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Entrevista:ENTREVISTA | AITANA SÁNCHEZ-GIJÓN

"Los personajes te ponen ante tu propio espejo"

A punto de cumplir los 40, sigue cautivando con su belleza. Serena, madura y más consciente de sus fantasmas, se enfrenta a un nuevo reto donde ella los busca: en el teatro.

Esta mujer va a cumplir 40 años en noviembre. Se sienta aquí, en los jardines del hotel Santo Mauro de Madrid, cuando el verano le está dando paso al otoño, y viene fresca, como si acabara de salir de la playa; su vestimenta es ligera, y se ondula cuando ella mueve los brazos, o cuando camina. Tiene una sonrisa que sólo se le quiebra a veces, como si al pensar se le nublaran los labios. Nació en Roma, es Aitana porque sus padres, ella italiana y él español (él es el traductor Ángel Sánchez-Gijón, un luchador antifranquista, un intelectual de izquierdas; ya ha muerto), eran amigos y vecinos, entonces, de Rafael Alberti, que también llamó Aitana a su hija. Ahora, esta Aitana Sánchez-Gijón es, en las artes españolas, la Aitana por antonomasia; le gritas en la calle, ¡Aitana!, y sólo mira ella, y en el cine podrían ponerla (aquí y en el mundo) tan sólo Aitana y se sabría que es esta mujer de voz de caramelo suave, un poco acatarrada siempre, como si acabara de coger frío mientras bañaba a sus hijos. Aitana en el cine, y Aitana en el teatro. Acaba de rodar en Noruega una película basada en una obra de Ibsen, durante el verano pisó los escenarios con Mario Vargas Llosa (es la tercera vez que actúa con el escritor, y actor, peruano), esta vez con la recreación de Las mil noches y una noche, y se prepara para estrenar, en el tiempo en que esta conversación salga a la luz, Un dios salvaje, de Jazmina Reza, obra teatral cuya versión española ha escrito Jordi Galcerán y en la que ella comparte cartel con Maribel Verdú, Pere Ponce y Antonio Molero, bajo la dirección de Tamzin Townsend. Viene a la entrevista con el aire de quien ha regresado al colegio. El teatro la compromete, la mete en un riesgo que siempre es diferente, todos los días, mientras el cine, dice, "es la libertad". El teatro es la adrenalina, el reto, "el que me enfrenta a mis miedos y a mis limitaciones". Pero esas limitaciones, y ese miedo, van a vivir siempre con ella; la imaginas viejecita, y hacen falta arrestos para imaginar vieja a esta metáfora española de la juventud, y también ahí la ves asumiendo retos, luchando contra miedos que ya tuvo desde niña, cuando afrontó la primera prueba y el primer piropo. "Eres como Ingrid Bergman". La imaginas mirándose acomplejada en el espejo, buscando en las comisuras de sus labios todos los defectos que aún no le ha dicho nadie, pero que ella se sabe. Su obra ya es larga, desde la Segunda enseñanza, que hizo con Pedro Masó (fue el que le dijo lo de Ingrid Bergman) en TVE..., hasta La carta esférica, que hizo con Imanol Uribe, pasando por La camarera del Titanic, que rodó a las órdenes de Bigas Luna; El detective y la muerte, de Gonzalo Suárez, o El pájaro de la felicidad, de Pilar Miró. Pero ahora tiene el teatro otra vez en la sangre, y de ahí viene, del teatro, de ensayar. Siempre está ensayando. Sabe que ha de estar preparada para el próximo reto, que se le acerca como se le acerca una edad ya bastante seria, los 40 años.

¿Cómo se encuentra? Como si volviera al cole. Con las pilas muy cargadas y con mucha ilusión de esta función. Una comedia. No es habitual.

¿Y qué tiene esta función que le atraiga? Lo que me atrae es cómo se ríe Jazmina de todos nosotros y de sí misma. Como consecuencia, el personaje que me toca también hace que me ría de mí misma. Verónica [el personaje] representa las contradicciones de los perfeccionistas y los comprometidos... Jazmina la inventa para reírse de los que utilizan los valores para ser políticamente correctos, hasta que acaba cayendo la máscara y salen los instintos más básicos... En todos hay como un dios salvaje que se está confabulando para sacar la verdad más profunda que hay en las actitudes de cada uno de nosotros...

¿Se siente identificada con esa Verónica?

