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Crítica:

El 'efecto Berceo'

Si les gusta la música antigua interpretada con instrumentos originales, seguro que gozarán con este espectáculo, que articula cantos medievales, fragmentos de Los signos del juicio final y de los Loores de Nuestra Señora, de Gonzalo de Berceo, y el Auto de los Reyes Magos, anónimo del que toma el título. Si lo que les gusta es el teatro, aquí hallarán un retablo de versos, canciones y danzas de procedencia diversa, hecho con amor y con muy buen gusto, al que le faltan unas cosquillas o algún pellizco que lo sacuda y rompa la sensación recurrente de que estamos ante un estupendo concierto dramatizado. Quizá sea pedir demasiado, porque bastante ha hecho Ana Zamora, su directora, con sacudirse la solemnidad que atenaza otras puestas en escena de un texto tan breve y germinal. En la suya, se agradecen algunos golpes de teatro y los toques de humor.

Zamora, el coreógrafo Javier García, la figurinista Deborah Macías y Alicia Lázaro, directora musical, han buceado en la tradición para imprimir autenticidad al montaje, aunque éste sea una invención suya de cabo a rabo. Su trabajo concilia la libertad creativa con el respeto a las raíces de lo popular. Cabe discutirles que pongan tan en primer plano y durante tanto tiempo el texto milenarista de Berceo, que trocea el Auto y lo lleva por diferente camino. Su Misterio del Cristo de los Gascones me pareció más redondo y atrevido. Fantástico el espacio escénico de Richard Cernier.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 12 de diciembre de 2008