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PERDONEN QUE NO ME LEVANTE
Columna
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El oficiante

Tengo un vicio muy feo. De los tiempos en que la frivolidad ocupaba una parcela específica en los medios de información, es decir, en que no existía una frivolidad transversal y precipitada, sino un tratamiento del famoseo deliberadamente sometido a sus propios límites -mentalmente estrechos-, conservo la costumbre de buscarle sentido a todo lo informativamente superfluo, pero, ya, inevitablemente invasivo.

Es decir, que pierdo muchísimo tiempo que podría dedicar a obras piadosas intentando entender por qué Darek estaba enamorado de Ana García Obregón.

Debo añadir que semejante adicción mía se agudizó muchísimo cuando asistí a la retransmisión completa de los fastos del bodorrio de El Escorial, atenta a percibir las señales de un cambio histórico, al crujido que me pareció escuchar y que no era el de las sedas que envolvían a la novia, sino el de los magnos esqueletos reales que se revolvían en sus tumbas. No me faltaba razón. De aquellos polvos, estos trajes camperos.

"Con la intrusión de los Bruni intuí que nos estábamos quedando atrás"

Por eso un sobresalto, al tiempo que una tremenda mala conciencia, despertaron en mí cuando, hace un par de semanas, los Bruni visitaron nuestra Corte e incluso nuestra Villa. Mala conciencia, por lo dicho. No deberías estar perdiendo el tiempo en estos análisis, me decía, tú, que eres tan feliz viendo a don Eduard Punset entregado como siempre a su divulgación. Pero por más que intentaba rechazar el impulso, me sentía inquieta. Y dicha inquietud me inquietaba.

Ante las imágenes de Nicolas y Carla y don Felipe y doña Letizia, y a pesar de que Sarkozy es a todas luces un neonapoleonito, me entró un placentero estremecimiento laico, descoronado y desmilitarizado. Qué quieren que les diga. Viví un fulgor republicano, cuasi ilustrado, un fulgor del Segundo de las Luces, para entendernos. Nunca me había parecido nuestra monarquía amojamada, mucho menos en comparación con lo que campa monárquicamente por ahí. Pero con la intrusión de los Bruni intuí, desazonada y desesperadamente, que nos estábamos quedando atrás.

Coño. O sapristi!, que dirían ellos. Había una corriente de fisicidad -perdonen el palabro-, de carnosidad, que caía francamente simpática y que helaba a los otros. Un insuperable reportero gráfico osó captar el lugar do las damas de su clase de antaño se hincaban el polisón: el de doña Letizia y el de la querida Carla. Bueno, no tengo palabras, y aquí no estoy juzgando machistamente por la belleza, ni mucho menos por las hechuras. Estoy examinando la expresión corporal de los andares. Y me pareció que en una de las dos, ni loca confesaré cuál, existía mucha felicidad.

Mira que eres burra, me reprobé, tanto como sin duda ustedes me estarán reprobando ahora.

Pero luego caí. Caí, y caí y volví a caer, a la sombra de mi descubrimiento en flor de otoño tirando a invierno.

¡El causante de semejante impresión mía no aparecía en la foto! Y entonces me vino a la mente, o lo que sea que tengo ahí, la imagen de monseñor Rouco Varela casando a los Príncipes de España y soltándoles una filípica de tintes tridentinos sobre lo sagrado del matrimonio y la procreación y etcétera. Y comprendí que la sombra del cardenal es alargada. Vaya, que es un verdadero ciprés.

Allí estaban los Bruni, retozones, divorciados los dos y a las claras, casados entre sí sin cardenales ni moratones, con hijos propios ya por cada parte y cada uno; libres para gozar de los yates de sus amigos millonarios, del surtido de tacones y alzas del presidente, y del extraordinario aplomo que a la querida Carla tiene en todas las situaciones.

Y los otros, a quienes tampoco faltan yates -incluso propios-, allí, tan tiesecicos, tan protocolarios, con lo majetes que son.

Pero era eso. Un residuo secundario, ínfimo, del Segundo de las Luces, una partícula de descaro, un aquí estoy sin hipocresía, una exhibición del placer personal que, por impúdica, resultaba muy sana.

Que no vuelvan a venir por aquí los Bruni, salvo que el cardenal Rouco Varela me prometa personalmente que va a darle a la Carla con la mitra hasta momificarla. Es lo mínimo que una puede esperar de caballero tan capaz de extender su severidad como un palio sobre tan atractivas personalidades.

No hay nada como casarse por lo civil, y que el oficiante sea un alcalde.

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