No, lo que me divierte de esta función es su aire un poco valleinclanesco; Jazmina tiene ese espejo deformante o aumentativo que tenía Valle.

Esas contradicciones entre el compromiso colectivo y las circunstancias individuales afirman más los valores que usted misma ha defendido siempre... Todo el mundo de buena voluntad reconoce como propios determinados valores. Lo que pasa es que luego está la realidad individual de cada uno, que a veces lleva a contradicciones. Pero esos valores están ahí.

Usted los mamó. Los he heredado; me los inculcaron mis padres.

¿Cómo fue el aprendizaje de esos valores, el compromiso, la solidaridad? A través de lo que veía en casa. Nunca perdieron de vista que una de las cosas que tenían que hacer con nosotros era transmitirnos una concepción ética del mundo.

Nació en el 68; hacía falta poco para que los padres fueran con los niños a las manifestaciones... A las manifestaciones no me llevaban. Pero me llevaban de muy niña a las fiestas del PCE y a la agrupación del partido en Peñagrande... Pero eran fiestas, eran algo lúdico.

¿Qué recuerda de la gente que iba a su casa Todo tipo de gente: intelectuales, no intelectuales, estudiantes... Gente muy afín ideológicamente, por supuesto. Había un ambiente divertido, relajado. Las recuerdo como reuniones de amigos en las que se hablaba de política, de literatura o de fútbol... Además, en un momento determinado te mandaban a la cama, era una niña.

A los cuarenta ya se piensa que el futuro de aquella niña es ahora... ¡Pero cuando salga esta entrevista tendré todavía 39!

5 de noviembre, Escorpio. No tengo ni idea de signos. Dicen que la gente se echa para atrás cuando le dices que eres escorpión. Pero los escorpiones sólo son peligrosos para sí mismos, porque se clavan el aguijón...

Una edad de balances... Hay veces que tengo que repasar el currículo y de repente veo todo lo que he hecho en estos 24 años de profesión, y me digo: "¿A mí me ha dado tiempo de hacer todo esto?". Y no he parado, pero también me ha dado tiempo a vivir, al margen del trabajo.

Y a tener hijos. A tener hijos y a tener una pareja desde hace diez años... A vivir la vida, porque yo la vivo intensamente.

Le ha dado tiempo hasta de ir a Hollywood... ¿Cómo fue esa experiencia? Inesperada, porque yo no la busqué. Fue como vivir un cuento; es una magia que te envuelve un tiempito, y luego decides que tampoco ese brillo es el que necesitas. Lo viví con mucha felicidad, pero teniendo muy claro que no era ése mi camino, no lo era.

No lo era. Yo tenía una compañía de teatro que me esperaba después de esa película [Un paseo por las nubes, con Keanu Reeves, 1995] y tenía que volver; sabía que no me iba a instalar allí. Ibas y venías, con mi agente, mi amiga inseparable desde hace tantos años, Alcira García Maroto; nos llevaban en limusinas, nos enseñaban guiones que tú sabías que nunca llegarían a ser para ti... Era como un sueño que no nos creíamos en ningún momento. Y es un mercado muy competitivo y muy duro, es muy sacrificado. Lo ves en los colegas como Penélope, como Javier, como Antonio... Tienen unas carreras tan brillantes..., y el camino que han tenido que recorrer es tan duro...

Y no le apetece. No, no me apetece. Porque también siento ese lugar como un sitio muy ajeno que no tiene nada que ver conmigo. Hollywood es un lugar muy endogámico. Sólo se habla de cine, viven como de espaldas al mundo. Lo único que importa es el cine. La mayor parte de las cosas que hacen tampoco me interesa, aunque las cosas que más me gustan también salen de ahí, seamos justos. Pero yo quería volverme. A mi casa, a mi barrio, a mi ciudad, a mis calles.

Usted es muy de barrio. Sí, sí. Me gusta salir de casa y poder irme al mercado, a la tintorería, a comprarme el periódico en el quiosco de la esquina. No sé, necesito el barrio.

¿Y no le ha afectado el peso de la fama? Ayer fui al teatro en metro y no me miró ni dios.

