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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

Las vacaciones del año 8

Este verano, muchos españoles viajan menos días; otros, más cerca, y algunos tienen que quedarse en casa. Después de unas intranquilas vacaciones tendremos que plantearnos cómo afrontar la crisis

A mediados de junio era ya prácticamente imposible encontrar un hueco para Túnez antes de septiembre. Las nuevas guías turísticas ocupan como en pasados años un lugar de privilegio en los grandes centros comerciales. En las sales de Harrods siguen escuchándose todos los acentos de la Península, mientras en nuestros principales almacenes los volúmenes de ventas en las rebajas han paliado un poco el bache de meses anteriores. Las playas vuelven a estar llenas, a favor del buen tiempo, y la estación turística no ofrece malas perspectivas. Si no miramos los indicadores económicos, un verano como otro cualquiera.

Sin embargo, todo el mundo sabe que cuando llegue septiembre las cosas no volverán a ser las mismas de antes. Resulta difícil predecir la duración de la crisis, dado el peso de la principal variable externa, el precio del crudo, y, sobre todo, cuál será el próximo gigante del sistema económico que puede caer, víctima de la gestión optimista de años anteriores. Tampoco está aún clara, a la vista de las recientes diferencias entre el sensato Solbes y el hiperactivo Sebastián, si el Gobierno optará por aportar ayudas a posteriori a la autodepuración del mundo empresarial, o por esforzarse mediante el empleo de caudales públicos en ir tapando los principales agujeros que vayan surgiendo.

Nos va a costar mucho renunciar a los hábitos de consumo adquiridos en los años de bonanza

Tabúes, como el debate sobre la energía nuclear, deben reabrirse sobre bases únicamente técnicas

Si Zapatero es fiel a sí mismo, preferirá la segunda opción, más costosa para todos si la anunciada recesión se prolonga en el tiempo. Y todo ello sobre el telón de fondo de una presión de las comunidades más ricas, con Cataluña a la cabeza a favor del principio neoestatutario de bilateralidad, para que una nueva financiación les permita sortear mejor las dificultades de la coyuntura económica.

En economía tiene lugar un fenómeno conocido como histéresis de los costes, aplicable también a la evolución de los consumos privados. Cuando se interrumpe un proceso de crecimiento económico en una empresa y se entra en una fase de recesión, la disminución de los costes no puede seguir la misma curva, situándose siempre en un nivel más alto, ya que hay costes fijos previamente comprometidos que no pueden ser eliminados. Sucede otro tanto en la evolución del consumo. Los españoles (no todos) se habían acostumbrado a una fase de mejora en sus ingresos en los últimos 15 años, con la consiguiente proliferación de formas de consumo ostentoso. Les costará mucho renunciar a los hábitos contraídos con la bonanza.

Si a comienzos de los ochenta era prácticamente imposible encontrar en Madrid una guía turística de Turquía, ahora lo que no resulta posible es ir por parte alguna del mundo sin tropezarse con grupos de españoles cargados de compras del bazar correspondiente o hablando de su último viaje a Irán, a Capadocia o en uno de los cruceros de masas por el Nilo. Eso sí, no siempre de acuerdo con una correlación entre ese turismo y el nivel cultural; en pocos aspectos la persistente miseria del medio estudiantil y las limitaciones de nuestras clases medias enriquecidas pueden apreciarse como en éste.

Otro indicador de ese tipo de consumo practicado por los miembros de nuestra sociedad opulenta es la increíble proliferación de restaurantes de semilujo, incluso muchos de ellos con aspecto popular, cuya estructura de precios hubiera alejado sin duda a los clientes hace aún pocos años. Y, en fin, ningún objeto más demostrativo de ostentación que los 4 - 4, que han invadido las calles de nuestras ciudades, con el incremento del riesgo para todos (para la visibilidad de otros automovilistas son auténticos muros, sin contar la prepotencia de sus conductores), el gran consumo de carburante y la consiguiente emisión de CO2. Es en gran medida el símbolo de una era de feliz y estúpida autosatisfacción, que los Gobiernos han debido de encontrar natural, ya que hasta hace poco a nadie se le ocurrió en España someter a una fiscalidad especial a tantos poseedores de cortijos imaginarios.

