Entrevista:EDUARDO ARROYO

"Los libros te ayudan a vivir; la pintura, a morir"

Cada mañana, al mirarse al espejo, Eduardo Arroyo comprueba en las arrugas que le van cayendo el surco implacable de su propia vida. Ese hombre frente al cristal que lo refleja es el mismo que se ha mirado durante tres años en el papel para escribir unas memorias tan serenas como incendiarias, tan anárquicas como desnudas. Las ha titulado 'Minuta para un testamento' (Taurus).

Es un trabajo a conciencia, doloroso y excesivo; irónico y penitente en el que Arroyo dialoga con la vida y la muerte bajo el amparo de un referente moral como Gumersindo Azcárate (1840-1917), que aparece como un contrapunto y a la vez un clavo ardiendo a quien se aferra con una extraña fe. Lo ha hecho con el mismo rigor con el que este artista se enfrenta a una obra pictórica. Preguntándose sin descanso obsesiones que le inquietan y le persiguen como un martillo incontrolado: "¿Cuándo pintaré el último cuadro?".

Frente a ese espejo en el que se mira cada mañana, Arroyo a veces ve al niño de seis años que perdió a su padre joven y quedó junto a su madre, Consuelo Rodríguez Ticio y su hermana María del Carmen; al estudiante rebelde que expulsaron del Liceo Francés, al deportista que ganaba títulos de fútbol con el Castilla y de baloncesto con el San Fernando. Otros días le salta el soñador que, después de acabar periodismo, abandonó este "paraíso de las moscas", áspera España de los años cincuenta, para comerse el mundo. Acabó por Europa asaltando la escuela de Bellas Artes en el París del mayo francés. Paseando junto a las tapias del cementerio de Montparnasse con Giacometti; en Roma, viendo las imitaciones de Alighiero Noschese en la televisión junto a Giorgio de Chirico o colaborando con cineastas como Antonioni. "A ninguno de los dos primeros les dije que era artista. Ni se me pasaba por la cabeza. A los maestros hay que escucharles, no contarles tu vida", asegura.

Muchas veces, en ese momento de cruda soledad, en esa mañana que cada uno de nosotros comienza en el cuarto de baño haciendo examen de conciencia, Arroyo también recuerda a aquel artista consagrado que decidió volver a Madrid, cuando había terminado la Transición y la Movida. "Ésta última, menos mal que me la perdí", asegura, con esa afición al despelote provocador de quien se ve más moderno que posmoderno, la de un dandi del arte a quien sería fácil sorprender pintando con corbata en su estudio, si dejara entrar a alguien. "Pero no. No me gusta que nadie vea lo que estoy haciendo", zanja.

Arroyo ya era Arroyo en Italia y en Francia antes de serlo en España. Casi nada se sabía de él en su país hasta los años ochenta cuando este antifranquista irredento, a quien el régimen había excomulgado tras reiterados ataques, volvió para despertar del sueño de los no reconocidos. Poco le importaba cuando ya había expuesto su obra en los mejores centros de toda Europa y era un venerado escenógrafo con éxitos sonoros en Alemania o Salzburgo junto a su inseparable Klaus Michael Grüber.

Ahora en una tarde madrileña soleada, con 72 años recién cumplidos y algunos 'arroyos' -copas de whisky J&B repletas de hielo hasta al borde- sobre la mesa, le ha llegado la hora de comentar el balance. De hurgar, entre la risa y el cabreo, a este obcecado boxeador del lienzo, amante de los toros y retratador implacable de la España negra con aires pop.

Un polemista original y fanático del exceso, poco complaciente con nadie y menos con él mismo, sobre todo cuando se autorretrata así en las páginas de su libro: "Me parece que no está mal ser un burgués. Un burgués ilustrado metido como una loncha de jamón entre un aristócrata imbécil y un loco mesiánico y demagógico. Es algo que no me molesta en absoluto".

