Crítica:Crítica
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Un 'borat' auténtico

Un destartalado tractor decorado con decenas de fotos de revistas pornográficas recorre la estepa de Kazajistán mientras el mítico tema Babylon, de Boney M, suena en un casete acoplado al artesanal mecanismo del vehículo. Al mando, un aspirante a pastor que acaba de terminar el servicio militar y un amigo con más dientes de oro que de marfil cantan a dúo, como en las discotecas de los años setenta. Desde luego, la estampa dice sobre la situación de un país casi tanto como cualquier tratado sociológico-antropológico. Tulpan, primer largo de ficción del kazajo Sergei Dvortsevoy, es una pequeña joya, uno de esos milagros artísticos que, de vez en cuando, traspasan fronteras para mostrar al mundo las interioridades de un Estado que se busca a sí mismo mientras sus gentes, habitantes de una tierra con un siglo de retraso respecto de Occidente, viven el eterno debate por el trasvase campo-ciudad. Un país quizá sólo conocido por la descacharrante visión que daba de él Sacha Baron Cohen en Borat.

TULPAN

Dirección: Sergei Dvortsevoy.

Intérpretes: Ashkat Kuchinchirekov, Ondasyn Besikbasov, S. Yeslyamova.

Género: comedia dramática. Kazajistán, Rusia, 2008.

Duración: 100 minutos.

Filmada con una cámara ágil, siempre al hombro, pendiente de una coreografía con pinta de improvisación, en la que los niños de la familia protagonista y los omnipresentes animales pueden hacer cualquier cosa imprevista que haya que registrar con prontitud, Tulpan habla de una sociedad casi feudal, hundida en el patriarcado y el machismo, a través de un extremado realismo cercano al documental (a pesar de que es evidente el guión dramatizado previo, los actores no son profesionales y se interpretan a sí mismos), lo que lleva a que, por ejemplo, veamos en primer plano cómo uno de los personajes practica la respiración boca a boca a un cordero recién parido y al borde de la muerte, entre el polvo de la estepa.

Su especial sentido del humor y su salvaje fuerza dramática encubren además un rodaje que, por lo que se intuye, debió ser una aventura en sí mismo, al estilo de otras odas sobre la lucha entre hombre y naturaleza. Méritos suficientes para llevar a la película hasta, entre otros galardones, el de mejor película de la sección Una Cierta Mirada del Festival de Cannes y el de mejor director en el de Gijón, y sobre todo, hasta las salas comerciales de versión original de una decena de países del primer mundo, quizá deseosos por saber quiénes son los borat auténticos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del viernes, 16 de abril de 2010.

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