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Editorial:

Maneras de dictador

Daniel Ortega fuerza al Tribunal Supremo de Nicaragua para poder optar a la reelección

Los seis magistrados sandinistas del Tribunal Supremo de Justicia de Nicaragua, en una sesión a la que no fueron convocados los jueces liberales, declararon la pasada semana inaplicable el artículo 147 de la Constitución. Ese artículo prohíbe la reelección consecutiva del presidente; la resolución, pues, permite a Daniel Ortega, que está al frente del país desde 2006, optar a un nuevo mandato. Ni el presidente del Supremo, que cuestionó la decisión por defectos de fondo y forma, ni los partidos de la oposición, que se movilizaron con el apoyo de 20 organizaciones de la sociedad civil para rechazar el fallo, han aceptado la burda maniobra del antiguo revolucionario que, en sintonía con otras iniciativas semejantes que se han producido o se están produciendo en distintos países del continente, ha forzado los que debieran ser usos impecables de una institución jurídica para intentar conservar el poder.

El que fuera, en 1979, uno de los líderes de un movimiento de izquierdas que derrotó tras largos años de combate al dictador Anastasio Somoza está camino de convertirse en una lamentable caricatura del tirano contra el que luchó, del que empieza a diferenciarse sólo en el lenguaje que utiliza. Ortega todavía se sirve de la jerga antiimperialista, pero sus iniciativas son propias de un caudillo populista y no del político que, tras el triunfo del sandinismo, tuvo la sensatez de contribuir a la recuperación de la democracia en su país.

Los votos lo echaron del poder en 1990 y los votos le permitieron recuperarlo en 2006. Ahora Ortega maniobra para cambiar las leyes y poder así volver a presentarse en las próximas elecciones: para que los votos le den un nuevo mandato. Y es que, en Latinoamérica, algunos Gobiernos sólo conservan de democráticos el poder de convocar elecciones. Todo lo demás resulta, en sus prácticas, secundario: la separación de poderes, la libre circulación de ideas en los medios de comunicación, el respeto a las minorías. Pese a su discurso transgresor, el antiguo revolucionario ya sólo batalla para conservar los privilegios de una nueva clase que se enriquece gracias a la corrupción, y gobierna a golpe de decretos y con la complicidad de la Iglesia. En su día, Somoza argumentó para optar a un segundo mandato que era un nicaragüense más (diputados y alcaldes pueden reelegirse). Es la fórmula que ha elegido esta vez Ortega. Gracias al apego al poder, los viejos enemigos se parecen cada vez más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 29 de octubre de 2009