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PALOS DE CIEGO COLUMNA i

Ética de la caca

1. Visto lo visto, la cosa funciona así: nace un niño y, si tiene mucha suerte, su padre le quita la caca, le baña, le peina, le enseña a andar, a reír y a leer y luego le suelta en la intemperie del mundo; pasan los años, y el niño se convierte en padre y, como había hecho su padre con él, le quita a su hijo la caca, le baña, le peina, le enseña a andar, a reír y a leer y luego lo suelta también en la intemperie del mundo; pasan más años todavía, y el padre se convierte en hijo de su hijo, y el hijo, en padre de su padre, así que el hijo tiene que quitarle a su padre la caca, bañarle, peinarle, ayudarle a andar, a reír y a leer hasta que lo suelta en la intemperie de la muerte. Y así sucesivamente. Es una humillación, pero de esa forma es como con suerte funciona la cosa: exactamente igual que una parábola chiflada de un profeta chiflado de La vida de Brian. Eso, insisto, en el mejor de los casos; quiero decir que para que tu hijo te quite la caca tienes que haber sido buenísimo: quitarle la caca a un niño está tirado, porque todo lo que hacen los niños tiene una gracia espantosa y su caca huele a geranios, pero quitarle la caca a un viejo no tiene ninguna gracia, porque nada de lo que hacen los viejos tiene ninguna gracia y su caca huele a rayos. Por fortuna, estas cosas las hacen todavía las mujeres, que para eso han sido educadas durante siglos en la vocación del martirio; los hombres no: los hombres estamos demasiado ocupados con la tarea absorbente de mirarnos al espejo y dirimir a hostia limpia quién de todos es el más macho. Pues bien, si así es en efecto como funciona la cosa, la pregunta es: ¿quién fue el primer pollo que se preguntó para qué sirve ser bueno y quién fue el primer imbécil que dijo que hemos venido aquí a ser felices?

"La pregunta es: ¿quién fue el primer pollo que se preguntó para qué sirve ser bueno?

2. "Los hombres sólo pueden ser felices si aceptan que el objeto de la vida no es la felicidad" (George Orwell).

3. Una cosa que demuestra que, a pesar de haber sido hombre y ministro de Cultura, Jordi Solé Tura debe de ser un buen hombre es que, cuando le han llegado la enfermedad y la vejez, su hijo Albert ha filmado Bucarest, un documental que, contra lo que parece, no trata de la vida de Solé Tura, sino de la perplejidad del hijo de Solé Tura ante la vida de lucha política, clandestinidad y exilio de su padre. En la presentación del documental en Barcelona, Pasqual Maragall se preguntó por qué tres personajes decisivos de la historia reciente de España -Adolfo Suárez, que hizo la Transición; Solé Tura, que hizo la Constitución, y él mismo, que hizo el Estatut- padecen alzheimer; inteligentemente, Maragall no contestó a esa pregunta, que se presta a respuestas noveleras y facilonas: lo interesante de esa pregunta no es la respuesta, sino la propia pregunta. Sea como sea, Bucarest es un documental interesantísimo, con el que Albert Solé se convierte en padre de su padre antes de soltarlo en la intemperie de la muerte; no me convence del todo, en cambio, la conclusión a la que llega: según el hijo, todo lo que hizo el padre -lucha política, clandestinidad y exilio- lo hizo a fin de cuentas "por espíritu de aventura". Que la historia haya declarado obsoletos los ideales comunistas por los que luchó Solé Tura no significa que Solé Tura no creyera en ellos: a menos que sea un necio consagrado a demostrar que es el más macho, ningún hombre sacrifica una vida cómoda para él y para su familia, con el coraje y la generosidad con que lo hizo Solé Tura, por algo en lo que no cree con absoluta seriedad. Otra cosa es que los hijos no siempre sepamos entender esas creencias; otra cosa es lo que la realidad ha hecho con ellas o lo que ellas han hecho con la realidad. Pero, cualquiera que sea su resultado, el coraje y la generosidad siguen siendo coraje y generosidad. Todo lo que hay que limpiar aquí, si es que hay algo que limpiar, ya se encargó de limpiarlo el padre: tal vez fue el último servicio que le hizo a su hijo.

4. A los jóvenes les exaspera la obsesión de los viejos con la salud: los ejercicios de recuperación, las visitas frenéticas al médico, la puntualidad de las pastillas. Los jóvenes son unos imbéciles: no entienden que esa obsesión es el último signo de valentía, y que la salud es la ética de los viejos.

5. El primer pollo que se preguntó para qué sirve ser bueno no era un imbécil, pero se lució: desde entonces no hemos hecho más que devanarnos los sesos con la misma pregunta. Como en este caso lo interesante no es sólo la pregunta, hay respuestas para todos los gustos; la que más éxito ha tenido entre nosotros declara que, si eres bueno, una vez te hayas muerto te pasarás la eternidad entera tocando la bandurria en compañía de San Pedro. La perspectiva no suscita un entusiasmo unánime, pero en el fondo todo el mundo sabe que es falsa; también, que ser bueno no sirve absolutamente para nada salvo para hacer el ridículo y para que, si eres no bueno, sino buenísimo, y si tienes una suerte espantosa y no has traído al mundo unos cabrones, cuando seas viejo, tus hijos acepten convertirse en tus padres y, antes de que tú los abandones en la intemperie del mundo, te bañen, te peinen, se rían contigo y te limpien la caca. Visto lo visto, no parece que de momento podamos aspirar a más.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 11 de mayo de 2008