Gekko mantiene durante bastante tiempo su lado tenebroso y su perversa capacidad para la manipulación, aunque Stone, temeroso de que el diablo perjudique a la taquilla, intenta hacerlo bueno con un desenlace imposible de creer, tontorrón y sensiblero.

Por el contrario, la película coreana The housemaid comienza de forma tan desesperada como termina. Es la única postura entendible y decente en una historia terrible sobre las relaciones de poder, la de una sirvienta a la que embaraza el aparentemente civilizado aunque íntimamente feudal dueño de la casa. El director Im Sangsoo resulta tan complejo como veraz describiendo la eterna lucha de clases, el machaque que ejerce el fuerte contra el débil si la protesta de este se atreve a amenazar su mundo.

Hubo una ovación interminable por parte del distinguido y emocionado público cuando un director de 101 años llamado Manoel de Oliveira subió al escenario para presentar su última película El extraño caso de Angélica. Celebro su longevidad pero me resulta imposible compartir el generalizado entusiasmo hacia su obra. Presiento que Oliveira sólo reina en los festivales y no en la agradecida memoria del gran público, pero algo es algo y cada uno se divierte como quiere. Imagino que yo sentiría idéntico fervor y agradecimiento si ese anciano al que se homenajea se llamara John Ford, Billy Wilder, Buster Keaton o Luis Buñuel.

El extraño caso de Angélica cuenta con el tedioso estilo habitual el encantamiento y la tortura de un fotógrafo ante una mujer muerta a la que debe retratar, la fusión de ambos espíritus y no sé cuántas tonterías más. Nada en ella es comprensible ni creíble, pero como pertenece al territorio de la lírica y del delirio, tampoco tiene necesidad de justificarse. La protagoniza Pilar López de Ayala (sé que cualquier actor consagrado trabaja prácticamente gratis con Woody Allen por el prestigio que eso aporta a su carrera, pero al parecer esa actitud actoral de amor al arte también la disfruta en los últimos años el cine de Oliveira con los intérpretes en posesión de inquietudes culturales), pero como tiene que hacer todo el rato de cadáver no podemos apreciar ni su vitalidad ni su talento. El extraño caso de Angélica me parece otro aburrido e insoportable disparate de alguien cuya presunta magia celebra toda la cinefilia sofisticada. Como soy primario, sigo sin captar ese arte legendario.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 15 de mayo de 2010