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Crítica:63º Festival de Cannes

Un prescindible 'Robin Hood'

Se supone que hay desmesurada competencia para que el todopoderoso Festival de Cannes y la grandiosa plataforma publicitaria que implica escoja la película que abre el certamen. En decisión tan ardua es fundamental el prestigio del director de la obra, pero tampoco viene mal que esté protagonizada por auténticas estrellas y que sea un producto digerible para todo tipo de público, ya que en las 11 jornadas restantes habrá múltiples muestras de otro tipo de cine: experimental, arriesgado, hermético, simbólico, anticonvencional, exótico, destinado al intelectualizado paladar de ciertas tribus y a los rigurosos análisis de una crítica practicada como si fuera una religión solemne.

La creatividad del director de 'Alien' hace tiempo que se secó

Este año han elegido Robin Hood, una superproducción que lleva la firma de Ridley Scott, señor con permanente olfato para averiguar las demandas temáticas del mercado y crear espectáculo al gusto de un público masivo. Su ambición artística y el hacerla compatible con el legítimo derecho a llenar las salas tienen mucho mérito. También su habilidad para moverse heterodoxamente y con sabiduría técnica en géneros que gozan de ancestral aceptación entre los espectadores, como las aventuras, el policiaco, el cine histórico o la ciencia-ficción. Pero existe algo decepcionante desde hace mucho tiempo en el cine de este hombre, y es que nos acostumbró al principio de su carrera a las obras maestras, a una creatividad deslumbrante que hace mucho tiempo que se secó. Scott fue el autor de películas tan excepcionales como Los duelistas, Alien, Blade runner y Thelma y Louise. Por razones tan sólidas siempre esperas de él algo memorable, pero en vano, aunque la taquilla le bendiga casi siempre y le llovieran un montón de oscars a Gladiator.

En Robin Hood, Scott se imita a sí mismo, se remite a la narrativa y al tratamiento de personajes que utilizó en Gladiator y vuelve a retomar la época y las circunstancias históricas que recreó en El reino de los cielos. El cine nos ha descrito en infinitas ocasiones la historia del arquero proscrito que robaba a los ricos en el bosque de Sherwood y era idolatrado por los pobres. Al pertenecer este hombre a la leyenda, la imaginación ha podido interpretar su existencia como le diera la gana, pero se ha centrado fundamentalmente en sus hazañas al rebelarse contra el rey Juan sin Tierra, indigno sucesor en el trono de su hermano Ricardo Corazón de León. Scott y el guionista Brian Helgeland, intentando ser originales en su retrato del mito, se dedican a contarnos los antecedentes de su enfrentamiento a la tiranía. Con poca gracia, en 140 minutos que se me hacen bastante largos, algo imperdonable tratándose de un personaje como Robin Hood y de una trama de aventuras.

Nos describe de forma tan correcta como insípida el retorno a Inglaterra después de haber luchado en las Cruzadas de un cuarentón tan quemado como legal, la amarga comprobación de que en su ausencia todo ha ido a peor para el oprimido pueblo y para algunos nobles que intentan mantener la dignidad, que la patria está en peligro debido a los gobernantes corruptos y a la invasión que va a perpetrar el Ejército francés ayudados por un traidor que goza de la confianza del despótico rey de Inglaterra. También cuenta con escaso nervio el conocimiento y la problemática relación que establecen el heroico Robin y la enérgica Marian. Pretende haber de todo en esta historia, desde amores difíciles a una batalla espectacular concebida como si fuera el desembarco de Normandía, desde realismo lujoso a villanos pretendidamente tenebrosos, desde una ambientación primorosa a un lenguaje más preocupado por la credibilidad de situaciones y de personajes que por la acumulación de efectos digitales. A pesar de cosas tan loables, la película está desprovista de tensión, sentido de la aventura, humor, dramatismo y sentimiento. Es un producto de apariencia impecable, pero falto de vida. El repetido registro de Russell Crowe ya me lo sé de memoria y empieza a fatigarme. Sólo consigo retornar a esa trama presuntamente vitalista y épica cuando aparece Cate Blanchett, esa excelente actriz y atractiva mujer de la que es imposible desentenderte.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de mayo de 2010