¿Le preocupó? Me encantó. Una vez me pasó que me miraron y le dice una señora a la otra: "Cómo se parece esa chica a Aitana Sánchez-Gijón". Porque no conciben que una "estrella" (y ponle todas las comillas que puedas) del cine use el metro como todo el mundo. Si haces cosas normales, la gente te trata de una manera normal. O sea, cuando voy a un local de mi barrio a hacer danza del vientre con la gente de mi barrio, las mujeres me tratan de una manera normal, porque soy normal. Cuando noto que la gente se altera más es cuando vas a un festival, la alfombra roja, esas cosas que ya te ponen el disfraz de actriz...

A veces, ese disfraz se sube a la cabeza. ¿Lo ha visto? Lo veo constantemente. Pero es una carrera de fondo, y los que llevamos ya mucho tiempo en esto sabemos que esto sube y baja; todo pasa, los grandes éxitos, los grandes fracasos. Lo que importa es mantenerse en el tajo, seguir adelante, y para mantenerte has de ser consciente de que vas a tener momentos mejores y momentos peores.

¿Usted le pone nombre propio al éxito o al fracaso? Es que yo es difícil que tenga ese término absoluto: éxito, fracaso. Cuando hice La gata sobre el tejado de zinc [en teatro] fue un éxito, pero lo viví de una manera muy traumática. Recuerdo que las colas daban la vuelta al teatro, fue un éxito, pero personalmente estaba mal. Las criadas [también con Mario Gas, y también en el teatro], con Emma Suárez, fue un gran éxito y considero que es uno de mis mejores trabajos, quizá aquel en el que he llegado más lejos como actriz. Pero era meterse en un mundo muy negro, y eso emocionalmente me desgastó mucho. Así que, no sé por qué, pero me cuesta tener un éxito liviano, fantástico y tal. Me cuesta tenerlo, quizá porque yo vivo las cosas así.

¡Pero habrá ocurrido un éxito! Sí. Boca a boca, La Regenta, Un paseo por las nubes... Pero Un paseo por las nubes no es mi mejor película, ni mucho menos, y todavía la gente me dice cosas. Y Volaverunt, de Bigas Luna. Me dieron la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián y a la película la hundieron y me amargaron ese premio. Y la película no funcionó en taquilla.

Es curioso que los dos éxitos más traumáticos de los que ha hablado sean trabajos de teatro. Noté en sus respuestas que el teatro la domina más... El teatro sería como mi amante, y el cine, como mi pareja estable. Cuando hago cine me siento más en un medio en el que estoy más tranquila.

La arropa más. Me arropa más. Es donde no tengo tanta responsabilidad. El teatro es turbulento para mí. Un vértigo. Un riesgo.

Ahí se siente más desnuda. Sí, totalmente. Expuesta, despojada, vulnerable.

Más usted misma. Sí, pero no sé. Necesito las dos cosas; son complementarias para mí.

¿Le sigue dando miedo todo? Un día me dijo que todo le daba miedo. Es algo muy irracional y que intento racionalizar. Cuando estoy entre cajas [en el teatro, pues] esperando a salir, me hablo a mí misma: "Aitana, no seas ridícula, con todo lo que has hecho en tu vida... ¡Basta, ya está!". Me hago discursos así para aquietarme. Es una sensación como la de arrojarte al vacío.

Qué vértigo. Un escenario es como un vacío que tú tienes que llenar cada noche; es algo totalmente imprevisible, incontrolable. En un escenario puede pasar cualquier cosa... Y de ahí ese pánico a lo inesperado que no puedo controlar del todo. Me da miedo que el miedo me paralice, que me tense, que no esté a la altura. ¡Tengo miedo al miedo!

Sí que es complicado ese oficio suyo. Todos los días se tiene que ganar el futuro. Pero ésa es también la adrenalina, el reto, el estímulo. Cuando salgo de la función me digo: "Lo has conseguido". O me digo: "Hoy no has estado a la altura, mañana puedes lograrlo"... Es como la insatisfacción de que no todo ha sido perfecto, pero puede llegar a serlo.

Esa autoexigencia debe hacerle sufrir horrores. Sí, pero también intento no tomármela muy en serio. Porque a estas alturas (vale, a los cuarenta, basta, ya se puede decir) intento mirarlo un poco desde fuera y me digo: "Éste es mi pequeño alien, que está ahí dando la lata. ¡Pues a convivir con él!".