P. Ha escrito usted unas memorias en las que planea la muerte en todas sus dimensiones. ¿Tiene miedo?

R. No, en absoluto. Puede parecerlo, pero no.

P. Pues se diría que le tiene usted no miedo, pavor. Quizás por esa forma de hablar de ello tan expansiva.

R. Si he transmitido eso, me sorprende. No quisiera que apareciera esto. Sí surge una melancolía. Soy un melancólico profesional y quizás eso arrastre a la otra impresión, a ese pavor de la muerte. Puede que ahí haya una posible respuesta. En esto, los más listos son los mexicanos, que se comen los huesos de los muertos y los cráneos de mazapán. Por eso no hay que discutir mucho en los bares mexicanos porque no les importa nada morir en una reyerta. Hablar de la muerte en un ex supersticioso es la mejor manera de combatirla.

P. ¿Sólo eso?

R. Puede haber algo más. Hay una tentación soberbia de dejarlo todo atado y bien atado, que es la prolongación de la vida después de la muerte.

P. Si el ser humano tiende a la trascendencia, ¿es por soberbia?

R. Sí, pero no tanto por la memoria inmortal sino por el deseo de controlar la vida después de la muerte. De eso me viene esa idea loca, testamentaria. No sé cuántos testamentos he hecho. Testamentos que, por cierto, no corrijo nunca. Es ese deseo de que nada se te escape. ¿Qué haces de tus pasiones, de tus libros, de lo que has amado, de tus amigos?

P. Quizás en usted se ha agudizado el ánimo por la pérdida de algunos amigos recientemente.

R. Ocurre algo catastrófico: el paso del tiempo. Cuando eres joven, no te das cuenta de esas cosas. Son mutilaciones innecesarias, injustas, violentas. Ahí sí que la muerte me parece una cabronada. Cuando le decía que me había vuelto un ex supersticioso es por esto. Tomar las doce uvas después de un año así... pues ya no las voy a tomar. ¡Qué le den por el culo a las 12 uvas!

P. ¿Ha sido la idea de la muerte lo que le ha impulsado a escribir sus memorias?

R. Bueno, esto son más bien unas antimemorias, al estilo de André Malraux, que siempre me ha interesado muchísimo, el Libro negro. Los son porque me gusta que se mezcle la idea de la muerte con la vida. Tratar de transmitir al lector si es capaz de cambiar el rictus de amargura que le producen esas cosas con una risotada. Es negar una sublimación.

P. Una de las cosas más fascinantes del libro es su duelo con los cuadros. Empezando porque no deja usted entrar a nadie en su estudio. A la manera de Antonio Quirós, que pintaba con corbata. ¿Usted también?

R. Pues a veces sí. He llegado de una comida con corbata y me he puesto a pintar. Respecto al duelo con el cuadro, en eso siempre sales perdedor. El cuadro es un ser vivo, es un contrincante, un adversario, un antagonista, un toro... Es un amigo también. En las memorias de un boxeador famoso, Garbelli, una vez, estaba él a punto de comenzar un combate en Los Ángeles y se abalanzó sobre él un negro enorme dándole un abrazo y unos besos tremendos. Le dijo: "Soy tu adversario y te quiero mucho". Es precioso. Con el cuadro tienes esa sensación también. Pero sabes que contra él disputas una batalla que vas a perder. Va a ganar él. Tú eso lo sabes. Cuando has acabado y has hincado la rodilla y has sufrido el castigo, que no la humillación, te levantas y vuelves hacia él.

