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Columna
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Echaremos en falta a Bush

Lluís Bassets

Su herencia está ahí. Ya no hay quien la mueva. Lo que se mueve, en cambio, es la realidad de las dos grandes crisis abiertas, de forma que la toxicidad del legado que le pasa a Obama puede amplificarse con el tiempo. La ignorancia sobre la profundidad de la recesión que se nos ha venido encima es la misma el 4 de noviembre, día de las elecciones, que hoy mismo, y por ello mucho más grave. Nadie es capaz de decirnos ahora dónde estaremos el 20 de enero cuando tome posesión el nuevo presidente: las sondas no han dado todavía con el fondo de este océano turbulento. La gestión dificultosa de la guerra de Afganistán se funde ahora mismo con la tensión entre India y Pakistán tras los ataques terroristas en Bombay: habrá que ver también el estado de las relaciones entre las dos potencias nucleares asiáticas el día de la Inauguración y dónde se situará entonces el puntero de las prioridades del nuevo presidente. Una crisis se desplaza en dirección vertical y hacia abajo: la económica; y la otra, salida del torbellino de Oriente Próximo, hacia el Este, donde está la falla más peligrosa.

En vez de reconocer los errores, se transfieren las culpas: estamos ante una presidencia irresponsable

Obama está haciendo lo que debe, que es preparar buenos y sólidos equipos para lidiar con ambas crisis y empezar a gobernar, aunque sea por control remoto. Bush, en cambio, se dedica a lo único que puede: dar entrevistas y disponerse para la vida después de la Casa Blanca. Estas charlas televisivas son como coloreados papeles navideños donde envolver el legado tóxico que nos deja. Hace unos días reconoció algunos errores, más bien en las formas: se equivocó cuando pidió que le llevaran a Bin Laden vivo o muerto; también cuando se precipitó a declarar la misión cumplida en Irak. Ahora acaba de reconocer que el mayor error de su presidencia fue el fallo de los servicios secretos sobre las armas de destrucción masiva en Irak: no dice sin embargo que los servicios de inteligencia le sirvieron los platos que él les pedía. Y también ha reconocido que "no estaba preparado para la guerra", aunque luego le gustó tanto como para empezar a añorar ahora mismo su papel de comandante en jefe.

De todos los envoltorios utilizados, el de mayor elocuencia es el histórico, tema con el que George W. Bush mantiene una relación especial. Siempre le han interesado los libros de historia y muy en especial las biografías presidenciales, cosa que no se corresponde con su muy escaso interés por el lugar que ocupará él mismo en los tratados históricos del futuro. "No podré dedicarme a leerlos", suele decir con sorna. "¿Fue un error dejar caer a Lehman Brothers?", le pregunta Charlie Gibson en su entrevista para la cadena ABC. A lo que contesta: "Dejemos a los historiadores que se ocupen de ello". "¿Se siente en algún aspecto responsable por lo que está ocurriendo?", le dice el periodista. Bush responde: "He sido el presidente durante todo este tiempo, pero creo que cuando se escriba la historia del periodo la gente se dará cuenta de que muchas decisiones sobre Wall Street se tomaron hace una década, antes de que yo llegara a la presidencia". Con esta respuesta tenemos ya una buena pista sobre la función de la historia: transferir responsabilidades hacia el futuro (no me pregunte por lo que acaba de ocurrir) y hacia el pasado (lo que ahora pasa es consecuencia de decisiones que tomaron otros antes que yo, en este caso Bill Clinton).

Laura Bush se suma a la entrevista y el periodista les pregunta a ambos: "En el momento de la partida, ¿qué piensan sobre los sentimientos del país respecto a George W. Bush?". El presidente ofrece primero una respuesta vaga, que su esposa completa con el único argumento serio para vender una imagen positiva de esta presidencia: "Que es alguien que les ha mantenido a salvo (se supone que del terrorismo) durante ocho años. Y yo escucho constantemente a gente que lo agradece y me dice que le dé las gracias". Pero la respuesta contundente, en la que hay toda una exhibición de su temperamento, es la que proporciona Bush: "Seré franco con usted. No gasto mucho tiempo preocupándome sobre la historia a corto plazo. Y creo que tampoco me preocupa la historia a largo plazo".

La idea que se desprende de estas últimas declaraciones es la de un presidente irresponsable, incapaz de asumir culpa alguna y colmado por su buena conciencia. Hizo lo que pudo. ¿Qué más iba a hacer? "Dejaré la presidencia con la cabeza alta", asegura. Escribirá un libro. Construirá un instituto de la libertad y su biblioteca presidencial en Dallas. Los estadounidenses, cansados, querrán olvidarle, como mínimo durante una larguísima temporada. A los europeos, en cambio, nos va a costar mucho más. En el fondo le echaremos en falta. Cabe imaginar incluso que Obama nos obligará algún día a una adaptación de la ironía de Manuel Vázquez Montalbán respecto a Franco para decirnos secretamente que contra Bush vivíamos mejor.

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Sobre la firma

Lluís Bassets
Escribe en EL PAÍS columnas y análisis sobre política, especialmente internacional. Ha escrito, entre otros, ‘El año de la Revolución' (Taurus), sobre las revueltas árabes, ‘La gran vergüenza. Ascenso y caída del mito de Jordi Pujol’ (Península) y un dietario pandémico y confinado con el título de ‘Les ciutats interiors’ (Galaxia Gutemberg).

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