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El paisajismo siembra esperanza

Dos nuevos proyectos en Terrassa y Alicante transforman la idea del parque y del paseo

Los nuevos parques urbanos brotan de antiguas refinerías o fábricas reconvertidas. Viejos depósitos de deshechos y carburantes, absorbidos por la trama urbana tras el crecimiento de las ciudades, se someten a una nueva vida, esta vez más plácida. Transformados en zonas de recreo, reaparecen arropados por un incipiente manto vegetal y por la sombra de nuevos árboles. La búsqueda de espacios públicos en los centros urbanos no es una novedad, pero sí es nuevo que incluso en antiguos paraísos de la especulación inmobiliaria, como la costa mediterránea, entre un urbanismo desproporcionado y abusivo florezcan ahora senderos y zonas de sombra. El paisajismo está comenzando a trabajar con deshechos y lejos de convertirse en una disciplina andrajosa está ganando una batalla.

Es una de las pocas arquitecturas que con el tiempo mejoran

El arquitecto catalán Pere Riera lleva años entendiendo que la operación de salvar el paisaje pasa por intervenciones limitadas y pequeñas cirugías. Desde que convirtiera los restos de una antigua central eléctrica en el Parque de las Tres Chimeneas -hoy un reclamo del Poble Sec barcelonés- Riera se ha especializado en zurcidos urbanos junto a sus socios del estudio RGA. Su trabajo ha consistido en ordenar espacios públicos sin definir para, entre los restos, hacer crecer un parque. En Tárrega, aprovechó la carretera que cruza el pueblo para permitir que entrase también el paisaje. Y ahora, en Terrassa, ha cosido las plazas que rodean al conjunto monumental de iglesias de Sant Pere sin borrar su pasado y sin hacer desaparecer siquiera su fragmentación. El mensaje es sutil, pero contundente: es posible conjugar unidad y diversidad.

Un poco más abajo, también en el Mediterráneo, tras llevar desahogo a la nueva densidad de Valencia con el Parque de Cabecera, Edurado de Miguel firma ahora, con José María Urzelai, la Integración paisajística de la línea del Tram en la Serra Grossa, Alicante. Se trata de un ejercicio que establece líneas y conexiones entre lo vecino pero inconexo. Un proyecto que entiende que el paisaje es siempre uno, sin límites ni fronteras, y la montaña, las carreteras, el mar y el puerto forman un espacio único que debe tratarse como un conjunto que absorbe aciertos y, si es posible, se traga desaciertos anteriores. Algo parecido logra, también en el Levante, la Via Verde que conecta, para paseantes y ciclistas, Benicàssim y Oropesa, un proyecto de la Generalitat Valenciana que puso de acuerdo a ayuntamientos y fue inaugurado este verano.

Una de las pocas arquitecturas que mejoran con el paso del tiempo son los paisajes. Así, en Zaragoza, Margarita Jover, Iñaki Alday y Christine Dalnoky, que firmaron el parque del Agua de la pasada Expo, han visto como, un año después, su jardín florece y se transforma en una zona indefinida, pero en continua definición, que pone en duda los límites de donde empieza el campo y donde acaba la ciudad. Estos tres proyectos optan al Premio FAD en la categoría Espacio-Ciudad. El galardón, que premia anualmente la mejor arquitectura de España y Portugal, se entregará este mes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de octubre de 2009