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Reportaje:

Una mirada de culto

Tras cuarenta años retratando lo mundano y lo divino, la vida y la muerte, Cristina García Rodero ha entrado en la agencia Magnum, el Olimpo de la fotografía. La primera española en obtener tal privilegio cuenta cómo ha llegado hasta aquí y cómo lo ha vivido.

Si este texto fuera una fotografía de Cristina García Rodero, lo más llamativo en ella sería el sonido de su voz, que es dulcísima. Su cuerpo menudo y rotundo, que apenas la alza metro y medio del suelo. Su aspecto cotidiano y campechano, que la convierte en mujer invisible y común, señora de su casa camino del mercado, del autobús, de la consulta del médico...Sus grandes ojos verdes, que sobresalen de su rostro como dos faros que todo lo ven y le han dado muchas alegrías y alguna pena... Y esas toneladas de energía y pasión que son el motor que todo lo mueve. El que le ha permitido trabajar durante 40 años (va a cumplir 60) sin ayudantes ni añadidos, cargar con las cámaras (antes Nikon y ahora Canon; antes con película, ahora en digital) en un trasiego constante de aquí para allá en busca de ritos atemporales y costumbres añejas que unen hoy y siempre a hombres y mujeres del mundo. Travesías sin organización ni programas fijados de antemano: "Siempre he ido a lo que salga, a la aventura". Siempre sola. "El viaje para mí es descubrimiento, conocimiento; poder compartir, ser testigo. Es regresar con un tesoro: traer imágenes que estén a la altura de lo vivido y hacer de eso una obra personal que te defina como creador y como persona, que es a lo que todos aspiramos en realidad".

"voy a seguir mi camino como siempre he hecho. Pero ahora en grupo"

"Un viaje significa para mí regresar con un tesoro: traer imágenes que estÉn a la altura de lo vivido"

"Mi obra tiene otro tempo que no es la actualidad. Es a largo plazo. Piezas para encajar en un conjunto"

"Vivo sola. Es un peaje que hay que pagar. No tengo tiempo para otros"

Lo dice sentada, que no quieta, en el sofá de su casa, situada en un barrio madrileño céntrico y marchoso: "Está lleno de puticlubes, ves por aquí a las chicas y te mueres de envidia de lo guapas...". Y sí, ella conoce y la saludan los porteros, los camareros, los taxistas, las putas... Anda aún recuperándose a duras penas del estrés por la noticia bomba de su vida última: su entrada en la agencia de las agencias, la mítica Magnum. Una cooperativa que fundaron, entre otros, Robert Capa y Cartier-Bresson allá por 1947 como unión de fotógrafos dispuestos a pelear por su independencia y el reconocimiento de su autoría. Pusieron entonces 400 dólares de capital; ahora, dice Cristina, son 10.000. Y con la ilusión multiplicada en igual proporción entre los socios.

Está agobiada. Acaba de regresar de Londres, donde se ha celebrado la reunión anual de su nueva casa; las llamadas telefónicas no paran, y ella, entre una y otra, busca desasosegada una aspirina en sus maletas aún por deshacer... estado, dicen los que la conocen, en el que siempre se encuentran, como se encuentra la puerta del baño sin colocar, la cocina sin usar... "Saltó la noticia demasiado rápido. Hasta me podía haber quedado en capilla", se ríe.

El afán por hacer visible lo sagrado, lo pagano, lo espiritual y mundano, la dualidad del ser humano, ése es su objetivo. Documentar. Hombres, dioses, espíritus se titulaba el encargo que Cristina García Rodero preparó para la agencia durante los cuatro años que duró el periodo en que toda su obra fue analizada con lupa. "La culpa de que esté aquí la tiene David Alan Harvey, uno de los socios. Él me empujó, me apadrinó, me guiaba, me decía: 'Es bueno para ti'... Y yo no me veía, no soy reportera. He hecho prensa, sí, pero poca, nunca lo he buscado. Y no es renuncia, es que prefería ir por libre...". Ahora y por vez primera un fotógrafo español forma parte del Olimpo. "Yo voy a seguir mi camino como siempre he hecho. Sólo que en vez de sola, agrupada. El sentido de comunidad es fundamental en Magnum. Y es una agencia; tiene, pues, que sobrevivir. Hay que seguir trabajando".

