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Tribuna:La lidia | 17ª corrida de San Isidro

La eternidad de lo efímero

La verónica de Morante es un canto a la fugacidad de la belleza instantánea. Pero eso es el toreo, el toreo de verdad. Lo percibes como un pellizco estético, te convulsiona como el éxtasis sexual, te estremece como la contemplación de un hermoso cuerpo de mujer, te seduce como el trazo mágico del pincel de Cézanne o la espátula de Julio González. Y la emoción nos invade durante segundos, minutos. Horas y queda en nuestra memoria años, décadas, siglos. Es la eternidad de lo efímero.

Todos quienes estuvimos la otra tarde en Las Ventas evocaremos a amigos, mexicanos y franceses ausentes, sobrinos, nietos, y otros aficionados de otras generaciones que aquel 21 de mayo de 2009 Morante de la Puebla rindió su personal homenaje al toreo, a los cincuenta años de la alternativa y confirmación, de Curro, a la belleza, a la creación, a la creatividad, a la inspiración del artista, a la estética de unas manos meciendo un capote de rosa con vueltas de color innombrable para seducir a un toro veragüeño, a veinte mil almas convocadas al clamor del excelso instante en el que en pleno siglo XXI un hombre -sin más- nacido no lejos de la Giralda, en la verde Andalucía, pero criado por aquel pigmalión que fue Miguel Flórez y a los pechos de la verónica de Rafael y de Curro, de Romero y de De Paula, es decir de los dioses modernos y eternos del lance inspirado en la leyenda mágica de la historia sagrada, en el vía crucis de la vida, cuyo nombre evoca sin más el mecer de una caricia, el balanceo de un mentón hundido, de un capote alado, de una ingle que se ofrece en sacrificio al paso generoso del animal más bello y potente del mundo animal, criado para permitir a un artista crear belleza.

O el toreo es arte o es emoción; o es pasión o es estremecimiento

O el toreo es arte o es emoción; o es pasión o es estremecimiento; o te recorre la médula espinal como una descarga de silla eléctrica o te subyuga como una madonna florentina o un paisaje impresionista. O te rindes ante la generosidad corporal de uno o te embelesas con la creatividad; o recorres miles de kilómetros para ver el patetismo o el embrujo de la verónica. Si lo han adivinado. O José Tomás o Morante. O los dos. Porque juntos completan y justificar la permanencia, el vigor, la pujanza de un espectáculo único, imprevisible, eterno, que nos enriquece como personas, como seres humanos dotados de sensibilidad para apreciar la eternidad de lo efímero o lo efímero de la eternidad.

Carlos Abella es escritor

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de mayo de 2009