Después viene el estreno. ¿Tiene algún ritual? Es mi ritual. Necesito salir al escenario y pisarlo cada día, antes de la función. Revisar todos los elementos que voy a usar. Calentar la voz, hacer una serie de ejercicios. Luego me voy al camerino y me preparo una infusión o me maquillo. Intento mantener siempre ese ritual.

Muchos personajes en su vida. ¿Una actriz termina siendo la suma de sus personajes? No; lo que pasa es que esos personajes te descubren, te revelan partes de ti que no conoces. Y te hacen reflexionar sobre los lados más oscuros a los que acaso no te apetece asomarte. Los personajes te ponen ante el espejo. Además, no siempre tienen por qué tener tanto de ti; al revés, es más estimulante cuanto más alejados estén de ti. Es más difícil. El reto mayor es alejarlos de ti.

Y cuando acaba la función, o la película, y ha vencido los miedos de ese día, ¿quién es usted? Una mujer de cuarenta años que tiene dos hijos, una pareja, amigos, madre, una casa que le encanta, y que está en obras. Yo qué sé, una mujer normal.

Se le dio mucha trascendencia a su manera de tener los hijos... ¿Cuál es su relación ahora con esa gran pasión de ser madre? Ahora es una etapa fantástica. Evidentemente, soy madre y mis niños me necesitan muchísimo. Pero la cosa del bebé aferrado un poco a tus pechos ya está quedando atrás; Teo tiene casi ocho años, y Bruna, casi cinco. Entre ellos se acompañan mucho; parece como que ya me puedo dar un poquito más de permiso para recuperar mi espacio y que ya no me siento tan culpable si de repente me voy cinco días seguidos...

Y mientras tanto, la gente la ha asociado con la actriz joven y guapa, y con 'glamour'. Y sin embargo ha habido muchas cacas de niño que limpiar, y noches en blanco. Todas las madres viven eso, y muchos padres también. La profesión de actor vista desde fuera parece que es la de unos tipos que viven en un mundo de glamour y de superficialidad.

Parece que todo es bello. Y es un trabajo. Tampoco quiero dramatizar y decir: "Oh, es que nuestro trabajo es el más duro del mundo". No, no. Es un trabajo fantástico, donde tienes horas y horas de trabajo y de estudio. Y físicamente, además debes ser muy fuerte. En fin, es un trabajo que tiene lo suyo también.

¿De quién ha aprendido más? De cada compañero, de cada director. Para bien y para mal. He tenido también relaciones conflictivas y difíciles, afortunadamente las menos, porque creo que soy una persona fácil para trabajar. Siempre intento remar a favor. Pero ha habido casos en los que no me he entendido con algún compañero o compañera.

Ha trabajo con muchos grandes. Con muchísima gente. He admirado mucho a Margarita Calahorra, una actriz de teatro, de los que llamaban característicos. Una secundaria de toda la vida, que murió hace muchos años. Con ella hice La malquerida, en teatro. Ahí estaban Ana Marzoa, José Pedro Carrión, Helio Pedregal, y estaba Margarita Calahorra. Yo tenía veinte años, ella era una mujer mayor, y compartíamos camerino. Me decía cómo había que estar en el escenario, me daba unas pautas que para mí son oro, y que procuro aplicar siempre. Me decía, por ejemplo: "Cuando estés en escena con otro compañero y le toque hablar a él, tú estáte quieta, congelada, y no cojas foco hasta que no te toque". Y eso intento llevarlo a cabo: quietas las manos, quieto el cuerpo, congelado, y escuchar.

Sirve para la vida. Claro que sirve para la vida: no sentirte el centro de atención, tu momento es tu momento, y el del otro es el momento del otro. Tú tienes que estar ahí, debes saber estar en la sombra...

Margarita era una sabia zen. Era fantástica. ¡Y cómo salía de las cajas a aplaudir! "¡Otra gloria, niña, otra gloria!"... Y otra persona fundamental en mi vida es Alicia Hermida. Una actriz inmensa que lleva años haciendo un papel en Cuéntame, y es maestra de actores. De hecho, prepara a los jóvenes actores de esa serie de televisión... Fue determinante tenerla de profesora. Hice con ella La gata sobre el tejado de zinc caliente; con lo pequeñita que es, no se puede creer lo pedazo de actriz que es... Y no podemos olvidar a Geraldine Chaplin... Con ella rodé en Italia el año pasado, y nuestra relación ha sido fantástica. No hay ojos más llenos de vida y más bellos que los de Geraldine Chaplin. El tipo de mujer que yo tengo como referencia.