P. ¿El cuadro te hace humilde?

R. Totalmente. El que no sea humilde delante de un cuadro es un loco y un demente.

P. Y un imbécil.

R. Bueno, hay tantos... Y un botarate.

P. Esa obsesión suya por el último cuadro, ¿la tenía antes de escribir el libro o le ha asaltado de repente?

R. Lo pienso constantemente. La imagen de ese apunte de Goya de 'La lechera' o Renoir aferrado aferrado a su hijo, el cineasta, Jean Renoir, que le lleva del brazo a pintar la naturaleza con la mano atada al pincel con cordones... Lo que te arrastra a pintar uno y otro no impedirá que un día te encuentres con el cuadro inacabado. Habría que hacer una exposición sobre el cuadro inacabado, en el que se encuentra el drama, el último suspiro, cuando el pincel se cae de la mano... ¿Cuándo se va a caer de la mano? Esa imagen de Matisse en la cama pintando el techo, esa es una imagen extraordinaria. No se puede levantar de la cama pero pinta con una caña de pescar. O Van Gogh, que se pega un tiro en el campo mientras pinta esos pájaros negros que le acechan. A mí es la exposición que me encantaría hacer, que me gustaría que alguien me encargara. Eso ocurre en la pintura de una manera compulsiva. Te puedes morir pintando.

P. Más común morir pintando que escribiendo, aunque en usted la literatura también es una pasión llevada al límite.

R. Es una pasión que me ha ayudado mucho a vivir. La lectura y la escritura. Los libros te ayudan a vivir y la pintura, quizás, te ayuda a morir. Cuando eres joven es una suerte que los libros te empiecen a caer encima de la mano. Yo recuerdo cuando me cayeron encima Robinson Crusoe o los libros de Stevenson, o la historia de la Bounty... Si tienes la suerte de empezar a leer así, es algo fundamental. Es oxígeno en momentos de nitrógeno.

P. Nitrógeno para usted era la España de los años cincuenta, aquella de la que huyó. La del paraíso de las moscas, como usted la define. ¿Sigue existiendo?

R. Hombre, las moscas están menos presentes. Es como todo. Son más virtuales. Aunque hoy, sin ir más lejos, El Roto, a quien admiro mucho y no conozco, pinta una mosca en su viñeta. O sea, que sí. No era aquella marabunta que se combatía de formas singulares. Aquello era una nube negra de moscas. Hoy, aparentemente no están, pero si rascas, salen. Hasta en invierno. En ese sentido sí existe todavía el paraíso de las moscas.

P. ¿Y qué es el paraíso de las moscas?

R. Pues un sitio donde las moscas viven como Dios. Donde las que mejor viven son las moscas. Y eso cada vez ocurre más. Cada vez viven mejor. Porque ya nadie se mete con ellas. Las hemos aceptado y eso es lo peor. Además, si las haces algo, vienen los ecologistas y te la cargas. ¡Cuidao!

P. No le hacen gracia los ecologistas.

R. Son peligrosos. Esa obsesión por limpiar. Acabas convirtiéndote en juez estrella. Si limpias mucho el pavimento, acabas resbalándote, corres ese riesgo.

P. Es que hay mucho que fregar.

R. Ya, pero es que hay que saber hacerlo. Yo creo que es complicado limpiar mucho. Estamos abocados a una catástrofe de suciedad y basura. No creo en nada.

P. Le veo pesimista. Lo de la muerte es una chorrada al lado de ese pesimismo que destila.

R. Comparado con lo que nos espera, una tontería. La cosa está mal. Pero no es sólo lo que está ocurriendo ahora. La crisis, la verdadera crisis es moral. Todo empezó cuando ocurrió aquí lo de Atocha y en el mundo con las Torres Gemelas. Es una crisis ética, cultural, no le veo fin, es una bajada a tumba abierta que se agudiza con la situación económica. El resto es banal. Más cuando estamos educados en un tipo de reglas y al final nada de lo que estaba más o menos concordado tiene sentido. Nada tiene sentido. Te das cuenta de que no estás preparado para lo que viene.

P. ¿No está preparado o más bien acepta la derrota?

R. No, no, no es eso. Porque mientras tienes fuerza para escribir cuatro líneas o hacer un dibujo, no hay derrota. No es eso, lo que ocurre es que hemos sufrido una catástrofe colectiva que incide en ti. No es la crisis, esa cosa de la que todo el mundo habla y nadie comprende. No es sólo eso. Yo he vivido muchas crisis en mi vida, a mí eso no me interesa, no creo en eso. Es en la política, donde deben aportar algo interesante.

