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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE COLUMNA i

Todo queda y nada pasa

Nada se pierde, todo se transforma", canta Drexler, aunque a mí me gusta más la versión de Adriana Varela. Y así es. Quién iba a decirnos que el golpe de Estado oligárquico-militar latinoamericano era un monstruo al que la extensión de la democracia (más o menos) por el continente, desarrollada a partir de finales de los ochenta, había decapitado. Viva Honduras, y amargos juas, juas, juas. Cuando se forma a los militares de las Américas (como hizo Estados Unidos) para ir a favor de los intereses de los dueños, estas salidas de pata de banco siempre pueden ocurrir. Las pesadillas de la guerra fría duermen bajo el limo, y poco más.

Los zahoríes de la Nueva Era andan muy cortos de miras, péndulo arriba, varilla abajo, a la caza de eventos y revelaciones. Habrá prensa impresa en el futuro o no la habrá, saldremos de la crisis o no saldremos, cambiamos el sistema de raíz o nos habituamos a sacar lo que podamos del "que cambie algo para que nada cambie", nos reciclamos o morimos, las tecnologías barrerán a quien no se apunte, el desempleo libre ya existente convertido en desempleo libertinaje salvará las empresas, los bancos son nuestra salvación o son nuestra ruina... No hay gran cosa de la que alimentarse, francamente, desde el punto de vista moral y ético. Ni para el presente, ni para el futuro inmediato, que es de traca.

"Los profetas siempre se equivocan y los problemas se amontonan"

Pero si algo muestra el pensamiento íntimo, eso que muchos -o una gran minoría: esa que siempre querrá leer, profundizar, conocer- intentamos practicar, es una doble verdad. A saber, que los profetas siempre se equivocan; y que los problemas de este mundo se amontonan.

Occidente ha perdido, una tras otra, sus oportunidades de aprovechar la alta calidad de sus logros. Si Oriente Próximo y Oriente Medio no levantan cabeza, en gran parte por culpas propias (y con una ayudita del Poniente considerable), y si, en Extremo Oriente, la crisis va a pegarle un frenazo trágico al despegue de China e India, en lo que respecta al bloque occidental hemos fallado con estrépito a la hora de extender nuestras bondades en plan igualitario, barriendo siempre para casa y estableciendo una doble medida, desde los colonialismos hasta hoy, y posiblemente hasta pasado mañana, y el otro.

Y los problemas de este mundo se amontonan sin que surja ningún grupo capaz de gestionarlos positivamente. No es que Obama no pueda arreglarlo -aunque es posible que no pueda evitar empeorarlo-, es que, seguramente, esto no lo solucionaría ni Nelson Mandela con 40 añitos en pleno vigor y con toda la gente eficaz y noble del planeta siguiéndole. Me temo que ya es demasiado tarde.

De tanto en tanto se alza una voz autorizada -les recomiendo el último libro de Amin Maalouf, Le dérèglement du monde, un ensayo tan indispensable como su Identidades asesinas- que habla claramente sobre los peligros que nos acechan, la falta de valores morales, la confusión, el pillaje generalizado, y no sólo económico: también de la naturaleza, de los principios. Les reproduzco la cita con que se abre el volumen, de William Carlos Williams (que murió en 1963; él sí que era adivino, o mejor dicho, inteligente): "El hombre ha sobrevivido hasta aquí porque era demasiado ignorante para poder realizar sus deseos. Ahora que puede cumplirlos, debe cambiarlos o perecer".

Lo demostró hace unos días -que todo se solapa- el golpe militar que sacudió el sonambulismo informativo en que estamos sumergidos. Ese letargo comunicativo, habría que llamarlo, dicho sea de paso, pues braceamos en un infinito océano de difusiones simultáneas tan inabarcables que no tardan en convertirse en espesas infusiones y que, como consecuencia, nos congelan las efusiones, a la par que las ilusiones. Demostró dicha asonada que todo se conserva y se sobrepone.

En cuanto a los augures, permítanme que les recuerde la cantidad de basura que tuvimos que ingerir cuando se acercaron el fin del milenio anterior y el principio de éste. Consultar hemerotecas ahora produce vergüenza, tanto ajena como propia, por la estúpida operación de lavado, secado y centrifugado a que fueron sometidos nuestros temores más irracionales.

Bueno, pues ninguno de esos iluminados supo anticipar que, antes del segundo decenio del milenio actual, nos íbamos a encontrar exhaustos, y sin saber cambiar nuestros deseos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de julio de 2009