Tras un rato, se relaja. Y tras otro, pregunta: "¿Tienes hambre?". Y sin más: "Vamos a por las tapas del restaurante José Luis, aquí en la esquina". Y vamos. Confiesa que con todo esto ha estado despistadísima. "Ni sabía que había muerto Michel Jackson, ya ves". Y está feliz. "Siempre creí que no daba el perfil, que buscaban fotógrafos más jóvenes, más reporteros". Muchos definen su obra como documentalista. Ella, clásica y humanista. "Mi obra tiene otro tempo que no es la actualidad. Es a largo plazo. Piezas que deben encajar en un conjunto homogéneo en el que el tiempo no existe... es otra cosa lo que las une". Quizá a los de Magnum les pesó a la hora de decidir la frase del fundador Capa: "Si la foto es mala, es porque no estabas suficientemente cerca". Y la cercanía es el fuerte de García Rodero. "Hay en ella una innegable definición física de lo que es 'el punto de vista", la describía Christian Caujolle, quien durante años la representó en otra agencia, Vu. "Que me hayan aceptado representa para mí, que he trabajado sola toda mi vida, una gran recompensa. Un lujo poder hablar de fotografía con ellos. Una suerte saber que el día que yo no esté, ellos van a cuidar de mi obra. Y es, además, una agencia viva donde la edad no es un límite".

No lo es, desde luego, en su caso. La fortaleza y obstinación de carácter y el genio de García Rodero le han permitido y le permiten ahora igual que antaño dirigirse por tierra, mar y aire allá donde sea necesario; buscar, acercarse, pegarse como un pulpo a la gente con mirada abierta ("siendo una esponja"); asistir sin hacerse notar, sin molestar, con el don de la invisibilidad a fiestas, bodas, bautizos, procesiones, carnavales, entierros, guerras, desplazamientos forzados... Estos últimos trabajos, en Kosovo y Georgia, son especiales para ella, lo destaca: "Me interesaban, me dolieron, me afectaron. Hay muchos viajes quizá nada rentables, pero para mí necesarios". Una fuerza interior la impulsó y la impulsa (en unos días sale ya hacia México, Haití, Cuba...) a ir tras esos reportajes que mostraron primero -en un blanco y negro contundente (aunque siempre hizo también color)- aquella España oculta y en proceso de transición que le supuso tres lustros de elaboración, fue libro del año 1989 en Arlés y tuvo un recorrido larguísimo por museos... Y luego, tras los rituales en Haití, las manifestaciones del culto al personaje mítico de María Lionza, La diosa de los ojos de agua, en Venezuela... Y muchos otros. Con la misma energía con la que se mueve últimamente (y bien ágil, cuentan quienes la han visto) por festivales de cine erótico, entre penes, vulvas y tetas al aire, haciéndose un hueco entre colegas con físicos más portentosos que el suyo...

"Empecé en esto de niña porque era una forma de apropiarme de la realidad, conservarla". Inmortalizarla. "Ojo, cabeza y corazón", decía Cartier-Bresson, "son imprescindibles para dedicarse a esto". Según Publio López Mondéjar, historiador fundamental de la materia, Cristina posee las tres cosas: "Un ojo privilegiado, una cabeza bien puesta -ella es humilde en lo personal, pero no respecto a su creación: sabe de sobra que su obra es valiosa, trascendente- y tiene gran corazón. Además de formación artística. Es como la fotógrafa completa: muy rápida, muy técnica, muy buena". Pero para juzgarla no hace falta más prueba que su obra, esas miles de fotos ("siempre reportajes, nunca producción o posados") que cuentan lo ancestral y atávico de nuestra sociedad, eso que se da por sabido a fuerza de tenerlo cerca, y se niega o rechaza por lo mismo. "Los movimientos del alma y su trazo". "Las sombras de la sociedad contemporánea", escribe Tomás Rodríguez Soto en el prólogo del libro sobre María Lionza. "Aspiro a que la gente se emocione conmigo", asegura esta manchega de largo currículo. Dice que sí, que hay mucho drama en sus imágenes y que le gustaría recoger la cara dulce de la vida. ¿Cambiar de chip? "El cambio son ya esos festivales eróticos que sigo...". Otros rituales, nuevas expresiones de éxtasis, lugares de encuentro que se unen a los religiosos...