P. O sea, no confía usted ni en Obama.

R. Bueno, qué difícil... Hombre, prefiero a Obama que a Bush. Indudablemente.

P. El idealismo le queda ya lejos. En aquel París que era una fiesta y que conoció en 1958.

R. Era una ciudad fantástica. Con toda aquella historia retórica y a lo mejor falsa, donde veías la pintura en Montparnasse y la literatura en Saint-Germain.

P. El París de los mitos vivientes.

R. Es que estaban. Es que eran. Hemingway se sentaba en tu mesa. Y los artistas mayores ayudaban a los jóvenes. Eran muy duros, eso sí. Pero te ayudaban. Maestros con los que tenías que mantener una sana distancia. Giacometti, por ejemplo, era muy amigo mío, pero jamás le dije que era artista, como tampoco me atreví nunca a visitar el estudio de Picasso, que era muy generoso con los pintores españoles, o decírselo a De Chirico. Pero sí hablaba con ellos. O veía en la tele junto a él a Alighiero Noschese que era un imitador genial con el que se reía muchísimo. A Giacometti le acompañaba toas las noches a la puerta del estudio y me dejó entrar una sola vez porque hacía mucho frío. Es que era muy impresionante todo aquello.

P. ¿Al estudio de un pintor serio ni se entra ni se pide permiso para entrar?

R. No se entra, no.

P. ¿Por qué? ¿Es un santuario?

R. No, tampoco le daría un carácter religioso. Es un terreno duro, difícil. Hay que evitar el vouyerismo. Ir contra esa imagen mítica del pintor en su estudio. Bien, le interesa mucho a la gente, pero a mí no me interesa que la gente lo vea. Tampoco voy yo al estudio de los demás. Para evitar la vanidad de hablar de la obra de la gente, que es un rollo macabeo. Cansa.

P. Hablando de santuarios, ¿es cierto que usted habiendo vivido en Roma no ha ido nunca al Vaticano?

R. Ah, no. Nunca. Yo a esos sitios no voy.

P. Ateo y anticlerical, como confiesa en el libro. Hombre, un artista se supone que debe visitar el Vaticano.

R. No, perdone. A esos sitios no voy porque no voy. Ya lo veo en el 'National Geographic' y tan contento. Unas fotografías estupendas y no tienes que aguantar ese olor a sacristía insoportable. Tampoco es por principio. Es que no me interesa. Ya sé cómo las gastaba Miguel Ángel sin ir. Tampoco animo a nadie a que no vaya. Quien crea que vaya. Una de las cosas más emocionantes que se me ocurren es ir, si crees, a una beatificación. Yo no voy, pero comprendo que puede ser un viaje excepcional.

P. Entonces, ¿la Iglesia ha hecho mucho daño?

R. A mí, no.

P. ¿A España?

R. Bueno, quien recibe daño es porque lo busca a veces. Cada país es responsable de su destino. Si le ha hecho daño a España es porque, en cierto modo, lo ha buscado. Cuando a mí me negaron la absolución una vez porque el cura me preguntó a qué colegio iba y le dije que al Liceo Francés, me quedé un tanto atónito y se lo dije a mi madre. El tío exigía que nos sacaran de aquel colegio. ¿Sabes qué me contestó ella? "Haz como yo. No vuelvas". Eso me ha ayudado mucho.

P. ¿A qué se debe pues su anticlericalismo activo?

R. A que me cuestan 6 euros al año. Eso me pone enfermo. Me encanta que sigan, pero pagando ellos. No el contribuyente. A mí lo que me interesa de Francia es la separación de la Iglesia y el Estado. Eso que aquí, el Partido Socialista, por miedo, por cobardía, no ha querido hacer a pesar de que está escrito en la Constitución. Siguen dándoles dinero a pesar de que las plazas están llenas de obispos vociferantes.

