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Reportaje:

Obama, el mito se hace carne

El presidente vuelve al trabajo con tres duros frentes abiertos: Afganistán, la reforma sanitaria y la seguridad nacional

Bajar en las encuestas mientras se está de vacaciones debe de ser, en cierta medida, un estímulo para la vanidad de un político, que puede ver en esa circunstancia una prueba de su imprescindible influencia.

Eso es lo que le ha ocurrido a Barack Obama, que se reincorpora el martes a su oficina peligrosamente cerca del 50% de aprobación de su gestión, después de haber perdido más de 10 puntos a lo largo del verano.

Su ausencia ha sido aprovechada por sus rivales para una despiadada campaña en la que se le ha comparado con Hitler, se ha identificado su programa de gobierno con el Manifiesto Comunista y se han sembrado en todo el país enormes dudas, no sólo sobre su propuesta de reforma sanitaria, sino también sobre sus condiciones como comandante en jefe y las intenciones últimas de su presidencia. El famoso columnista Charles Krauthammer escribe la palabra presidente entre comillas, y en algunos actos públicos ultras se ha hablado abiertamente de su asesinato.

Obama ha perdido más de 10 puntos de popularidad a lo largo del verano

La Casa Blanca no ha sabido explicar bien sus proyectos más importantes

Esa campaña, impulsada por figuras de una oposición republicana muy radicalizada y apoyada en una base social conservadora mayoritaria en Estados Unidos, no es, sin embargo, la única razón del debilitamiento de Obama. Más importante que eso han sido sus propios errores a la hora de explicar algunos de sus proyectos y al escoger la táctica más adecuada para impulsarlos.

El presidente norteamericano aborda el nuevo curso obligado a hacer algunas correcciones en su política, recuperar la iniciativa y restablecer la comunicación con los ciudadanos. Con ese triple propósito hablará el miércoles ante una sesión conjunta del Congreso, un acto muy infrecuente en un sistema presidencial como el estadounidense.

Después de siete meses y medio de una agitada gestión, en la que Obama ha afrontado al mismo tiempo una crisis económica, la regeneración de la política exterior y una ambiciosa agenda de reformas sociales, su popularidad comienza a resentirse. Nada tiene eso de alarmante ni sorprendente. Para eso está la popularidad, para gastarla gobernando. Se supone que el objetivo de un presidente no es la mejora en las encuestas, sino el crédito que se puede obtener con el éxito de su política. Hasta ahora, Obama ha sido simplemente popular. Ahora tiene que empezar a conquistar el reconocimiento por su gestión. No estamos ante el desplome que los agoreros llevan anticipando desde el primer día. El globo no se ha pinchado. No, todavía. Estamos, eso sí, ante una durísima batalla que Obama puede perder.

Esa batalla se libra fundamentalmente en tres frentes: reforma sanitaria, Afganistán y seguridad nacional (torturas, CIA y todo el debate alrededor). Curiosamente, aunque siempre se dijo que la suerte de Obama estaría directamente vinculada a la evolución de la economía, la paulatina recuperación de ésta no se ha traducido en mayor respaldo o tranquilidad para el presidente.

La reforma sanitaria es el más inmediato y peligroso terreno de combate. Hasta hoy, se trata de una pelea que Obama va perdiendo. Un 56% desaprueba la forma en que la Casa Blanca está conduciendo esa iniciativa, y un 60% confiesa carecer de información suficiente. A grandes rasgos, lo que a los ciudadanos les suena de esa reforma es que habrá más intervención del Estado, menos libertad de elección para los pacientes, que todo costará más y la medicina perderá calidad.

Tratando de evitar a toda costa los errores cometidos por Bill Clinton, que elaboró una gigantesca ley a espaldas del Congreso, Obama ha preferido dejar toda la iniciativa legislativa a las cámaras, lo que se ha traducido en confusión sobre el verdadero proyecto de la Casa Blanca y luchas intestinas entre los diferentes grupos de poder en el Capitolio.

Como consecuencia, pese al evidente fracaso del sistema de salud de este país (47 millones de personas sin seguro, gastando el doble del presupuesto de cualquier nación occidental), muchos norteamericanos no encuentran razones suficientes para embarcarse en lo que les parece una aventura demasiado arriesgada.

El segundo error de Obama en relación con la reforma sanitaria es el de su gestión política. Cargado de buenas intenciones, el presidente prometió sacarlo adelante de forma bipartidista. Pero, obviamente, hacen falta dos para bailar el tango, y si ningún presidente demócrata, desde Truman hasta Clinton, encontró apoyo republicano para reformar la sanidad, todo parece indicar que Obama no va a ser la excepción.

El afán del bipartidismo ha obligado a Obama a una defensa más vaga y contradictoria de su iniciativa, sin que por ello haya menguado la hostilidad de los contrarios. El presidente mantiene su intención de sumar al menos algunos congresistas republicanos a la ley, atendiendo a la advertencia de los centristas de su partido sobre las consecuencias de aprobar de forma unipartidista una reforma del Estado de semejante magnitud. Pero otros demócratas comienzan a impacientarse y aconsejan a Obama cumplir con el mandato de gobernar, al margen de lo que piense la oposición. Jean Edward Smith, autor del libro FDR, le recuerda que Roosevelt sacó adelante casi todo su programa de New Deal sin el voto de los republicanos.

Obama prometió un nuevo estilo de política en Washington, y el drástico corte ideológico no se corresponde con ese estilo. Esa promesa le mantiene también semiparalizado frente a uno de los asuntos más delicados de esta presidencia: la investigación de los abusos cometidos durante la Administración de George Bush. Obama ha dicho que no quiere mirar hacia atrás y ha dejado que sea el fiscal general, Eric Holder, quien dé los primeros pasos. Pero difícilmente va a poder evitar comprometerse en ese problema si la investigación prueba la implicación de altos funcionarios en las torturas.

De momento, el silencio de Obama está siendo utilizado por sus enemigos para denunciar que el país ha perdido seguridad desde el relevo en la Casa Blanca. Dick Cheney es el principal abanderado de esa causa, aparentemente con tanto éxito que un columnista de The Wall Street Journal lo propuso esta semana como candidato republicano para 2012 y no se escuchó ni una risa en los cenáculos de la derecha.

"Si el tema de la seguridad se convierte en la estrella de la campaña en 2012, Cheney podría ser un buen candidato", afirma Alex Castellano, un analista conservador. La seguridad y la guerra, porque así como Bush ligó su destino a la guerra de Irak, Obama ve crecientemente su futuro vinculado a la marcha de Afganistán, donde el apoyo de la opinión pública se reduce al mismo ritmo que aumenta el desafío de los talibanes.

La presidencia de Obama es y será siempre presa de las expectativas levantadas con su triunfo. El hombre que sacaría al país de una guerra, pero acelera otra. El transformador obligado a recurrir a los viejos métodos políticos. El activista paralizado por el sentido del Estado. Pero es todavía una presidencia en fase de formación. La meta de Obama, el saneamiento moral del país y la modernización de sus estructuras, sigue siendo admirable. Este otoño se puede avanzar o retroceder mucho en ese camino.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 6 de septiembre de 2009