Su afición por la creación continua, su afán de superación ("se crece con las dificultades, es como la infantería de la fotografía", asegura Publio) la han llevado a transformar su obra ingente en exposiciones, libros, proyectos nunca concluidos como son Entre el cielo y la tierra ("Música, religión, sexo, muerte, todo cabe en él"); el del Agua, el de Georgia, el que llama "de las Américas"... Durante años ha impartido clases de fotografía (en la Facultad de Bellas Artes de Madrid) "para ofrecer a otros" lo que ella no tuvo (echa de menos mayor formación fotográfica), y ha girado como posesa por este mundo ("Nunca estoy en ningún sitio más de un mes, y aprendes que en todos, lo importante es siempre lo mismo") para retornar cargada de vivencias, imágenes y objetos: conchas, caracolas, esculturas, perfumes que se hacinan en su casa, de decoración señorial, en la que abundan los libros propios y ajenos, sus pinturas, los álbumes con negativos, las fotos familiares y de ella misma, la joven de ojos verdes inmensos...

"Mis orígenes son humildes, viajaba durante meses, uf, la vida que llevaba, lo que comía... no puedes ser escrupulosa...". Y no lo es. Hay colegas que la recuerdan moviéndose de un pueblo a otro de España, durmiendo en su coche, confundiéndose con el paisaje de mujeres enlutadas y crucifijos, metida en barro, empapada de lluvia, asada de calor... "Uf, qué vida, sin tiempo para cuidarse o vestirse...". De militante. Se ríe y se lamenta de los sustos físicos producto del estrés que vivió al final de los noventa, cuando le dieron el Premio Nacional: "Anduve como loca, y eso me pasó factura". La operaron de los ojos. "Pasé momentos difíciles. Pero eso ya es historia". Sigue su narración: "Volvía del viaje y me metía semanas a revelar en el cuarto de baño...". Ahora, desde hace tres años, varias personas le ayudan a organizarse, y es otro gran fotógrafo, Juan Manuel Castro Prieto, gran positivador de blanco y negro en España, el único que le toca los negativos a Cristina, su botín.

Creaciones que nacieron con una cámara paterna y con otra propia a los 16 años. "Era un juego. No me considero fotógrafa de verdad hasta que no me meto en un laboratorio, mucho después...". Cita a quienes la ayudaron: "El fotógrafo de mi pueblo, de Puertollano, Sánchez. Yo acudía a él y me aconsejaba, y eso que ni le había comprado la cámara...". O Ignacio Pomar, que le enseñó a revelar... Y no sabe o no comenta de rencillas o envidias entre compañeros. En su juventud aprendían unos de otros: "No había tanto dinero para compartir... y nos ayudábamos para crecer juntos". Una catapulta importante llegó con el proyecto Un día en la vida de... de la editorial Collins. Era 1987. Pero ella cree básicos en su carrera el premio en Arlés por su España oculta y el Eugene Smith posterior: "Ahí inicié mi trabajo sobre el Mediterráneo". ¿Otro proyecto abierto? Y dice que sí, que su obra es como un río cargado de afluentes que desembocan juntos en el océano García Rodero... Y no, no es de los que disparan mucho, pero sí de los eternamente insatisfechos. "Soy muy exigente conmigo misma". No tiene fotos nunca conseguidas, y sí frustraciones: "Cuando algo se te escapa, no estás donde debes, te despistaste o te robaron la cámara... Pero éstas se olvidan. Ahora mismo no recuerdo ninguna", dice engullendo la tortilla.

Afirman otros y lo confirma ella que lo ha dado todo por su profesión: tiempo, comodidad, amores que salieron huyendo en cuanto antepuso la cámara. "Vivo sola. Es un peaje que hay que pagar. Estoy tan en lo mío, que no tengo tiempo para ocuparme de otros, ni de las relaciones públicas, ni de estar donde interesa...". Considera que ha sido generosa con la fotografía, y que ésta le ha devuelto el gesto: "Me ha dado momentos de felicidad, poder moverme por el mundo, tener el privilegio de ser testigo... Me ha hecho la persona que soy... Y sí, he tenido malos ratos, cuando estás ahí, metida en un coche por caminos imposibles, en situación difícil y te preguntas: '¿Pero qué hago yo aquí?'. Y momentos profesionales duros, cuando sufrí exigencias externas a las que no me podía plegar, ahí desfallecí. Porque aborrezco la tiranía del tiempo, los abusos profesionales, la falta de cuidado o respeto por las obras... Pero jamás pensé en abandonar". Y con tanto oficio hay cosas que tiene hoy muy claras: "No quiero apresurarme, cuando crea que un trabajo está maduro, lo mostraré. Éste es uno de los grandes problemas de crear: cómo nos apremian para soltarlo todo... Los fotógrafos tenemos tanta ilusión por enseñar nuestra obra, que solemos claudicar ante las prisas".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de julio de 2009