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Crítica:

Herederos de Serpico

Ya no hay quien niegue que buena parte de la última hornada de directores está volviendo su mirada hacia el cine americano de los setenta. Se busca su furia a borbotones, su capacidad para retratar con verosimilitud ambientes depravados, la complejidad de sus personajes, la huida del estereotipo, la desesperanza de sus tramas. Del James Gray de la magnífica La noche es nuestra al Ben Affleck de la no menos loable Adiós, pequeña, adiós, todos parecen admiradores de los trabajos del Nuevo Hollywood y de la evolución ejercida por los integrantes de la generación de la televisión. Como Gavin O'Connor, realizador treintañero hasta ahora sin fuste (Tumbleweeds, El milagro), que parece haber estudiado a Francis Ford Coppola, Sidney Lumet y Alan J. Pakula para componer Cuestión de honor, thriller policial en el que la corrupción imperante remite al maestro de la temática, el Lumet de Serpico (1973), aunque con los ecos familiares del Coppola de El padrino.

CUESTIÓN DE HONOR

Dirección: Gavin O'Connor.

Intérpretes: Edward Norton, Colin Farrell, Noah Emmerich, Jon Voight, Jennifer Ehle, John Ortiz.

Género: thriller. EE UU, 2008.

Duración: 130 minutos.

La oscuridad de la fotografía (en la línea del Klute de Pakula) va acorde con el drama de las tramas paralelas (el cáncer que corroe a la esposa de uno de los protagonistas) y con la negrura de las actitudes ("Gano 65.000 dólares al año; cualquier narco se limpia el culo con esa cantidad cada mañana"). Sin embargo, y a pesar de que la película está muy por encima de la media de thrillers de hoy día, sobre todo en lo concerniente a la complejidad de las actitudes de sus protagonistas, todos ellos policías (tres en activo: dos hermanos y un cuñado; y uno de ellos jubilado: el padre), secuencias como la de la pelea en el bar, tan caprichosa como incomprensible, rebajan la grandeza del conjunto.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 31 de diciembre de 2008