Columna
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Serie negra

En España no salen buenas novelas de serie negra porque la realidad es de serie negra. Un periodista como Stieg Larsson no habría empezado nunca la monumental perturbación de Millennium si el presidente de la Diputación sueca correspondiente se llamase Carlos Fabra, "llámame Charly", y a modo de presentación de su ideario político se pusiese a cantarle como suele: Milli violíni suonate dal vento, / Tutti colore del arco valeno / Vanno a fermare / Una pioggia d'argento. Para escribir una novela de serie negra tiene que haber una distancia, algo semejante al ojo del huracán, donde se pueda observar con calma el simulacro. El problema es que en España los huracanes no tienen ojo. ¿Qué centro, qué calma, puede haber si allí está Charly cantando bajo una pioggia d'argento, mientras le aplauden el presidente de la Comunidad y el presidente del Tribunal Superior? Otra condición para escribir una buena novela negra es que tiene que habilitarse un puente eléctrico entre el hemisferio izquierdo y el derecho del autor. Es lo que permite transmitir extraña e imprevisible información. Cuando la realidad que tienes delante de los ojos es demasiado burda, el fusible se funde. Imaginemos que Larsson va siguiendo al Bigotes y le escucha decir al presidente: "¡Te quiero un huevo!". La novela se va al carajo, por muy sueco que seas. La novela de este caso es el informe policial. Tiene que ser buena, porque Gürtel es un buen título. Tal vez el policía, o la investigadora, militó en la Liga en la juventud, como lo hizo Larsson. Los trotskistas siempre escribieron bien. Eso es lo que más enfurecía al seminarista Stalin: lo bien que escribía el cabrón de Trotski. Pero olvidémonos. No hay Larsson. No hay novela. Lo que hay es la puta realidad y lo que tendría que hacer un buen editor es publicar el informe policial. Si se lo pasan a Fabra es capaz de ganar el Planeta.

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