Columna
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La vida sin cables

Según una nueva tecnología que anuncia Sony, dentro de dos años será posible cargar el móvil, el ordenador o los coches eléctricos sin necesidad de enchufarlos a la pared. Un campo magnético invisible e intangible, en apariencia inexistente, será capaz de realizar las funciones del cable y su atadura al tabique. En lugar de esta fuente de energía operará una resonancia magnética puesto que hoy casi todo es resonancia, música, son. E igual que los beneficiarios del wi-fi no pueden saber de dónde procede la gracia comunicante que les da vida, la electricidad llegará desde un limbo que desdeñará la subordinación al mundo de la pared.

Y así, con este sistema desemparedado y libre, se cumple el nuevo paradigma tecnológico y social. No será ya cada individuo quien obtendrá el particular servicio para su función sino que es la red la que favorece la función y el saber colectivo sin jerarquía ni referencia.

La sociedad no tiene ya como patrón el sacrificio, el cilicio y la autoridad. Se forma sobre redes invisibles, no menos consistentes

En general ésta -y otras pérdidas de referencias (valores, maestros pensadores, parentelas)- es hoy el clamoroso lamento de los grupos tradicionales aunque, efectivamente, esa pérdida no signifique tanto un vacío absoluto -una sepultura- como un nuevo espacio sin nominación.

Los no lugares, las autopistas y los aeropuertos, las franquicias y los edificios repetidos con los mismos diseños no definen ninguna distinción pero no dejan de tener signo. Es decir, los no lugares no son nadas sino sólo reproducciones sin que esto signifique anulación. Reproducciones múltiples como en los discos, las modas, las gripes, los deportes o el net-art.

La pérdida del respeto a la autoridad, la relajación de los lazos familiares del hogar único, la elasticidad de los vínculos amistosos o afectivos son de la misma condición portátil que permite el wireless. La sociedad se relaciona a la manera de una energía que no vive del contacto sino de la proximidad. Los cuerpos se reconocen sin machihembrase, las parejas se aman sin anillarse. Igualmente, los hijos no lo son de padres inconfundibles.

El notable cambio de circunstancias, la sustitución del plug por el unplugged y del lazo por el roce, transforma la sociedad, con o sin Sony. Y no sólo físicamente sino también moralmente. La lasitud forma parte de casi todas las aficiones y actividades nuevas. Ha colonizado la gimnasia y los idiomas, los ejercicios físicos y las teleoperaciones, ha multiplicado los amigos y amigas virtuales, ha desarrollado los fantásticos juegos del wi-fi.

¿La ética del esfuerzo? Todo el discurso que echa de menos el esfuerzo como medio moral de aprendizaje e integración social se apoya en la triste melancolía de una sociedad agonizante. La nueva sociedad no tiene ya como patrón el sacrificio, el cilicio, el anudamiento y la autoridad. Se está formando sobre redes colectivas e invisibles, menos físicas pero no menos consistentes. La diferencia fundamental radica en que mientras los destinos del mundo que ahora acaba eran inseparables de un aparato atado a un cable, el mundo que hora empieza no funciona con la energía de enchufes ni de "religamientos". Ni por órdenes, ni por los severos flujos de una potente y enmascarada religión cultural.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 10 de octubre de 2009.