P. Volviendo a París. ¿Qué fue mayo del 68? Aquella revuelta en la que usted participó activamente.

R. Pues aquello fue una locura anarquista. Lo yugularon los dementes del Partido Comunista, claro, y ahora me entra la risa, junto con la derecha. Se dieron cuenta de que había que controlarlo entre los dos, porque son iguales. Abrazados lo aniquilan y dicen aquello de "nunca más". A partir de entonces se acaba y por eso yo no lo celebro nunca. Participé tremendamente en aquella historia. Fui un capataz. Ocupamos la escuela de Bellas Artes en la Rue Bonaparte y echamos a todos los profesores, una cosa de una crueldad de la que ahora me avergüenzo.

P. ¿Por qué?

R. Porque sí, porque era injusto. Además veníamos de fuera, no éramos ni alumnos. Les decíamos: usted, mañana, no vuelva. Fuera. Se ha terminado. Y a partir de entonces, empezamos a trabajar. Hicimos carteles, como 300, y acabamos tirando 20.000 con los tipógrafos que estaban en huelga y vinieron a ayudarnos. Así fabricamos la iconografía del mayo francés que es lo único interesante que ha quedado de todo aquello.

P. Luego llega a España y lo más parecido que se encuentra es la movida madrileña.

R. Bueno, yo he tenido mucha suerte. Me perdí la Transición y me hubiera gustado vivirla. Pero, la movida, la evité. Es una de las cosas más estúpidas que he conocido en mi vida. Yo es que no sé lo que es.

P. Pero si está canonizada.

R. Por la derecha de Madrid, que la ha hecho un catálogo. Eso es lo mejor, cuando la derecha te hace un catálogo. Hubo algún que otro tipo interesante, como Borja Casani, al que cito en el libro. Ha sido un tipo discreto pero importante. Pero imagínate lo que hubiera sido salir todas las noches con Almodóvar, para pegarse un tiro. Eso me lo he evitado.

P. ¿Así que usted es más moderno que posmoderno?

R. Ni moderno ni posmoderno. Normal.

P. ¿Normal en el sentido que espera Rajoy?

R. Hombre, yo creía que estábamos hablando en serio.

P. Bueno, pues en serio, yo le considero a usted un moderno en el noble sentido de la palabra.

R. Moderno como quien lucha contra el poder, como iconoclasta, vale. Como heredero de una vanguardia y no una psuedo vanguardia. Porque, eso, ¿qué es? La Pasarela Cibeles, la caterva de arquitectos estúpidos, el horror de Calatrava, la influencia de Almodóvar, que eleva lo cheli al cubo. Solo hay otra cosa comparable a él ahora. Este asturiano que se llama Woody Allen. Un tío que vende lo mismo todo el tiempo y encantado de la vida.

P. ¿Lo kitsch y lo tópico?

R. Bueno, lo kitsch era divertido. Como esas cosas que ponías debajo de la cama y te levantabas poniendo los pies en la cara de Pío XII o de Kennedy. El kitsch, cuando es una broma, divierte. No cuando se convierte en algo pesado e insoportable.

P. Lo malo es cuando elevamos la horterada a la categoría 'kitsch'.

R. Es que ya no hay Kitsch. Es que ahora, eso que se consideraba un guiño, es normal. Lo normal. Lo que dan por televisión. Cuando el dinero de los españoles se emplea en la televisión pública por contar los líos de Falete o de la Bermúdez, muy bien, pero me solivianta.

P. Es que lo 'kitsch' se nos ha ido de las manos.

R. Sí, es que cuando esa broma se hace normal, se acaba. Es lo hortera de bolera lo que se impone.

P. ¿Está el arte en decadencia?

R. A mí, el mundo del arte hoy no me interesa. No existe. Me parece un coñazo. En otros tiempos, cuando no había listas, si las hiciéramos, de los 20 personajes más influyentes en este mundo, 20 serían artistas. Hoy entran dos, si les dejan, y el resto son críticos, directores de museos, marchantes. Pero, ¿qué es esto?