De haber seguido el ascenso a los cielos del bienestar económico, en este país alegre y confiado se hubieran organizado pronto excursiones para visitar la banquisa de ese Polo Norte en trance de desaparición en medio de la indiferencia general, del mismo modo que son visitados Birmania y el Tíbet sin que los que se asoman a esas tragedias produzcan otra cosa que fotos digitales para enseñar luego a los amigos. Ningún signo de denuncia por parte de tantos visitantes españoles llega a los medios de comunicación, salvo que sobrevenga un incidente que afecte a su seguridad. Claro que en este punto, nuestro progresista Gobierno marca la pauta. Moratinos se ocupa del problema de Oriente Próximo, pero en las demás causas que de modo inmediato conciernen a los derechos humanos impera una escandalosa inhibición. A Ingrid Betancourt se la tendría en el corazón por parte de España, según dijo el presidente Zapatero, sólo que al mismo tiempo el tema de las FARC como tal no interfirió nunca en el trato cordialísimo con su avalista Hugo Chávez. Y sobre Birmania y Tíbet, sobre Darfur, silencio impuesto desde arriba, como para nuestro equipo olímpico, no vayamos a incomodar a China. Gocemos del sol de Varadero y del contoneo de las mulatas, o de la virilidad de los mulatos, en La Habana, mientras el Gobierno español encabeza la gratuita recuperación de la cordialidad de la Unión Europea con la dictadura castrista, sin que ni siquiera tenga lugar como pago de tales servicios la devolución del centro cultural español del Malecón habanero, incautado por Fidel en 2003.

Tal vez la llegada de tiempos oscuros obligue a tomar conciencia de la realidad. El hecho de que la sociedad española, tras siglos de dificultades, pasara a encontrar un hueco dentro del grupo de los privilegiados del planeta, no borra la doble circunstancia de que ese mundo feliz reposaba de un lado a corto plazo sobre bases frágiles, desde el punto de vista del coste de la energía, y, de otro, lo que es más grave, se daba al mismo tiempo que el productivismo suicida imperante desde hace décadas, tanto en las sociedades capitalistas desarrolladas como en las comunistas (recordemos el mar de Aral), llevaba ni más ni menos que a un alto riesgo de autodestrucción, o como mínimo de un enorme deterioro, de las condiciones de vida sobre la Tierra.

No se trata de ser apocalíptico, sino simplemente de atender a las cláusulas que requiere un crecimiento autosostenido: no destruir los recursos que le hacen viable. En estas circunstancias, temas tabúes como el debate sobre la energía nuclear debieran ser abiertos de nuevo, sobre bases exclusivamente técnicas. Resulta absurdo que, dados los costes económicos y ambientales de las fuentes de energía fósiles, tal cuestión no ocupe el primer lugar en la agenda de los países desarrollados, entre ellos el nuestro.

Análisis y soluciones técnicas, incluso para cuestiones en apariencia sólo ideológicas, como la del conflicto de idiomas o la relación entre islamismo y terrorismo. Tenemos entre los diez personajes más influyentes del mundo, según Foreign Policy, a tres exponentes del islamismo, que desde distintos ángulos ponen en tela de juicio de modo rotundo el sistema de valores occidental, y en algún caso (el más importante, Al Qaradawi, predicador estrella de Al Jazeera) defienden prácticas incompatibles con la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Para prevenir, no sirven los confortantes cuentos de hadas de Fátima Mernissi. Sí el rigor mostrado después del 11-M. Del mismo modo que las declaraciones de buena voluntad resultan inútiles en temas trágicos como el de la repatriación de los cientos de miles de inmigrantes ilegales. Buena piedra de toque en tiempo de crisis para un Gobierno que quiera ser realmente progresista. Se hizo en gran parte la vista gorda por ofrecer mano de obra barata. Ahora son merecedores de un trato humano por parte de nuestros gobernantes al regreso de estas intranquilas vacaciones.

Antonio Elorza es catedrático de Ciencia Política.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de agosto de 2008