Columna
i

De la violencia a la mafia

En el fondo, lo de las FARC y su relación con el narcotráfico no es ninguna originalidad

Los magníficos reportajes sobre las FARC publicados el pasado domingo en las páginas de EPS, vienen a redundar en una problemática no por conocida menos dramática: la degeneración -con sus secuelas de irracionalidad y de terror- de muchas personas que un día decidieron recurrir a la violencia como medio para propagar unas ideas, o para cambiar un estado de cosas. Los relatos de los secuestrados por años, dando cuenta de la crueldad de quienes decidieron disponer de su vida a su antojo; las imágenes de los laboratorios donde se fabrica la pasta de coca, con la que financiar todo el tinglado; la constatación de la naturalidad con la que algunos se instalan en la marginación, sin más consuelo que el de sentirse arropados por un grupo de fieles... son todos ellos asuntos que muestran con toda crudeza lo absurdo y estéril de una forma de vida sin más fundamento que el del autoengaño, ni más horizonte que la propia subsistencia.

Hace unos meses, quien fuera dirigente guerrillero salvadoreño, Joaquín Villalobos, explicaba en este mismo periódico la diferencia entre la violencia de raíz política antes y después de los noventa, concluyendo que donde antes había ciertas reglas hoy ya no las hay, y que ahora la violencia se presenta de forma fragmentada, sin propósito claro, y sostenida por una economía informal-criminal. No tengo muy claro lo de las reglas, pues la historia se ha encargado de demostrar que el uso de las armas ha servido casi siempre para funcionar sin códigos. Puestos a conceder, hasta la mafia tiene sus reglas, y los maffiosi eran originariamente así llamados como sinónimo de "hombres de honor". Y, sin ir más lejos, aquí en el paisito, nuestra particular mafia local llegó a tener durante bastante tiempo cierta aureola de credibilidad. "Matan pero no mienten", decían algunos -y asentíamos casi todos-, hasta que empezaron a asesinar engañando, a romper treguas sin aviso, o a intentar negar su responsabilidad en crueldades diversas.

Sin embargo, lo que sí parece cierto es la existencia generalizada de tinglados económicos para dar sustento a quienes han elegido la violencia como profesión, al amparo de una u otra causa más o menos reconocible. Lo de las FARC y su relación con el narcotráfico no es, en el fondo, ninguna originalidad. Algo parecido ha venido ocurriendo con el ELK y las mafias albano-kosovares, dedicadas a una amplia gama de negocios criminales. Nuestros violentos, por el contrario, lo organizan de forma más sofisticada, y prefieren el sector financiero y los paraísos fiscales, que para eso estamos en el corazón de Europa. Según se ha sabido esta misma semana, la Audiencia Nacional investiga diversas cuentas en el principado de Liechtenstein y en Suiza vinculadas con ETA.

Atrás quedaron los tiempos heroicos en los que el ejercicio de la violencia pudo convivir, aunque de forma conflictiva y contradictoria, con el intento de mantener cierta coherencia y algunos referentes morales. Lo cierto es que, hoy en día, la mayor parte de estos grupos viven en un submundo, de espaldas a la realidad y a la mayoría de la gente. Un submundo del que es difícil que salgan mientras otros -se llamen Chavez o Egibar- sigan alimentando discursos sobre "conflictos" que todo lo explican, y manteniendo vivas las ensoñaciones de quienes son incapaces de mirar de frente a la realidad, de percibir que las cosas han cambiado, y de reconocer que, además de hacerse daño a ellos mismos y a los demás, pierden miserablemente el tiempo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del jueves, 03 de abril de 2008.