P. ¿Con qué nos quedamos entonces? Hay que aferrarse a algo.

R. Pues a lo que crees profundamente, como si no existiera el mundo. A la literatura, a tu pintura, aunque no te vaya bien. El resto está perdido totalmente. Este es un mundo corrupto, estúpido, que marcha cada vez peor. No tiene arreglo. Lo único que nos salva es la fuerza de pintar un cuadro, escribir un texto. Lo que queda fuera de ti no funciona.

P. ¿No será eso porque desconoce lo que hace el resto? ¿No le interesa ya nada? ¿Nada, de nada?

R. Tampoco es cierto. El otro día di un curso de escenografía a jóvenes. Me interesó mucho. Hay gente muy libre, extraordinaria, con mucho talento. No todo está perdido. Porque ya no voy a volver a hacer teatro después de que se ha muerto Klaus Michael Grüber, la única persona que me estimulaba para ello. Si lo hiciera, impartiría cursos para que me dijeran qué debo plantear. No quiero pasar por un cascarrabias reaccionario. No soy así. Me rebelo. Se me a pasao el cocido pero soy curioso y atento. No voy a estudios de jóvenes, pero veo una fotografía de la obra de un artista desconocido en un periódico, la llevo a mi galería y les digo: ir a ver a este tío. No lo saben, pero lo hago. Creo en ello y no quiero que se rompa la cadena.

P. Lo peor está en otra parte, no en los jóvenes.

R. Lo peor es el 'establishment', no lo soporto. O Arco que es una porquería. Pero ya ni me preocupo por eso. No tiene arreglo.

P. ¿Dónde queda el arte?

R. En ese lugar secreto, donde hay menos espectáculo, menos alharacas y, sobre todo, menos funcionarios. Muy simple para mí. Una cosa sin intermediarios, sin directores de colecciones, sin 'curators'. Un diálogo entre la obra, el autor y quien la mira. No es una carrera. Es alucinante lo que ocurre, no sólo en España. Aquí, los artistas vivimos la exclusión. Y éste no es un discurso de jubilado. Aunque estoy para el arrastre. Esa obsesión por los jóvenes es tremenda. Más de 50 años y estás acabado. Yo ya soy un cadáver. Estás entrevistando a un muerto.

P. No es para tanto, hombre.

R. Así lo titularía yo. Entrevista con un muerto. Todo esto que, por otra parte, espero que quede matizado. Tenemos que recuperar a los maestros, como en el boxeo y el toreo. Es una estupidez política esa de defender a los jóvenes por encima de cualquier otra cosa. No entiendo por qué. Los viejos también votamos. Es una modernez y es algo fascista. A los más reaccionarios es a los que les interesan los jóvenes. ¿Una exposición? Sí, que sean jóvenes. Lo de las vacas en Madrid... ¡Pintar una vaca es una gilipollez! Como los políticos que abrazan negros. ¿Por qué les abrazan? ¡Coño, porque les detestan!

P. Aun así, tiene usted fascinado al poder. Le han invitado a La Moncloa varias veces y varios presidentes, también al Eliseo. ¿Les dice estas cosas?

R. Es una fascinación de la derecha, sobre todo. La izquierda, no tanto. He ido una vez con Zapatero y varias con Aznar porque la derecha siente más respeto por esas cosas ya que no las ha tenido nunca y las quiere conquistar. A los de izquierda, te presentas con un discurso revolucionario y les molesta porque se creen más revolucionarios que tú. No soportan tanto la crítica. Piensan que no entiendes, que no les sirves. Les es incómodo, a no ser que seas un servidor, como los del mundo del cine. La derecha se quiere ganar al intelectual, al artista, porque tienen complejo de culpa.

El pintor Eduardo Arroyo.
El pintor Eduardo Arroyo.JORDI SOCÍAS

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 15 de marzo de 2009.

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