Aún se preguntará usted por qué a los 30 años aceptó ser la presidenta de la Academia de Cine... ¿Era una inconsciente? Pues, fíjate, mirando al pasado pienso que sí. Pero fue un periodo de aprendizaje enorme; fue un momento de eclosión de la Academia, los Goya empezaron a tener repercusión de cara a la taquilla, y las cuestiones de la Academia de Cine dejaron de ser algo de puertas adentro para asumir un papel más público. Fue una gran experiencia, de la que no reniego en absoluto. Me dio muchas tablas y me dio mucho conocimiento de cómo funciona por dentro el mundo del cine.

En una ocasión, usted me dijo que había cosas que le producían ira. Pero ahora no estoy nada iracunda... Bueno, puedo estar preocupada. Miras cosas que pasan en el mundo y siempre encuentras motivos de ira. Pero ahora no estallo de ira sino por cuestiones que me afectan muy de cerca en el terreno personal.

Ahora está en paz. En paz, en paz no se está del todo nunca.

Estoy bien, estoy bastante bien, sí.

¿Y el mundo que nos rodea, cómo lo ve? Yo qué sé, hecho polvo, como siempre.

Parece que hay que vivir siempre con la sensación de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No, no creo que los tiempos pasados fueran mejores; creo que hemos avanzado en muchas cosas. Venimos de una muy gorda en este país, y no está tan lejos. Y todos hemos avanzado. Las mujeres hemos avanzado muchísimo, y como sociedad también hemos avanzado. Pero, claro, ves la crisis, que cada día hay más gente en paro, cada vez hay situaciones más precarias, y tienes que decir que las cosas están jodidas. Pero si miramos con más perspectiva vemos que gozamos de muchas más libertades, y somos un país colocado en el primer mundo, en poco tiempo.

Su padre luchó por ese cambio... Ni más ni menos... Lo que pasa es que mi padre, de todos modos, estaba un poco decepcionado. Quizá ahora estaría contento con lo que ha hecho el juez Garzón con el asunto de la memoria histórica... En los últimos tiempos, él invirtió mucha energía y ya estaba cansado, enfermo; y había gente como él, ex presos, represaliados, gente mayor, que no había sido reconocida, y él sintió como que en eso la democracia no había llegado hasta el fondo. Y ésa era para él una cuenta pendiente.

¿Y cuál sería su cuenta pendiente, Aitana? No sé. Siento que profesionalmente, a pesar de sentirme en una carrera de fondo y sentir que soy una actriz respetada y valorada, hay un punto en el que creo que aún me falta mucho por conseguir, que estoy en camino, que estoy en crecimiento, pero que todavía me queda mucho por conseguir. Eso es lo que siento, una insatisfacción permanente.

¿Y le preocupa el tiempo? Sí. Más que nada, por lo que supone de envejecimiento. Aparte de la pérdida de belleza y estas cosas, que también las puedes considerar como una transformación de la belleza, envejecemos y perdemos a la gente querida, enfermas, enferman. Es un problema por eso, por la enfermedad, por la muerte, por la pérdida de capacidades.

Se ve de viejecita, haciendo un papel grande. O pequeño. Yo me veo en esto. Yo no creo que me retire.

El Himalaya

y las mareas

Aitana Sánchez-Gijón (en la fotografía, junto a Antonio Banderas en 1989 en la película 'Bajarse al moro') acaba de rodar en Noruega un filme español que dirige el joven Ferran Audí, 'The frost' ('La escarcha'); allí está ella con Tristán Ulloa, Eva Morfkeset, Fermí Reixach, Jordi Cortés y con la bergmaniana Bibi Andersson... Le dio la oportunidad de relacionarse, otra vez, con el teatro, pero haciendo cine, la combinación de su vida.

Esa combinación, el cine y el teatro, la lleva a metáforas placenteras. El cine es como una playa, "lo padezco menos", y el teatro "es un útero", o también "como un monte, sí, es como escalar el Himalaya". ¿El cine sería como caminar descalzo por Zahara de los Atunes, su playa? "Bueno, en Zahara de los Atunes también hay marea alta, marea baja, tormentas, olas de dos o tres metros". Y mucho viento, como el que durante la entrevista ondulaba su falda.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 28 de septiembre de 2008