Columna
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El grado cero del 'bushismo'

No hay dos presidentes de Estados Unidos a la vez, es cierto. Lo dicen los manuales sobre la transición presidencial y lo repite, una y otra vez, el presidente electo Barack Obama. Lo que no dice es que el titular en ejercicio se está desvaneciendo del paisaje y que él es el único que cuenta, aunque todavía no haya jurado la Constitución ni pueda firmar órdenes ejecutivas. Sobre el papel, nada puede hacer el presidente electo hasta el 20 de enero y la responsabilidad de todo lo que ocurra es todavía de George W. Bush. Pero las urgencias de la crisis financiera, convertida ahora en recesión, no permiten esperar. Y menos para un Gobierno exhausto, desautorizado ante la opinión pública por los resultados electorales, lastrado por un balance que no tiene salvación alguna -por más que se esfuercen los escasos amigos que le quedan, como José María Aznar- y atado de pies y manos durante sus últimos días en la Casa Blanca.

Obama lanza dos mensajes: habrá un Gobierno fuerte y la economía es la prioridad

Muy duras serán las ocho semanas que restan hasta la solemne Inauguración del 20 de enero en Washington. Lo que le está ocurriendo estos días a Bush se parece más a una sesión de refinada tortura que a la tranquilidad que corresponde a un digno final. Puede hacer muy poco o nada, pero suyas serán las culpas todavía de todo lo que suceda. De momento, la atención que recibe de los medios de comunicación es decreciente, en relación inversa a la potente atracción de Obama. Sus declaraciones e intervenciones ante los medios, para ver si se sosiegan las turbulencias bursátiles, producen el efecto contrario, mientras que los nombramientos y las comparecencias del presidente electo son las únicas que introducen algún factor de tranquilidad. La propia formación del gabinete de Obama está orientada a producir una función balsámica sobre una opinión pública alarmada hasta el pánico. Es un equipo muy experto, fuerte, en el que estarán juntos hasta cuatro candidatos a la presidencia por los demócratas (Hillary Clinton, Bill Richardson, el vicepresidente Joe Biden y el propio Barack Obama). Muchos de ellos rodados en la anterior Administración demócrata de Bill Clinton y todos más que preparados para ponerse inmediatamente manos a la obra en cuanto entren en sus despachos.

Dos de los nuevos secretarios, con carteras cruciales, están trabajando ya en la Administración de George W. Bush, aunque no cabe identificarlos con su ideología ni con la coalición conservadora. El primero es Timothy Geithner, secretario del Tesoro ya nominado y actual presidente de la Reserva Federal de Nueva York, que ha estado trabajando codo con codo con el actual titular del Tesoro, Henry Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, en los planes de salvación financiera de las entidades en dificultad y en la inyección de liquidez en la economía real. El otro es Robert Gates, secretario de Defensa con Bush que seguirá siéndolo con Obama. Fue quien sustituyó hace dos años a Donald Rumsfeld e introdujo el realismo y la sensatez en la política militar, después de participar en la elaboración de un informe del Congreso sobre la guerra de Irak fuertemente crítico con el actual presidente. Aunque a partir del 20 de enero cabe esperar nuevos paquetes de inversiones y anuncios en política de seguridad y defensa (sobre Guantánamo, Irak y Afganistán), está claro que Obama ya tiene sus cables presidenciales tendidos dentro de la actual Administración.

Con la formación del nuevo equipo, Obama no prepara tan sólo su instalación a partir del 20 de enero, sino que está llenando el éter de mensajes políticos. El primero de todos: habrá un Gobierno fuerte, preparado para gobernar y hacer sentir su mano sobre la economía y la sociedad. Desmiente así treinta años de dogma reaganiano: ahora el gobierno no es el problema, es la solución. Segundo mensaje: la economía es la prioridad absoluta. Obama ha dado desde el 11 de noviembre cuatro conferencias de prensa televisadas y un mensaje radiofónico que ha colgado en YouTube. La economía ha ocupado el lugar central, muy por delante de la casi olvidada guerra de Irak, cuestión que ahora suscita un nuevo y extraño consenso, facilitado por un Gobierno en Bagdad que decididamente quiere recuperar la plena soberanía. Tercer mensaje, sutil y a través de medios indirectos, pero comprendido por sus receptores como si hubiera anuncios en las calles: con Obama los lobbies estarán bajo vigilancia. Todos los candidatos a entrar en la franja más alta de la Administración tienen que llenar un cuestionario muy estricto, en el que se exige responder a 63 condiciones que nadie en España podría cumplir. Cuarto y último mensaje: que se prepare el Congreso, con doble mayoría demócrata y más a la izquierda que Obama, porque la Casa Blanca se está blindando para evitar que la ley del péndulo convierta al presidente en rehén del Capitolio, lo contrario de lo que Bush persiguió y obtuvo hasta 2006.

La presidencia de George W. Bush ha llegado al grado cero. La de Barack H. Obama todavía no ha empezado, pero su titular está ya al mando de la nave.

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* Este artículo apareció en la edición impresa del miércoles, 26 de noviembre de 2008.

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