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Reportaje:REPORTAJE

Verdaderos compases para la paz

La música como argumento. Frente a un proyectil, un oboe. Se hacen llamar Musik Fund y persiguen la concordia a golpe de pentagrama. ¿Cómo? Recogen instrumentos del mundo en calma para llevarlos a territorios en conflicto.

La manida expresión "instrumentos para la paz" casi siempre trata de explicar algún magma abstracto en negociaciones políticas. Pero no es así para Lukas Pairon. Este músico belga, creador del grupo Ictus, idealista y quijotesco, es de los pocos que da a esta frase un significado concreto. Lo hace por medio de su organización Music Fund. Su objetivo es simple: recoge instrumentos en Occidente y los lleva a zonas de conflicto como Oriente Próximo, Congo o Mozambique. A lugares donde un violín, un fagot, una flauta, un violonchelo, una guitarra o un piano pueden ayudar a encontrar una salida creativa al horror.

Pairon llena un tráiler y se presenta con su cargamento en escuelas de África o Palestina para que estudiantes a quienes cuesta más que a otros desarrollar su talento por las circunstancias lo logran. Primero recopila en Europa. Después lo entrega. El 19 y el 20 de diciembre recala en La Casa Encendida de Madrid, apoyado también por la organización Música de Hoy, que dirige Xavier Güell, para llevarse lo que allí le deje la gente durante dos días de campaña. "Habilitaremos un hospital de instrumentos para que algunos luthiers reparen lo que se entregue en mal estado", asegura José Guirao, director de La Casa Encendida.

Se presenta con sus instrumentos musicales en África o Palestina para incitar a niños y jóvenes

Jorge Drexler: "No hay nada más acertado para dar la vuelta al fundamentalismo que la música y los instrumentos"

Ramzi: "La cultura va a ayudarnos a soportar todo. Cuando eres feliz, aguantas mejor. Éste es un lugar duro"

Después de Madrid, Pairon partirá a los lugares donde ha hecho cruzada. Acaba de descargar en Kinshasa. En enero parte para Gaza y Cisjordania, ese lugar que ha visitado 20 veces en los últimos 10 años. La rocosa y paradisíaca tierra prometida, donde hoy viven de espaldas Israel y Palestina, ha sido sembrada siempre de parábolas un tanto estériles para aquellos lugares. Personas como Pairon son una especie de maná tangible que trata de poner armonía en el corazón del caos.

La mecha pacífica que en su día prendieron el pensador palestino Edward Said y el músico judío Daniel Barenboim se extiende como la pólvora. Ellos sembraron, hoy van recogiendo. Los dos pusieron su fama al servicio de un invento como el West-Eastern Divan, esa orquesta que une a árabes, israelíes y españoles para demostrar que la convivencia, el trabajo y el arte en común es más que posible.

Pocos han oído hablar de Ramzi Aburedwan... Conviene detenerse en su ejemplo. Su historia es la de su propio pueblo. Pero él ha decidido darle la vuelta a un destino de condena, a un panorama yermo de futuro. Era un niño belicoso. Su foto dio la vuelta al mundo en la primera Intifada, tirando piedras con rabia a los soldados israelíes. Con el tiempo, harto de un porvenir negro de violencia, se marchó a Angers (Francia) y aprendió a tocar la viola, el violín, el piano... "Generalmente, los palestinos que dejan su tierra no quieren regresar", dice Ramzi. Pero él decidió que era mucho más útil hacerlo. Y volvió. "Quise compartir con los míos todo lo que había aprendido", dice. Hoy dirige Al Kamandjati (el violinista), una escuela de música en la parte más antigua de la ciudad. Cambió las piedras por instrumentos. Volvió a los campos de refugiados en Ramala con un saco de notas bellas para enseñar y compartir con los suyos, a los que instruye en el arte de la música, la idea de una vida mejor. Se ha convertido en un referente en todo el barrio.

Saben que ha llegado la hora de la gente. La hora de fundaciones como Al Qattan y otros palestinos como Duaibis y Maha Abboud Ashkar, que viven en ciudades israelíes como Nazaret y echan a andar allá iniciativas parecidas con su hijo, Naabel, también músico y miembro de la West-Eastern Divan. "Nuestra sociedad está floreciendo. La política nos ha decepcionado, pero hemos encontrado una manera de afrontar la ocupación", asegura Ziad Khalal, director de la fundación Al Qattan, con sede en Londres y Ramala. ¿Cómo han podido reaccionar? "Fomentamos actividades en la sociedad. Todo lo que tiene que ver con la cultura, la educación y el arte, para nosotros es una forma de lucha", afirma Khalal.

Lukas Pairon colabora con estas organizaciones sobre el terreno. El músico no tiene nada que ver con la región, pero se ha comprometido a fondo con la paz a través del arte y su actividad cooperante. "Creo que la solución pasa por el entendimiento mutuo y obligado de ambos, por eso hay que buscar constantemente una tercera vía que los acerque y les convenza de que el único futuro que tienen es acabar entendiéndose". La pura convivencia. Para ello, Pairon acaba de crear en Bélgica una asociación que trata de ponerles de acuerdo en iniciativas conjuntas y constantes. Se llama Third Part y ha nacido por culpa del fanatismo pacífico que mueve a este músico idealista: "Nuestro lema podría ser: no boicotees, haz que se entiendan", asegura.

Pairon ha impulsado proyectos tanto en Israel como en Palestina. Cuando el West-Eastern Divan se creó, el belga preguntó a Barenboim: "¿Qué puedo hacer?". Y éste le dijo: "Trae instrumentos". No se lo pensó dos veces y empezó sus campañas de recopilación en todo Occidente. Un total de siete países europeos han colaborado: Austria, Alemania, Reino Unido, Bélgica, Francia y Holanda.

En la campaña española, Music Fund contará con el apoyo de músicos como Jorge Drexler. "Soy un gran entusiasta de esta idea. No hay nada más acertado para dar la vuelta al fundamentalismo que la música. Éste es un proyecto que tiende puentes entre Europa, Israel y Palestina, cuando la región más lo necesita. En un momento donde domina el miedo y ciertos intereses que lo prolongan, hay que mostrar que la convivencia y el entendimiento son el camino acertado", comenta Drexler. Su Milonga del moro judío es una especie de himno en Musik Fund. Los versos de Chicho Sánchez Ferlosio y la letra que le añadió Drexler antes de la guerra de Irak cuadran perfectamente con el espíritu del proyecto: "Yo soy un moro judío / que vive con los cristianos. / No sé qué pueblo es el mío / ni cuáles son mis hermanos".

A Pairon no le vale sólo con la entrega de los instrumentos sobre el terreno. Hasta ahora han donado más de mil. "Necesitan cuidado. Un piano requiere afinación; un violín, mucho mimo; las guitarras se pueden hacer en el mismo lugar donde se utilizan". Así que el trabajo de Pairon y Music Fund no queda sólo en la entrega. A partir de ahí se produce lo más interesante. "Formamos afinadores, enseñamos con luthiers a fabricarlos".

De ahí que Christian Bertram, constructor de guitarras y admirador de Paco de Lucía, o Pierre Helou, técnico en instrumentos de viento, se dejen jornadas intensas, muy concentrados en su oficio, en el taller que Al Kamandjati tiene en Ramala. Allí ponen a punto los instrumentos para los alumnos de Ramzi Aburedwan o forman a otros como Shehade Shelaldeh, a quien The New York Times ha hecho famoso por el mundo contando su historia. La de un nuevo luthier en Palestina. Otro pionero.

O de ahí que Olivier Marie haya vivido todo este año en Nablus. Su cometido: formar a Sameh As'ad, el que será el primer afinador de piano de la ciudad palestina. En el silencio de su taller, pegado a la escuela de música, Olivier y Sameh se encuentran cada día. Lo eligieron por una cuestión clave: "Aquí hay mucho silencio. Necesitamos silencio absoluto para escuchar los problemas del piano", asegura Olivier. Eso cuando no escuchan el machaconeo de algunas ametralladoras. "Te llega a volver loco", afirma el afinador francés.

Su anfitrión es Sammi Hammad, impulsor de Nablus the Culture. Es un empresario rudo y comprometido que le saca el partido que puede y le dejan a su fábrica de fundición. Como le resulta complicado tirar con su negocio en una ciudad donde el paro alcanza al 67% de la población, ha decidido echar adelante despertando la sensibilidad de los suyos. "Hay años que no puedo producir porque no me dejan, así que impulso conciertos, recitales poéticos, conferencias, teatro, cine", asegura.

Es cuestión de supervivencia. Y de justicia: "Tras la ocupación en 1967, Israel ha tratado de aniquilar la ciudad, de destruirla físicamente. Pero también de hundir nuestras raíces, nuestros símbolos, nuestra cultura. El asedio no sólo es militar, quieren apartarnos de nuestras esencias. No nos cabe otra opción que reconstruirla. Volver a levantar nuestra identidad".

Es lo que trata de hacer también Ramzi en Ramala. Muestra orgulloso un ensayo de sus pequeños. "Así resistimos en condiciones, con la moral alta. La cultura va a ayudarnos a soportar todo. Cuando eres feliz, aguantas mejor", cuenta Ramzi. Él lo sabe bien. Ha crecido a duras penas en un campo de refugiados. "Es un lugar duro. No hay ley, ni parques, ni árboles". Por eso sabe que la música les evadirá, que su poder da para mucho más. No hace daño, pero no es pasivo. Mueve y remueve: un arma de construcción masiva. "No podemos aspirar a que se resuelvan aquí las cosas sin hacer nada. Esperar es una pérdida de tiempo. Lo primero que debemos hacer con nuestra cultura, nuestras raíces, es unirlas. Están desperdigadas. La gente ha emigrado y se van perdiendo. Yo animo a los palestinos a volver. Así, todos juntos, sabremos mejor qué hacer".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de noviembre de 2009